11 de July de 2010 00:00

La catástrofe en el golfo de México es el epicentro de la preocupación ambiental

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Rubén Darío Buitrón

La chef Susan Spicer no pudo más. Su famoso restaurante de mariscos empezó a perder clientes y ella tomó una decisión extrema.

Spicer, una estadounidense de 56 años, es propietaria del restaurante Bayona.

El lugar, ubicado en el histórico barrio French Quarter, del sector más antiguo de Nueva Orleans, ya no puede ofrecer, como lo hacía siempre, lo mejor de su cocina tradicional.

“Ya no hay peces, ostras ni camarones”, dice la chef.

Y por eso no pudo más: al quedarse sin la materia prima de su trabajo decidió poner una demanda legal contra las compañías Deepwater Horizont (DH) y Brithish Petroleum (BP).

Las dos empresas tienen responsabilidad directa en la catástrofe del 20 de abril pasado, cuando estalló una torre de perforación petrolera marina en el golfo de México.

Desde esa fecha, cada 24 horas se vierten sobre el mar unos 60 000 barriles de crudo, la quinta parte de lo que el Ecuador produce diariamente.

Mientras camina por las desoladas playas de Grand Isle, a dos horas de Nueva Orleans, Kirk Cheramie, líder de nación Houma (un pueblo ancestral asentado en Louisiana antes de la conquista del oeste), confiesa preocupado: “Hay mucho petróleo regado en la bahía”.

Dean Bonano, jefe de seguridad de la zona, admite que la situación es deprimente: “Todo lo que va más allá de las salchichas está contaminado”.

Bonano dice algo muy grave, porque las salchichas (tuberías móviles de tela y plástico que sirven de barreras para evitar la propagación del crudo) se extienden por toda la playa y detrás de ellas están el mar, la fauna, la flora, el turismo, la pesca...

En el Louisiana Universities Marine Consortium (Lumcom), un centro de investigaciones marinas financiado por las tres principales universidades del estado de Louisiana, el científico Álex Kolker recibe cada día a decenas de colegas que llegan de otros estados y países.

Todos ellos quieren conocer de cerca los resultados de las investigaciones sobre el impacto del derrame petrolero, pero Kolker aún no tiene respuestas.

Vestido con una camiseta sencilla, un jean y sandalias, el investigador, de 49 años, responde con amabilidad, pero también con firmeza: “No soy perito en asuntos energéticos y no puedo opinar sobre lo que no tengo mayores certezas”.

Explica, sin embargo, que la destrucción de los ecosistemas en el mundo siempre tiene que ver con razones humanas.

Mostrando un mapa de Louisiana, donde existen grandes extensiones de pantano, explica que la producción petroquímica impide que se formen sedimentos. Esto, a su vez, hace que se hunda lo que fue tierra firme.

En una presentación en power point, Kolker muestra resultados de sus primeros estudios, siempre con su actitud prudente: “Lo único que puedo asegurar hasta ahora -dice midiendo cada palabra- es que los equipos de científicos que están investigando el caso ya advierten que un primer efecto nefasto podría ser la extinción de las ostras, cangrejos, peces y camarones”.

Si se escucha con atención a los especialistas, las preocupaciones de la chef Susan Spicer y del mesero Abraham García (ver recuadro) parecen tener sustento.

Tan es así que la propia BP, sobre la cual se han disparado todas las críticas por la catástrofe ecológica, busca, como parte de sus planes de remediación ambiental, expertos en rescate y transporte de animales silvestres, profesionales que conozcan del cuidado de aves, especialistas en plantas acuáticas...

Kirk Cheramie, el líder Houma, agradece al doctor Kolker y sale del edificio del Lumcom con tristeza y dolor.

Afuera llueve mucho. Son los rezagos del huracán Álex, que ha devuelto a las playas la contaminación que se había limpiado.

El derrame, hasta ahora, es de 3,5 millones de barriles. Mientras los encargados de la limpieza prevén terminar su trabajo en seis semanas, la mancha aceitosa sigue expandiéndose. Y nadie puede predecir hasta dónde llegara. Ni hasta cuándo...

Puntos de vista

‘En la Amazonía ecuatoriana fuimos víctimas de algo similar’

Hermegildo Criollo. Líder cofán

Desde hace 25 años el petróleo es parte de la vida de Hermegildo Criollo.

Él, motorista de botes sobre los ríos orientales, es el líder de la comunidad cofán, asentada en la Amazonía.

Criollo llegó a Nueva Orleans para contactar con pueblos ancestrales y pescadores que viven en los márgenes del norte del golfo de México.

Ellos sufren, desde hace 85 días, los devastadores efectos del derrame petrolero que perjudica extensiones aún no determinadas del litoral de Louisiana.

Lleva 17 años como miembro de la Asociación de Afectados por la Texaco, una agrupación que mantiene un juicio contra esa empresa que trabajó tres décadas en la Amazonía.

La Asociación exige que se paguen los daños a la salud humana, y a la naturaleza, provocados presuntamente por la desprolijidad en la explotación petrolera.

Criollo, de 55 años, tiene cuatro hijos (una mujer y tres hombres) y 19 nietos. Todos viven en la comunidad de Dureno y hablan la lengua nativa cofán: el A’ingae.

Ante la pregunta de una periodista sobre los motivos de su viaje responde que ha venido para informarse del impacto del derrame. Y precisa que se trata de un problema que conoce muy bien porque su comunidad ha sido víctima directa de algo parecido.

‘No es legítimo comparar lo del golfo con lo que hizo la Texaco’

James Craig. Vocero de la petrolera Texaco Chevron

Él admite las dificultades de la población amazónica, pero cree que no es legítimo comparar el impacto del derrame en el golfo con lo sucedido en Ecuador.

A Craig le decepciona ver cómo el Frente de Defensa de la Amazonía trata de sacar ventaja de la tragedia en el golfo “para legitimar su fraudulento juicio contra Chevron”.

Pero dice que eso no le sorprende: “Es la manipulación y el engaño utilizando el sufrimiento de sus propios compatriotas”.

Algunos hechos, según Craig, muestran su verdad: hace 20 años Texaco dejó el Ecuador luego de una remediación ambiental que a la firma le costó USD 40 millones.

Esa remediación fue aprobada por el Estado. Eso, dice Craig, liberó a la compañía de cualquier obligación.

Desde 1990, Petroecuador ha perforado 414 nuevos pozos, con un muy pobre récord ambiental.

No obstante -expresa Craig- los abogados que están detrás del juicio contra Chevron han interferido en el programa de limpieza de Petroecuador.

Han solicitado a la Corte detener los trabajos, afirma el vocero, “pero no por una preocupación medioambiental, sino por temor a que la remediación pueda afectar sus propios intereses”.

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