11 de March de 2010 00:00

La misa de monseñor Luna Tobar llena la Catedral de La Inmaculada

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Redacción Cuenca

Son las 09:15 y la Catedral de la Inmaculada Concepción de Cuenca empieza a recibir a los feligreses. Faltan 15 minutos para que monseñor Luis Alberto Luna Tobar ofrezca su misa diaria.

Mientras se acerca la hora de la celebración, los asistentes se ubican en  las bancas de madera. Presurosos guardan sus paraguas que les sirvieron para protegerse de la leve lluvia que cayó ayer en la ciudad. Algunos intentan peinarse.

Confundido entre sus feligreses llega monseñor Luna. Sus  pasos son cortos y lentos. Para evitar el frío se  protege con un abrigo negro y, bajo este, un saco de lana gris. En su cuello,  una bufanda negra lo abriga. En sus manos lleva un bastón de caña, sencillo.

Hoja de vida
Luis Alberto Luna
Nació en Quito  el 15 de diciembre de 1923. Es hijo de Moisés Luna Andrade, abogado, y de Ana María Tobar Donoso. Es el séptimo de 13 hermanos.
En 1938 fue   enviado a España para  sus estudios religiosos, durante la Guerra Civil de esa nación. El 25 de julio de 1946, a los 22 años, se ordenó  sacerdote en la Cartuja de Miraflores en Burgos.

Ingresa  a la sacristía a cambiarse y cuando sale al altar para la misa ya no lleva el bastón: dos monjas le ayudan a caminar. Ya lleva su sotana blanca y violeta.

En las primeras bancas está Beatriz Sarmiento, quien usa  un poncho verde que le abriga desde el cuello hasta las rodillas. Ella llegó a la iglesia con 20 minutos de anticipación. Hace lo posible por asistir  todos los días a la misma hora para oír  a monseñor  Luna.

“Sus palabras siempre animan el alma”, dice la pequeña mujer de cabello corto y cano. Quizá esa es la razón por la que cuando empieza su misa, la iglesia está casi llena. Su ceremonia no se extiende mucho, pero siempre atrae la atención de quienes lo escuchan: sus mensajes, de mucho sentido espiritual, animan a los feligreses. Su misa termina a las 10:00. Con la ayuda de las monjas abandona el altar. Regresa a la sacristía y allí  René Parra, el sacristán, le ayuda a quitarse  la sotana y luego a ponerse su abrigo.

Monseñor  tiene  86 años.  Nunca olvida  sus días de apoyo a los campesinos y de ferviente lucha junto a las comunidades indígenas. Ahora pasa en su casa, en el sur de Cuenca, ciudad que lo acogió como su hijo hace más de 20 años. Hoy no dará su misa en la capital azuaya, porque la Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión (CCE) le rendirá un homenaje nacional por su gran trayectoria de vida. Será a las 19:00.

El religioso solo dice: Dios se lo pague. “Esa frase la aprendí en las comunidades donde serví y ahora la aplico en este homenaje”.

La CCE califica a monseñor Luna como un ecuatoriano de vida ejemplar. Él se autodefine como un servidor de los más pobres. En su rostro mantiene una rala  barba blanca, diferente a la abultada que llevaba años atrás.

Desde siempre guardó una afición que la trajo de sus años juveniles en España: los toros. En su casa tiene pequeñas figuras  de estos animales y cuando habla de ellos se emociona al evocar los lances que hizo. Hace un ademán con su mano derecha como si junto a él un inmenso toro pasase por su capa, que finge tener en sus manos. Unas fotografías están en la sala de su hogar. En una de esas se ve  junto a Juan Pablo II y en  la otra con Paulo VI. Con  él  estuvo cuando se ordenó de obispo y con Juan Pablo II  pasó  dos días antes de que llegase al Ecuador. Recuerda con cariño esas reuniones, pero poco de lo que habló.

Dice que no dejará de ofrecer sus concurridas misas. “Lo haré hasta el final de mis días, aún puedo”. Sabe que la gente lo sigue y que feligreses, como Sarmiento, hacen lo posible por estar junto a él para oír su palabra de vida.

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