3 de noviembre de 2016 00:00

Múltiples misas por los muertos del sismo

María Chango llevó cuy al cementerio de Salasaca, para el festejo tradicional. Foto: Glenda Giacometti/ EL COMERCIO

María Chango llevó cuy al cementerio de Salasaca, para el festejo tradicional. Foto: Glenda Giacometti/ EL COMERCIO

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Soraya Quillupangui
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Previo al inicio de la misa campal, en el exterior del cementerio general de Portoviejo, se dio lectura a un listado de nombres, a quienes se dedicarían las oraciones. Eran 50, aunque el terremoto que sacudió la costa ecuatoriana, el pasado 16 abril, dejó más de 650 fallecidos.

Ayer, el día en el que se recordó a los fieles difuntos, en la capital manabita la fecha estuvo marcada por recordar, principalmente, a quienes perdieron la vida en el sismo. Cinco ceremonias litúrgicas se ofrecieron fuera del camposanto, en las que se pidió por el descanso eterno de 250 personas. Familiares de las víctimas llegaron con flores, velas y rosarios.

Eulalia Giler junto a su esposo Teodoro Vélez permanecieron la mañana y tarde de ayer velando la bóveda de su hija Deicy.
Mientras esperaban que se consuma la vela, la mujer rememoró la amarga experiencia vivida el 16 de abril. Contó que ella y su hija estaban en un local de calzado en el centro de Portoviejo y que durante el terremoto les cayó un bloque de hormigón. Ella fue rescatada por un taxista, pero en ese momento no supo nada de su primogénita. “Han pasado siete meses y no nos hemos podido recuperar. Era mi hija mayor y vivíamos con ella. Ese terremoto nos cambió la vida”, recordó la mujer, entre lágrimas.

A pocos metros de Eulalia y Teodoro, también estaba Oker Zamora. Él visitó los lugares en los que estaban enterrados su hija, yerno y un nieto, quien cumplió 9 años el día del sismo.
Ellos acudieron a un local comercial en el centro de la urbe para comprar artículos para la celebración del menor. Y quedaron sepultados por los escombros de la infraestructura.

Pero la jornada atrajo también a cientos de personas que perdieron familiares por otras circunstancias. Muchos notaron que aún hay sectores del cementerio con afectaciones provocadas por el terremoto. El sector tres aún tiene tumbas inclinadas y cruces caídas. La administración del camposanto aplanó varias vías peatonales para evitar molestias a los visitantes. Wilson Yugcha y su esposa llegaron al lugar y contaron que el 2 de noviembre significa una oportunidad para recordar los buenos momentos de “quienes se nos adelantaron”.

Los salasakas compartieron su comida

María Chango llegó al cementerio de la comunidad Salasaca, en Pelileo, provincia de Tungurahua, cargando una bolsa con alimentos preparados. Estaban envueltos en fundas plásticas y en recipientes de barro con mote, tostado, cuy asado y papas cocinadas para recordar a sus familiares en el Día de los Finados.

En sus manos llevaba unas guaguas de pan, un ramo de rosas, una corona de crisantemos y un cartón con botellas de vino. Chango, de 54 años, fue a visitar a sus padres y abuelos que están enterrados en este camposanto.

Ayer, en cada una de las tumbas fue ubicando vasos con vino y encendió velas blancas. Este ritual se lo practica cada año en la comunidad indígena Salasaka del cantón Pelileo, en Tungurahua. “Vine sola porque mi hijo se fue a vender artesanías en Cuenca. Siempre recuerdo con cariño a mis padres y abuelos”, dijo Chango. Los extranjeros tomaban fotografías de cada una de las actividades que efectuaban en las tumbas los habitantes de esta parroquia.

Guaguas de pan y la Santa Muerte

Las guaguas de pan y la colada morada, en Ecuador, y el pan de muertos y el chocolate, en México. Esos son los alimentos que se preparan para recordar a los seres queridos que han fallecido. La ritualidad sobre la muerte que comparten las culturas Kichwa y la Azteca, se hizo evidente en el diálogo intercultural que se realizó ayer en el cementerio indígena de Otavalo.

La idea fue mostrar la cosmovisión de las dos culturas, que comparten una creencia común: las personas que han fallecido no se van totalmente de este mundo. Según la artista mexicana Alejandra Gutiérrez, la filosofía de la Santa Muerte de su país, heredada de la cultura Azteca, el alma y el espíritu de los seres amados que han partido antes sigue presente. Se trata de un criterio parecido a los kichwas de Otavalo, que se refleja en actividades como compartir los alimentos y la música. Como en las ciudades mexicanas, los visitantes elaboraron un altar en honor a los muertos.

La tumba de JJ es la más visitada

En los cementerios de Guayaquil llegaron desde muy temprano cientos de personas para visitar a sus seres queridos. Los solitarios pasillos del Cementerio Patrimonial del Puerto Principal cobraron vida. Las flores multicolores decoraron cada laberinto, balcón o terraza donde había una tumba. Este camposanto alberga personajes ilustres, como próceres, presidentes, poetas, artistas y escritores.

La Junta de Beneficencia, que regenta el cementerio, organizó dos misas campales en la puerta 1; la primera, a las 09:00, fue oficiada por el arzobispo de Guayaquil, Luis Cabrera; y la segunda, a las 11:00, por el capellán padre Vicente Suárez, quien dijo que el objetivo de la misa fue conmemorar a todos los fieles difuntos, que son recordados por sus familias. Una de las tumbas más visitadas fue la del cantante Julio Jaramillo. María Beltrán estuvo por más de una hora al pie del sepulcro del ‘El Ruiseñor de América’. “Cada año visito las tumbas de mis padres y también la de JJ porque me gustan sus canciones”.

Serenatas para los que se fueron

Serenatas, comida y recuerdos fueron la tónica en los cementerios del norte, centro y sur de Quito. En Calderón, desde la mañana de ayer, familias enteras se dieron cita en el cementerio para recordar a los seres queridos que ya no están.

En Calderón, en el norte de Quito, la calle Carapungo, desde la Panamericana Norte fue cerrada para instalar una feria de artesanías, comida y recuerdos y flores para la visita al cementerio.
Una de las familias que llegó hasta el cementerio fue la de María Ushiña. Ella fue acompañada de sus hijas para visitar a su esposo y hermanas. “Como manda la tradición, hoy trajimos la comida que, en vida, les gustaba. Poco a poco la vamos enterrando en la memoria de sus almas”, contó. Otro cementerio muy visitado fue el de San Diego, en el centro de Quito. Allí, la gente aprovechó para limpiar y arreglar las lápidas de sus seres queridos. Juan Coloma fue a visitar la tumba de su madre. “Nunca faltamos en esta fecha. Es bueno mantener viva la memoria de quienes, en vida, dieron todo por nosotros”, señaló.

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