19 de December de 2010 00:00

800 000 jóvenes no abandonan su sueño

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Olga Imbaquingo R.

Corresponsal en Washington

No hubo que ir muy lejos a encontrar los rostros de los sueños truncados. Estaban allí en el auditorio del colegio de ciencias Gregorio Luperón, en Washington Heights, en Manhattan.

Todos jóvenes y estudiantes, unos espontáneos y otros tímidos, muchos optimistas y algunos realistas. Quieren ser doctores, ingenieros, diseñadores o profesores.

Los de Luperón vinieron cuando niños en compañía de sus padres desde República Dominicana, pero al Ecuadorian International Center, Se Hace Camino en Nueva York o al Proyecto de Trabajadores Latinoamericanos llegan de México, Colombia, Ecuador y Centroamérica.

Es el rostro del EE.UU. joven pero el que el juego político y la ola en contra los inmigrantes que recorre el país los tiene en el limbo a la espera del Acta de los Sueños. “Darnos esta acta es el mejor sueño”, dice Angeli Ortega, un estudiante de 17 años. “Si ellos nos ayudan ahora nosotros ayudaremos en el futuro, porque para eso nos estamos preparando: para ser alguien y hacer de EE.UU. algo mejor”, cuenta este joven.

Ortega vino desde República Dominicana y ha crecido escuchando que una reforma inmigratoria ya llega. “Si el Acta de los Sueños no pasa vamos a seguir en esa lucha, algún día nos van a escuchar, aunque sería bueno que nos escuchen ahora”.

La semana pasada el senado decidió darle otro soplo de aire al Acta de los Sueños que de aprobarse allanaría el camino para unos 800 000 jóvenes indocumentados, que llegaron a EE.UU. cuando tenían menos de 16 años y que quieren seguir sus estudios. “En el Congreso resolvimos esta injusticia. Si en esta semana no se puede, tenemos una más, esa es mi esperanza”, le dijo a este Diario el congresista Charles Rangel, quien aseguró que el Acta de los Sueños es un asunto de seguridad nacional.

En el senado será una batalla cuesta arriba, senadores republicanos como Scott Brown, Lindsey Graham y John McCain, quienes solían tener ideas favorables a la inmigración esta vez no apoyarán el Acta de los Sueños para los jóvenes. En medio de ese enconado debate ideológico están una serie de leyes, entre ellas el Acta de los Sueños, que deberían ser aprobadas hasta el 24 de diciembre, mientras los jóvenes de varios estados se preparaban para acudir a una marcha en Washington.

“Era sabido que en el Congreso iba a pasar, la dura batalla está en el senado”, dice Steve Camarota, director del Center for Immigration Studies (CIS), quien apoya medidas más rigurosas en contra de la inmigración y considera que el Acta de los Sueños es una amnistía.

Mientras las esperanzas se dirigen al senado, Bianca Pérez, de 16 años, no deja de soñar con llegar a ser una doctora en pediatría porque adora a los niños. No está en ningún grupo de presión que han creado los jóvenes para bombardear a los políticos con llamadas telefónicas y cartas abogando por su causa. “Colaboro siendo una buena estudiante. Así puedo verme a mí misma que soy capaz de lograr ese sueño. Es mi forma de demostrarle al país que estoy dando lo mejor”, indica Pérez.

No todos los jóvenes han logrado mantener viva la llama de sus esperanzas. Los tres hijos de Luz María Arias se han dado por vencidos. “Ellos tenían tantos sueños pero la espera los cansó, pero yo no pierdo el optimismo. Quizá algún día todos los hijos de los inmigrantes tengan el derecho que los padres no tuvimos”.

Jesús, Víctor y Miguel Hutzitl son los hijos que Luz María los trajo de México. “El español no les da mucho, les da más el inglés. Le rezo a Diosito para que a esta ley le dé un empujoncito. Quisiera sacudirlos y pedirles a los senadores que se pongan un rato en los zapatos de los chicos”.

Según el CIS, un millón de indocumentados podrían entrar a las universidades si pasa el Acta de los Sueños y eso tendría un costo de USD 6 200 millones. La estudiante Olga Reyes no está de acuerdo con este cálculo. “Vine desde México cuando tenía 10 años. Estoy en la universidad y hasta hoy me pago mis estudios. Soy excelente estudiante y no tengo derecho a un número de seguro social ni a una beca”.

Esta joven de 18 años es miembro de la organización Se Hace Camino en Nueva York, sueña con ser abogada y es parte del gran movimiento que hace uso de cualquier espacio para hacer escuchar su voz. “No queremos nada gratis. Somos buenos estudiantes, podemos pagar una parte de los estudios, pero sé que sin la ayuda de una beca me quedaré en la mitad del sueño”.

Los defensores de los jóvenes tampoco ven en ellos una carga económica. “Sin ellos habrá menos ingenieros, obstetras y profesores. No tendremos que ir a buscar a los científicos del futuro alrededor del mundo. Están aquí y son estos jóvenes”, dice Adriano Espillat, asambleísta del estado de Nueva York. “Pero el tema está atrapado entre el choque de dos filosofías”, dice Jeanne Batalova, analista del Instituto de Políticas Migratorias. “Por un lado darle la legalidad a alguien que ha roto la ley es visto como una amnistía, por otro, este sueño es visto como posible porque se trata de jóvenes que fueron traídos cuando eran pequeños”.

Rehén de este debate de alta tensión política está el ecuatoriano Fausto Sigcha. Él logró obtener una maestría en ciencias políticas en City University of New York, fue unos de los 350 invitados a la posesión del presidente Barack Obama por su excelencia académica. “Tengo todo para ser exitoso y aquí estoy con una maestría y batiendo mezcla”.

Sigcha saltó todas las barreras, terminó sus estudios, pero no pudo con la valla del seguro social. Sin ese documento no puede conseguir un empleo y compite en las esquinas de jornaleros por un trabajo en la construcción. “Me han ofrecido trabajar en empresas grandes. Fui pasante de la senadora Kirsten Gillibrand y del asambleísta Rubén Díaz. Mi futuro es brillante pero hoy vivo entre la opción de regresar a Ecuador o seguir fundiendo mezcla”.

El Ecuadorian International Center es testigo de la desesperanza y frustración de muchos jóvenes que van en busca de ayuda. “He visto a mis compañeros sufrir discriminación por no tener papeles. Recuerdo que la consejera de la escuela le dijo a una compañera ecuatoriana de 16 años que era mejor que se case para obtener los papeles”, dice Verónica Piedra, subdirectora de este Centro.

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