20 de June de 2010 00:00

En el crepúsculo del placer

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Elena Paucar

Redacción Guayaquil

Portal 1511. Por ese angosto zaguán de la avenida Quito y Sucre se pasea la soledad. Va de un lado a otro con sus harapos. A ratos, con paso titubeante, se le atraviesa la nostalgia. Su perfume a licor añejo empapa el lugar. Un taconeo acompasado anuncia al otro visitante. Es el placer que merodea por la misma vereda con sus escotes de traje de medianoche.

Bella sobrevive con los tres. Los ha visto recorrer esa acera caliente del centro de Guayaquil, en medio del ir y venir de la gente. Los ha visto escabullirse entre los pilares de las viejas casonas, retocadas con el colorete de la regeneración urbana.

Los tres son su esencia. Ellos han delineado su carácter firme y esa silueta de caderas anchas y piernas gruesas que los hombres examinan con minuciosidad cuando pasan a su lado.

La miran, se acercan, un piropo y luego una propuesta de USD 7,50. Han sido cientos, ya nos las recuerda. Las ha escuchado susurradas al oído por más de 35 años, cuando buscó refugio en las calles como trabajadora sexual.

“La suerte no estuvo para mí ni para mi familia ni en mi vida..., pero no me quejo. Tampoco estuvo para grandes mujeres como Verónica Castro y la princesa Diana”, dice mientras sonríe y unas ligeras líneas comienzan a asomarse al borde de sus ojos.

Bella tiene 60 años. Es madre y abuela, pero también es mujer. Su figura bajo el portal resalta entre las más jóvenes: de piel tostada, de cabelleras abundantes y largas, de finas siluetas apenas cubiertas por mallas multicolores. Pero ella tiene la experiencia.

“Al día uno se hace unos 10 puntos. Pero con esto del mundial los hombres están primero para el fútbol.... el negocio se pondrá malo por este mes”.

María, Diana, Teresa...

Al mediodía, un guiño del semáforo en verde alborota a los buses y carros que se deslizan sobre el asfalto ardiente. Por minutos, el zumbido de sus motores enmudece el sutil taconeo que ronda el parque La Victoria.

Una fragancia empalagosa danza en el aire. Con la brisa, el fuerte perfume cae rendido ante el hedor a orina que emana de un vetusto tacho de basura junto a una puerta.

La sombra de María se desvanece bajo el árbol que la cubre del sol. En una banca oxidada, esta morena de 55 años, aguarda a sus clientes. Ahí también esperan Diana, Teresa, la Gata... “Todavía no salimos del cero”, cuenta esta ‘veterana’ mientras cruza la pierna.

María no usa faldas cortas, tampoco lleva el cabello suelto. Prefiere los jeans, las camisetas sueltas y una gorra para disfrazar su sensualidad.

A lo lejos, una cámara de cajón la mira. Se oculta tras un tablero que luce diminutas fotografías. Algunas son a color, otras en blanco y negro. Son enamorados apasionados, familias sonrientes, pequeños con trajes de vaquero que camuflan el lente de un fotógrafo anónimo. María prefiere no tomarlo en cuenta.

Coge un espejo y se retoca el maquillaje. Sus labios están pintados de un rosa pálido. Sus pestañas soportan el peso de una cantidad excesiva de rímel negro y su mirada profunda y serena navega entre sus finas cejas, tatuadas hace ya varios años.

A los 35 años, María decidió trabajar en las calles. Cada esquina, cada vereda y cada rincón quedaron grabados en sus manos ásperas. “Yo era el sustento de mi casa. Ahora lo hago por mí. Tengo mis metas y cuando las cumpla me despediré de las chicas”.

Perdón y convicción

La banca de María también es cómplice de Teresa. Es la que guarda los secretos de esta noboleña de 66 años. Una diadema oculta sus canas y una falda transparente deja entrever sus menudas piernas, esas que cada mañana la llevan hasta el mismo lugar.

Antes de que amanezca, Teresa ya está en pie. Prepara el desayuno, se arregla y a las 10:00 llega al parque La Victoria. Cuando completa sus cuatro clientes del día, unos USD 20, regresa a casa a jugar con sus nietos. “Uno sufre por esto, pero todos los domingos voy a la misa a buscar el perdón”.

Ese perdón que busca Teresa ronda las calles cercanas al parque Chile. Ranger, otra de las chicas, lo ha visto. Va acompañado de una anciana de falda larga, sencilla, y habla a través de ella. “Cristo la ama, búsquelo”, les dice.

El mensaje está grabado en una hojita: ‘Un nuevo comienzo... en Dios’. El papel se vuelve nada entre los dedos de Ranger, ataviados con ocho anillos multicolores.

“No hago nada malo -dice convencida-. No solo damos sexo, damos compresión. A veces somos sicólogas y hasta monjas y curas porque los clientes nos confiesan sus pecados y culpas”.

Con sus botas negras zigzaguea entre los pilares de un hostal de Capitán Nájera y Coronel. Una licra café resalta sus caderas desbordantes que despiertan los sentidos de los hombres que pasan a su lado. “El sexo ha sido la mejor dieta para mantener esta figura”, dice mientas mira fijamente a un sujeto, como desafiándolo.

Tras las botas de gamuza, los sombreros de vaquera y los cinturones de cuero, esta mujer de casi 50 años guarda su carácter, el que le sirvió para criar a sus cuatro hijos y ayudar a sus ocho nietos.

El espejo del tiempo

Una pincelada de celeste intenso aviva los decaídos párpados de Rocío. Su rostro blanco se torna rojizo con el calor de la tarde en la esquina de la calle Cacique Álvarez. Una blusa negra de gran escote deja ver el crucifijo plateado que hace un altar entre sus senos.

Es uno más de los cientos de collares que ha tenido desde los 15 años, cuando comenzó a trabajar en los bares de la calle 18, en el suburbio. De eso han pasado 49 años y una lista de clientes tan extensa, como los pequeños lunares que marcan su cuerpo.

“He tenido clientes de todas las edades, desde los 17 hasta los 70. Los más jóvenes no ven la apariencia sino la experiencia”, cuenta mientras una bachata rebota entre las paredes de la discoteca en donde trabaja. El ambiente está embriagado de cerveza y de mujeres exuberantes que coquetean al andar.

El bullicio se diluye en la calle Noguchi, a una cuadra del lugar. Una estrecha escalera conduce a los cuartitos de otro hostal. Una mezcla de olor a sudor y a cloro envuelve el pasillo donde Liliana descansa. El sonido de unas monedas cayendo sobre un vidrio eriza la piel. Le pertenecían a un hombre gordo, de casi dos metros, que las cambió por una mujer de piel canela, amiga de Liliana. Pasan junto a ella, cierran la puerta de un cuarto y salen en menos de dos minutos.

Liliana solo tiene 33 años, pero no quiere llegar a los 60 en el trabajo. “No soy prostituta ni zorra... soy un ser humano con sueños y metas, soy madre, amiga, mujer”.

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