7 de January de 2010 00:00

Una multitud despidió a Sandro

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Santiago Estrella Garcés
 Corresponsal en Buenos Aires

Fue imposible cumplir con el deseo de Sandro, registrado en su tema Una muchacha y una guitarra:  “No quiero que me lloren cuando me vaya a la eternidad. Quiero que me recuerden como a la misma felicidad...”. El llanto aún se escuchaba ayer en las afueras del Congreso, en el segundo día del funeral para uno de los mayores ídolos de la música popular argentina.

Más de 60 000 personas pasaron frente a sus restos en el Salón de los Pasos Perdidos. Pero es un guarismo falso, que solo rige para el Congreso. Hubo miles con sus rosas rojas y una foto del ídolo, los que lo esperaban fuera de su casa de Banfield. Otro tanto, pese a que la familia previno que el sepelio sería íntimo, fue al cementerio de Longchamps.

Y pudieron ser más, pero la partida de Roberto Sánchez ocurrió a inicios de enero, cuando muchos están de viaje por las fiestas y por las vacaciones de verano.

El traslado fue largo y lento.  Desde capital federal, pasando por ciudades del Gran Buenos Aires, como Avellaneda y  Lanús. Una multitud se apostó a la vera del camino de más de 25 km. Querían tocar la carroza que llevaba su cuerpo para luego santiguarse. Quizá, más tarde, como  ha ocurrido con otras figuras de trayectorias menores a la de él en Argentina, como la cumbiera Gilda o el cuartetero  Rodrigo, lo erijan santo sin necesidad del aval del Vaticano, se impriman estampas o  le agradezcan milagros. 

El país sufrió. María, de unos 54 años, llegó desde Córdoba. “Nueve horas de viaje. Sandro me acompañó toda mi vida. ¿Cómo no voy a acompañarlo por lo menos en el último momento? Yo lo amo, con toda mi vida. Yo creí que se iba a curar, lo creía de verdad”.

Lo decía con tanta emoción que ya no importaban los gustos  musicales que profesaran. “Yo no era seguidora de Sandro, pero lo considero un ícono nacional. Me da pena su muerte. Es algo doloroso de cualquier modo”, dice Ana Rosillo,  una mujer de Rafaela, provincia de Santa Fe, que se inclina más por Babasónicos, Pink Floyd y tango electrónico.

Con tal multitud  había solo una evidencia: la música de Argentina quedaba con otro vacío, semejante al que dejó Mercedes Sosa hace tres meses.  En ambos casos, no solo había muerto una estrella, sino también una persona cuya vida será  respetada por ejemplar.

“Creo que fue el único que nos dio una lección a todos. Me hubiera encantado conocerlo, tener una charla, pero nunca se fue de lo que él quiso. Le quisieron entrar como me entraron a mí, pero él salió íntegro, sin que nadie pudiera pasar ese paredón de Banfield. Y eso hizo muy bien.  Aquí se cuestiona todo y él, en su vida y en su muerte, sigue intacto”, dijo Diego Armando Maradona.

Pocos pudieron ver cómo fue sepultado junto a los restos de su padre y su madre en ese cementerio de nueve hectáreas. Pese a los miles que llegaron hasta las puertas de lugar, no hubo excesos, nadie quiso violar la intimidad familiar. Es que la intimidad, el misterio, es parte de su atractivo inmortal.

“Era todo. Esa boca, ese cuerpo, la voz, el misterio que siempre nos volvió locas. Su perfume era bárbaro. Lo sé porque en un cumpleaños fui a su casa y me tomé una foto con él. No sabés lo lindo que olía”, dijo Azucena. “Pero también nos deja un mensaje: luchar contra el tabaco, no fumar”.

Sandro aconsejaba no fumar. 80 cigarrillos diarios. Un enfisema pulmonar es el origen del mal que lo llevó al sepulcro. Confesaba que no había afectado su voz, que si eso hubiera ocurrido, habría dejado el vicio hace 20 años, pero recién lo hizo cuando al subir unas escaleras sintió que le faltaba el aire. Y al final tuvo que cantar con un tubo de oxígeno que añadió a su micrófono.

Los pocos que tuvieron acceso a su casa respetan la reserva de ‘El Gitano’. “No es un buen momento para hablar con la prensa. No me preguntes sobre su vida… te puedo contar de cuando él era Sandro, pero de este tema no te puedo hablar”, decía Alfredo Pais, su mano derecha por 34 años. “Siento que se va la mitad de mi vida”.

La gente cantó el Himno Nacional. Lloró al grito de “¡Sandro no se va, Sandro no se va!”, incumpliendo su deseo,  pero nadie dudará de su inmortalidad, pues, como dice en la misma canción: “yo estaré en el aire, entre las piedras y en el palmar. Estaré entre la arena y sobre el viento que agita el mar”...

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