12 de December de 2009 00:00

Miller vive en el instinto sexual de la especie

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Edwin  Alcarás. Redactor
cultura@elcomercio.com

Todo esto pasó antes de que  Henry Miller publicase su ‘Trópico de Cáncer’, en 1934,   y así inaugurase su fama de canalla, vividor, vagabundo  y, pese a   ello,   o gracias a ello,  escritor  genial.
 


“Ningún hombre pondría palabra alguna por escrito, si  tuviera el valor  de vivir lo que cree. Su inspiración se desvía en el origen. Si lo que desea crear es un mundo de verdad, belleza y magia, ¿por qué coloca millones de palabras entre la realidad de ese  mundo y él? ¿Por qué aplaza la acción... a no ser que, como otros hombres, lo que  desee en realidad sea poder, fama, éxito? (...) Un escritor corteja a su público tan ignominiosamente como un político o cualquier otro charlatán; le gusta sentir el gran impulso, recetar como un médico, lograr un puesto propio, que lo reconozcan como una fuerza, recibir la copa rebosante de adulación, aunque tenga que esperar mil  años. No desea un mundo nuevo que se pueda crear de inmediato, porque sabe que nunca lo satisfaría”.

Antes de la Villa Borghese (citada en la primera línea de esa novela), antes de los paseos  alucinados     por París, con el estómago ardiendo  y el cerebro irritado,  antes de todo eso  Henry Miller  fue un ciudadano estadounidense que habitó los  barrios bajos  de Nueva York     cerca de   39 años.
  
Toda esa experiencia apareció luego, cuando Miller frisaba   los 60 años,  en una trilogía que, según  la crítica, es su  obra más extensa  y lograda, la colección  denominada ‘La crucifixión  rosada’.  En  este mes empezó a circular en librerías del país   una  nueva edición de las tres novelas, ‘Sexus’  (1949),   ‘Plexus’ (1953)   y  ‘Nexus’ (1960), con  el  sello    Edhasa, del  Grupo  Océano.    

Esta nueva apuesta editorial vale como punto de partida para   refrescar una de las antiguas discusiones   que refieren a la  literatura de Miller: la de su vigencia y su capacidad de  seguir atrapando a nuevas generaciones de lectores.

En mayo de 2001, el célebre autor de ‘Los detectives salvajes’, el chileno Roberto  Bolaño,  escribió  una  columna en el diario El Mundo  que tituló   Autores que se alejan.  Allí se ponía nostálgico en este tono: “Hace unos días, con Juan Villoro nos pusimos a recordar a aquellos autores que habían sido importantes en nuestra juventud y que hoy han caído en una suerte de olvido”.

Luego, Bolaño  dijo: “Pensamos, por supuesto, en Henry Miller, que en su día tuvo una gran difusión en España, y cuyo nombre estaba en boca de todos, pero cuya fama talvez obedecía a un equívoco: es probable que más de la mitad de los que compraron sus libros lo hicieran esperando encontrar a un pornógrafo (...)”.

A pesar de su prestigio,   las tres novelas que conforman la ‘Crucifixión’   no gozan de tanta  popularidad como las  tres  primeras  novelas de Miller: ‘Trópico de Cáncer’,  ‘Primavera negra’ (1936) y ‘Trópico de Capricornio’  (1939).

Esa predilección se explicaría en parte, según    el  catedrático  y crítico  literario ecuatoriano radicado en  EE. UU.,  Fernando  Itúrburu,  por la   brevedad  y concisión de los ‘Trópicos’, “porque empiezan y terminan; la idea de conexión que ofrece y exige la trilogía es para un público más paciente. Ocurre lo mismo con los relatos de ‘Las mil y una noches”.

De todas formas  esa equívoca fama de ‘pornógrafo’  ha servido para que  la mayoría de sus lectores se haya acercado a  él  durante la adolescencia. El escritor quiteño  Abdón Ubidia recuerda haberlo  leído  “en la primera  juventud y casi a escondidas. En los sesenta Miller  ya era Miller  y sabíamos que  había sido prohibido en Estados Unidos. Con varios amigos leíamos sus obras con el placer de vulnerar algo prohibido”.

Pero más allá de  las hormonas queda, para Itúrburu,   la gran literatura de Miller.  Esa Obra, con mayúscula,  que se percibe, precisamente,  en la ‘Crucifixión’. “Es su proyecto más ambicioso, más oceánico,  pues trata de completar una visión de conjunto junto a la exposición de una experiencia personal que se revela como monumental, cósmica, aunque  dada en términos cotidianos (...)”.

Durante 40 años Miller  perfeccionó   su estilo  trepidante  y desbordante de imágenes hasta llegar a su trilogía mayor. Aquel  estilo  que   hizo  de sí mismo  el mayor de sus propios personajes.

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