15 de May de 2011 09:58

El espíritu japonés, a la luz del cataclismo

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Las imágenes del maremoto sobrepasando las barreras de protección de la ciudad de Sendai y arrastrando como una ola negra barcos, casas, autos y escombros quedarán en la memoria por mucho tiempo. Tenemos en este aspecto con Japón una triste hermandad. Cuando se produjo el gran cataclismo de Valdivia, (Chile) en 1960, la ola del maremoto llegó a Japón y destruyó dos ciudades costeras.

Todo el continente americano tiene un movimiento continuo de 8 milímetros al año hacia el Oeste y se introduce bajo el continente asiático. Estaremos siempre unidos por un estremecimiento constante a través del océano Pacífico.
La región de Tohoku, donde está el puerto de Sendai, cercano al epicentro del sismo, tiene una larga historia de grandes terremotos y maremotos.

Es una región muy expuesta a estos últimos debido a las numerosas y profundas bahías que amplifican la fuerza de las olas. En 1896, un terremoto de magnitud 7,6 provocó olas de 38 metros y causó 22 000 víctimas; en 1933, un maremoto produjo 3 000 muertos. Un terremoto similar a este del 11 de marzo, con magnitud 9,0, o mayor, pudo ocurrir el año 869, cuando el puerto de Sendai fue arrasado por un gran maremoto que los científicos japoneses han identificado a partir de crónicas de la época e indicios en depósitos de arena.

Tanto como han impactado las imágenes de devastación por el terremoto, el maremoto y las explosiones en la central nuclear de Fukushima, han impresionado las reacciones contenidas del pueblo japonés ante esas desgracias. El ver grupos de personas en techos de edificios esperando que las vayan a rescatar o bajen las aguas, las filas ordenadas que hacen para comprar una ración de alimento y agua, la tranquila afirmación de que ante esto no queda más que esperar que las cosas se normalicen y luego trabajar para recuperarse, nos parecen sorprendentes. Pero no lo son.

Expresividad contenida

Un rasgo central de la idiosincrasia japonesa es la moderación. Ni el dolor ni la alegría se expresan con grandilocuencia. La profunda emoción de volver a ver después de mucho tiempo a alguien muy querido se expresa sólo con una inclinación de cabeza y silencio. El dolor no se muestra en público. El llanto es para la intimidad, indica debilidad que es mejor no mostrar. El amor es un sentimiento personal e íntimo, un amor profundo es inexpresable, al intentar contarlo se banaliza.

Esta contención se manifiesta en el "tatemae", que es decir lo correcto. El "wa" o la armonía debe preservarse. Una imprudencia que podría molestar hay que evitarla. Una cosa es el ser interior, o "honne", y otra la expresión exterior. En toda persona hay un ser interior que se respeta, pero en la manifestación al exterior hay que tener en cuenta a los demás. La aplicación de estos principios es compleja, y depende de cada persona; sin embargo, el ser cuidadoso en la expresión personal es un principio fundamental.

Suave dolor ante la pérdida

Para entender la tranquilidad con que el pueblo japonés está aceptando las consecuencias del cataclismo es necesario recordar que el budismo, religión mayoritaria en Japón, ha puesto énfasis en la impermanencia de las cosas. Todo se acaba, nada dura eternamente. Lo sabio es aceptar lo inevitable.

Su concreción en el arte es el "mono no aware", o suave dolor ante la pérdida. En el análisis de la principal novela de la literatura japonesa "Genji Monogatari" (de la escritora Murasaki Shikibu, entre los años 1002 y 1022), el "mono no aware" está presente en muchos de sus capítulos. Y ya antes, en el "Manioshu", primera recopilación de poemas realizada entre los años 630 y 760, las contenidas expresiones de dolor forman parte central de su riqueza poética.

El "mono no aware" es el sentimiento de la geisha Komako en la novela "País de Nieve", de Kawabata, y está presente en gran parte de la literatura japonesa contemporánea. El dolor no se expresa en gritos desgarradores, sino con una mirada triste o al inclinar la cabeza en silencio.

Shintoísmo y naturaleza

Por otra parte, el shintoísmo, primera religión de Japón -que hoy coexiste con el budismo-, enfatiza la dependencia de la naturaleza. Estamos inmersos en ciclos vitales inexorables. El sol, la tierra y el agua son fuerzas poderosas de las que dependemos absolutamente. Lo único que podemos hacer es estudiarlas, conocerlas y aceptar su poder.

Quizás por eso el gobernador de Tokio dijo que esto ha sido un castigo por el egoísmo y la superficialidad a que ha llegado el pueblo japonés. Luego debió pedir perdón a las víctimas y a sus parientes; en este momento de profundo dolor era una expresión inapropiada. Pero no se desdijo, explicó su intención, piensa que la forma en que se lleva hoy la política, la banalidad consumista y el egoísmo han desvirtuado los valores tradicionales de Japón, y éste puede ser el castigo. Las fuerzas de la naturaleza son activas, y están siempre presentes.

Confucio y las jerarquías

El orden con el que la gente espera su turno para recibir una ración de agua y pagar al recibirla es producto de escalas de valores que provienen del confucianismo. Confucio, considerado hoy un filósofo, y no una divinidad, propuso un complejo y completo sistema de jerarquías. En su conjunto dan las bases para el orden social.

El bien social es superior al bien individual. Es obligación del hombre reconocer las jerarquías. Los padres son una autoridad natural, y se les debe el mayor respeto. Las personas dedicadas al servicio público, policías, funcionarios, profesores, médicos, tienen por su función una mayor jerarquía y deben ser respetados. Las disposiciones de las leyes, escritas o no, son obligatorias para todos.

Sin respeto a las jerarquías, sin acatar las leyes, la sociedad se corrompe y desintegra. Nadie puede exigir una solución personal antes de que se resuelva lo general. Si los problemas son muchos, habrá que solucionar primero los más importantes y los otros después, por lo que es necesario tener paciencia y esperar.
En toda la región próxima a Sendai se han roto las cañerías de gas y de agua, no hay electricidad, no hay alimentos, son consecuencias del terremoto más grande de la historia de Japón. ¡Qué vas a hacer! ¡A quién le vas a reclamar!

Lo que corresponde es cooperar en la solución. Primero hay que atender a los enfermos, a los heridos, a los ancianos y a los niños; luego vendrá el turno de los demás.

¿Gracias, Fukushima?

El deterioro de la planta nuclear de Fukushima es una situación diferente. Toda la enorme destrucción que provocó el cataclismo ha pasado a segundo plano en la atención de la prensa mundial. Hay preocupación internacional, y en la mayoría de los países que tienen plantas nucleares para generación de energía se revisan los proyectos futuros. Los expertos en radiación afirman que no se puede hablar de castástrofe nuclear y que la situación no está totalmente fuera de control. Hoy la medicina permite neutralizar, relativamente, la contaminación radiactiva del cuerpo y los lugares afectados.

Aunque puede haber algo de duda respecto del grado de información que entrega el gobierno, la actitud general del pueblo japonés es de confianza en la información y en la capacidad de los técnicos para solucionar el problema. Sólo los extranjeros intentan salir del país. Los japoneses, si eso no afecta a su trabajo, se alejan hacia Osaka y más al Sur, pero la mayoría continúa en sus puestos, cumple sus funciones y espera que con el tiempo vuelva la normalidad.

Un artículo de la prensa japonesa -Asahi Sinbun, 16 de marzo 2011- expresaba un especial punto de vista que corresponde a otro valor fundamental en la cultura japonesa: el agradecimiento. No hay ley más importante en Japón que el agradecimiento. Es una obligación que puede durar toda la vida. ¿Qué agradecimiento cabe en este caso? Sorprendentemente es a la planta nuclear de Fukushima. El artículo indica que "la sociedad disfrutó de sus beneficios en el primer tiempo de la posguerra. Entregó energía barata que ayudó al desarrollo; ahora la sociedad en conjunto debe aceptar la consecuencia". Hay en esa afirmación un espíritu que expresa una perspectiva arraigada en la cultura de Japón.

Palabras de emperador

Ante la magnitud de esta catástrofe, el emperador Akihito habló por cadena de televisión. No está obligado a hacerlo, él no tiene funciones políticas, representa los valores y la cultura de Japón. Una vez al año, al celebrarse el natalicio del emperador, sale con su familia al balcón y saluda al pueblo que sólo en esa oportunidad tiene acceso a los jardines del Palacio Imperial. Ante esta tragedia, dirigió un breve mensaje que en lo sustancial dice: "Espero, desde el fondo de mi corazón, que todas las personas, juntas, traten las unas a las otras con compasión y se ayuden a superar los momentos difíciles. No sabemos a cuánto asciende el número de víctimas, pero rezo por cada persona que pueda ser salvada".

Es la unión de todos lo que permitirá salir de estos momentos difíciles. Habrá medidas del gobierno, habrá ayuda internacional, pero es el apoyo mutuo lo que permitirá que cada uno se levante por sí mismo.
Y quizás no haya mejores imágenes de lo que es Japón que las mostradas el jueves recién pasado por la NHK, la televisión japonesa: en Sendai, en medio de la devastación, en una sala de una escuela semidestruida, con los niños al lado de la ventana para tener algo de luz, se hacían las clases. Y en un colegio, en medio del llanto por los que ya no estaban, se hizo, como estaba programada, la ceremonia de graduación de los egresados. Ése es el espíritu de Japón.

*Agustín Letelier es académico del Programa de Estudios Asiáticos de la UC, profesor visitante en la Universidad de Tokio (1990-1993) y de la Universidad Kansai Gaidai, Osaka, 1999-2002.

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