21 de January de 2010 00:00

Mujeres y política

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Alfredo Negrete T.

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Se puede discrepar, protestar y clamar al cielo por  venganza pero hay que reconocer que  reprimidas, marginadas, postergadas históricamente (quizás el único acierto del Código de Da Vinci),  ahí están. Y ahora, desde hace más de un  siglo de manera directa -a causa de  un pasado  de marginación  política-  son parte activa de la sociedad y en algunos países  protagonistas del ejercicio del poder -buenas o malas- pero estelares. En el Ecuador sin embargo  la situación es muy diferente.

Fuimos de los primeros países en el continente que reenvidamos los derechos educativos, culturales y  la igualdad jurídica  de las mujeres. Sin embargo,  en  la vida política, desde hace una década  sigue  la diferencia en contra del género, en cuanto a su protagonismo e independencia. En el área profesional  sobresalen en todos los campos si ninguna excepción ni exclusión; pero en la arena política, incluidas  las de mejores potencialidades sufren el efecto de taras sociales indelebles que las vuelven a relegar a ser obedientes, limitadas en su accionar e incapaces de marcar su propia huella en la historia de la nación.

Se puede admirar a Michelle Bachelet aunque se discrepe de la adhesión a última hora a Eduardo Frei.  No es posible olvidar a doña Cristina Kirchner como senadora de la  nación argentina, aunque muy  pronto se olvidará su triste paso por la presidencia. Más atrás, la buena memoria regresa  en nuestros lares a la Libertadora del Libertador y en el pasado mundial inmediato  a Golda,   Indira,  Hilary  y aunque nos desagrade a la Margaret de las Malvinas. Han sido jefas de Estado, legisladoras, ministras de Defensa  como Soledad Alvear en Chile o excelentes ministras de  Relaciones Exteriores en Colombia.  Pero ¿qué pasó en Ecuador?

Es  difícil aceptar explicaciones de que en nuestro país, solo por la preeminencia histórica del machismo  cultural o el enfermizo caudillismo al que somos adictos,  son la causa de una sutil y efectiva exclusión política  de las mujeres; pero no es una satisfactoria explicación. Hay muchas  que son  legisladoras, ministras, concejalas, pero sabemos que, como se dice en el fútbol, casi siempre están en el banco o en  la categoría B y por alguna razón simplemente no trascienden hacia estados superiores de la conducción nacional. El hombre  en la política para los que estamos en ese lado  puede ser  cómodo y fundamentado en  una vanidad irreductible; sin embargo, los grandes desafíos  que afectan a naciones como la nuestra, exigen la activa y valiente palpitación de todos, tanto  de mujeres como de  hombres en la inmensa tarea por delante. De   lo contrario,  en sociedades tristes y urgidas como la nuestra  no podrían superarse  los tiempos de aquella noche de finales de enero  en 1944 en el Luna Park de Buenos Aires ,  luego del terremoto de San Juan, cuando Eva Duarte le dijo  a Juan Domingo Perón: “Gracias mi coronel por existir”. 

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