30 de May de 2010 00:00

Colombia: dos opcionados tras el poder

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Santiago Zeas Corresponsal en Bogotá

Juan Manuel Santos, Partido de ‘La U’

Un obsesionado por el poder

Aunque trate de ocultarlo cada vez que se le topa el tema, la Presidencia de la República se convirtió en una obsesión de vida para Juan Manuel Santos Calderón.

Conocida es la anécdota de que un día decidió quitarse la barba, pues al ver los retratos de los presidentes colombianos cayó en cuenta que ninguno se la dejaba crecer. Ni siquiera la llevaba su tío-abuelo Enrique Santos Montejo, quien gobernó el país a finales de los años treinta.

Quienes lo conocen dicen que esa anécdota da la medida de lo importante que resulta la banda presidencial para este bogotano de 58 años, que tiene un perfil más tecnocrático que político.

Su inclinación por la política le vino de su familia -los Santos- siempre vinculada al poder y al periodismo a través del diario El Tiempo. Por eso desde joven este economista y administrador de empresas formado en EE.UU. e Inglaterra tuvo roce con los políticos más influyentes del país.

Y aunque como lo indicaba la tradición familiar en un primer momento se enroló a El Tiempo en calidad de Subdirector, no tardó en caer en la tentación de estar cerca de la Casa de Nariño. Para 1991 fue ministro de Comercio Exterior del presidente César Gaviria, se enroló al liberalismo y desde entonces su principal objetivo era la Presidencia.

Por ejemplo, logró convencer al Parlamento para que lo elija como el último Designado Presidencial, un cargo ya suprimido de la legislación colombiana y que tenía por objetivo sustituir al Primer Mandatario en caso de su ausencia definitiva.

Lo singular de su trayectoria política es que nunca la hizo a través de una elección popular, sino en cargos públicos estratégicos o en episodios cargados de polémica.

Quizá el capítulo que dejó al desnudo su ambición por el poder se registró en 1997, cuando maquinó un plan para sacar de la Presidencia a Ernesto Samper, desprestigiado por los aportes del narcotráfico a su campaña.

Según reseñó entonces la revista Semana, a Santos no le importó hablar hasta con jefes de grupos armados para llamar a una Asamblea Constituyente que pusiera fin a ese gobierno e inaugurara una nueva era democrática.

Su idea no cuajó, Samper terminó su período y el actual candidato quedó marcado de “golpista”, un apelativo que él no acepta.

A pesar de ello, su carrera pública siguió. Aunque era liberal se unió al gobierno conservador de Andrés Pastrana como ministro de Hacienda. Por eso sus detractores no dudan en tildarlo de “camaleón” que se embarca en el gobierno que más le conviene.

El liberal Rafael Guarín, uno de sus defensores, recuerda que Santos aceptó el cargo con la aprobación de Horacio Serpa, entonces jefe del liberalismo.

Su adhesión al proyecto político del presidente Álvaro Uribe también siguió un camino zigzagueante. En las elecciones del 2002 prefirió apoyar la candidatura de Serpa y no sumarse a la disidencia liberal liderada por Uribe. En Colombia aún recuerdan que Santos cuestionó en sus columnas de opinión a Uribe.

Paradójicamente, ocho años después se presenta a las elecciones de hoy como una suerte de ‘encarnación’ de Uribe y su política de seguridad democrática.

Santos se embarcó poco a poco al ‘uribismo’. Al darse cuenta que el Partido Liberal no tenía futuro formó el Partido de ‘La U’ que auspició la reelección de Uribe en el 2006. Incluso acusó a su amigo y candidato liberal, Rafael Pardo de colaborar con las FARC, aunque después se retractó.

Poco después llegó al Ministerio de Defensa, desde donde terminó de construir su plataforma presidencial. Bajo su dirección las FF.AA. asestaron los golpes más duros a las FARC. En el 2008 abatieron en Ecuador a uno de sus jefes, Raúl Reyes, y protagonizaron el rescate de la ex candidata presidencial Íngrid Betancourt. Estos episodios fortalecieron su imagen, aunque le granjearon la enemistad de los gobiernos de Ecuador y Venezuela, que lo ven como un peligro para la estabilidad de la región.

Pero en su paso por Defensa sufrió su peor momento: los ‘falsos positivos’. Las FF.AA. reclutaban jóvenes pobres y los asesinaban para presentarlos como guerrilleros muertos en combate. Según su asesor Germán Santamaría, fue el peor momento de Santos que nada tuvo que ver con esos procedimientos.

A pesar de ese lunar, la candidatura oficialista quedó en sus manos. Aunque fiel a su estilo Santos ya ha empezado a marcar distancias sutilmente con Uribe. Comenzó por decir que él tendrá su propio estilo de gobernar…

Antanas Mockus, Partido Verde

El excéntrico matemático

A Aurelijus Rutenis Antanas Mockus Šivickas se lo puede criticar por ser excéntrico, tener rasgos autoritarios, no saber comunicar con claridad sus ideas y hasta por tener cierto aire de arrogancia. Sin embargo, en Colombia nadie es capaz de cuestionar su transparencia y discurso ético, dos de los pilares que han levantado su candidatura presidencial y que lo han llevado a liderar las encuestas para los comicios de hoy.

Desde sus años como profesor universitario, este matemático y filósofo siempre reivindicó la honestidad, la ética y la equidad como valores superiores e innegociables. Tanto que a inicios de la década de los 90, cuando llegó a ser rector de la prestigiosa Universidad Nacional, se aferró a ellos para ejercer esa tarea. No le tembló la mano para cambiar el sistema de evaluación de profesores y cobrar matrícula a quienes podían pagarla.

Desde entonces y a pesar de los buenos resultados, los sectores de izquierda lo encasillaron como un neoliberal que no merecía ni el uso de la palabra en el auditorio. Y fue allí donde este bogotano de origen lituano protagonizó el primero de una serie de episodios pintorescos de su vida, como fue el bajarse los pantalones y mostrar sus posaderas a los estudiantes para que le brindasen un poco de respeto.

Su carácter singular quedó retratado en ese momento que, si bien lo sacó del anonimato, fue una fuente de críticas y hasta en estos días es una arma de sus adversarios para decir que es un hombre poco serio que no debe ceñirse la banda presidencial.

Durante su primera administración como Alcalde de Bogotá también estelarizó otras escenas polémicas, como disfrazarse de superhéroe para exigir rentas justas del Gobierno.

Pero su paso por la Municipalidad bogotana durante dos períodos (1995-1997 y 2001-2003) también dejó huella más allá de lo anecdotario. Con su vena de educador trasladó a la población el concepto de cultura ciudadana, que lo entiende como la construcción de un compromiso de la gente hacia su ciudad y la legalidad. Es el mismo concepto que buscará extenderlo al resto del país si llega a ser el nuevo inquilino de la Casa de Nariño.

Ese compromiso ciudadano se vio reflejado en Bogotá en cuestiones básicas como el respeto a las señales de tránsito e incluso llegó a asuntos más complicados y antipopulares como el alza de impuestos. De hecho, en su administración, la capital se convirtió en la ciudad con mayor recaudación tributaria, basada en la fórmula compromiso ciudadano más transparencia del Alcalde.

Pero su espíritu de no negociar principios, así como sus decisiones duras, también generaron molestias en ciertos sectores de la ciudad. No accedió a pedidos burocráticos de ediles a cambio de votos y gobernó buena parte de su gestión sin el Concejo Municipal. También impuso a rajatabla la ‘Ley Zanahoria’ para que los bares cierren a la 01:00 e incluyó al transporte público en la restricción vehicular del pico y placa, generando protestas y molestias de los afectados.

“Es un hombre polarizante que no se caracteriza precisamente por convencer al otro”, explica Paul Bromberg, el físico que asumió la Alcaldía cuando en 1997 Mockus renunció para buscar por primera vez la Presidencia.

Su actual candidatura presidencial se constituye en su tercer intento por manejar los hilos del poder nacional. En círculos de opinión llama la atención que su figura represente a una corriente que quiere renovación política.

En 1998 Antanas Mockus fue la fórmula vicepresidencial de su ahora adversaria conservadora Noemí Sanín. Aunque obtuvieron un buen caudal de votos (28%), no le fue suficiente para pasar a segunda vuelta. Ocho años después fue su segundo intento, que terminó en un fracaso estruendoso: su movimiento no logró un solo escaño en el Parlamento y su discurso recargado de simbolismos y metáforas no llegó al 2% de los votos.

Su círculo cercano aún comenta que fue uno de los golpes más duros para este académico que la semana pasada logró el apoyo de teóricos de la talla del alemán Jürgen Habermas.

Con estos antecedentes y cuatro años después, Mockus volvió a la arena electoral con su discurso de siempre: transparencia y ética. Y aunque hasta hace dos meses nadie lo veía ni en las encuestas, su propuesta lo transformó en la principal amenaza para el ‘uribismo”, que ahora no duda en explotar una inquietud nacional: ¿El candidato ‘verde’ está preparado para gobernar?

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