23 de May de 2010 00:00

57 ecuatorianos están encerrados en prisiones de Arizona

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Olga Imbaquingo R. Enviada

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Al salir de Phoenix, rumbo al pueblo de Florence, solo se ven tierras y montañas áridas donde los únicos que se levantan, además del polvo, son los cactus.Babel, la laureda película donde Hollywood retrata el drama de los inmigrantes desde una perspectiva mucho más humana, es lo primero que a una le viene a la mente al ver esos imponentes cactus. Para los inmigrantes, el desierto es el peor enemigo en su odisea americana. No hay agua ni árboles para escapar del sol ni para ocultarse de los helicópteros o los milicianos de Minutmen, cuyo trabajo es cazarlos como conejos, única especie que se ve con vida en este inhóspito paraje.

En Florence está uno de los centros de detención, convertidos en la última barrera que detiene a cientos de emigrantes ecuatorianos en su intento de alcanzar el sueño americano. En la visita que realizó el cónsul Eddie Bedón, el pasado 12 de mayo, encontró que allí están encerrados 22 hombres y cinco mujeres de Ecuador.

Paredes sin ventanales al exterior, mallas y alambradas de varios metros de altura se ven desde el exterior. Entrar a ese fortín es muy complicado, sin antes sortear los eternos trámites y procedimientos de seguridad; para los periodistas esa es una misión imposible, por lo cual me vi obligada a esperar en la recepción.

El permiso consular no basta para que a Bedón, quien sí pudo entrar, le obliguen a dejar su celular. Una hora y media más tarde sale del presidio. “Debería estar acostumbrado, pero las historias son dolorosas y es imposible imaginar que no pasa nada allá adentro”. En sus testimonios los ecuatorianos contaron que todos fueron detenidos en Nogales cuando intentaban cruzar la frontera.

No les faltan las tres comidas al día, que incluyen frutas y cereales en el desayuno; y carne, pollo o pescado en el almuerzo y la cena. No se quejan del trato en la cárcel, pero no entienden por qué les obligan a llevar un uniforme azul y están presos si ser criminales.

Hay detenidos desde los 18 hasta los 40 años. Uno de ellos es de apellido Guamán. Él dejó a su esposa a punto de dar a luz en Ecuador, le prometió encontrar trabajo y enviarle dinero para ambos.

Ni trabajo ni Nueva York, tampoco Nueva Jersey, donde la mayoría de ecuatorianos sueñan con llegar. Arizona es un estado de paso para la gran mayoría. Solo lágrimas y la interminable espera para volver a Ecuador es su realidad en su encierro, con momentos de fuga mental jugando barajas, dominó y fútbol en la mañana.



















A la intemperie en el condado Maricopa.   Un inmigrante indocumentado limpia el piso del centro donde está detenido en unas carpas improvisadas.













Según el informe de Kara Hartzler, del Proyecto de los Derechos de los Refugiados y los Inmigrantes de Florence, el 90% no puede contratar un abogado para que tramite sus salidas. La mayoría no habla inglés, no tiene educación suficiente ni está familiarizada con las leyes migratorias.

Cerca del pueblo de Eloy hay otro centro de detención de inmigrantes. La travesía por el desierto es la misma: cactus, polvo y musgos bajo un sol inclemente y sobre esa geografía otra mole de concreto con muros de alambre. Aquí hay unos 1 500 detenidos, 30 son ecuatorianos.

Bedón los visitó y se encontró con el mismo drama que Florence. Uno de ellos, el de un joven de primer año de la Universidad Politécnica Salesiana (UPS), que decidió emprender viaje hacia lo desconocido. En este caso, como otros, son los familiares quienes desde Estados Unidos les cubren los costos de la travesía que en muchos casos termina en la cárcel y en la deportación.

Arizona es un estado fronterizo extraño: mientras en otros estados lo que más impresiona es encontrar por doquier iglesias bautistas, evangélicas o de los mormones, aquí lo que más se ve son cárceles. En Phoenix existe un complejo carcelario tan grande que podría ser una barriada entera donde el sheriff, Joe Arpaio, un católico practicante y descendiente de italianos, mantiene una cárcel bajo carpas, viste a los presos con indumentaria a rayas y los obliga a usar ropa interior rosada.

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