15 de December de 2009 00:00

Miedo

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Alexandra Kennedy Troya

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Las noches pueden ser profundamente oscuras.  Estoy parada en medio de la calle, me tiembla el cuerpo, siento un frío atroz.  La noche está profundamente silenciosa.  Tres tipos han disparado contra mí, contra mi carro;  me han robado el cerebro del carro, han cortado todos los circuitos.  Mientras dos ‘hacen su trabajo’, destrozándome el auto, yo estoy dentro, otro me roba todo lo que llevo encima. 

Siento el gélido revolver en mi sien, escucho la voz ronca de un joven, ingreso en una especie de vacío.  Suavemente le entrego lo que pide, llaves, cartera, joyas. Supongo, en fracciones de segundos, que me toca a mí, me volarán los sesos pienso, he visto el rostro de uno de ellos.  Si no me matan, están tan cerca que me dejarán malherida.  Momentos antes había visto y escuchado los disparos secos. Pierdo el sentido por unos segundos.  Y la noche está vacía, yo estoy sola, el guardia privado de algún edificio cercano que había intentado ayudarme ha desaparecido.  Siento mucho miedo… La noche está profundamente silenciosa.

Me bajo, camino, encuentro una pareja que me acompaña, me deja en casa, ella me abraza, he entrado en calor.  Quiero llorar, no puedo.  Quiero hablar, tampoco puedo.  Recuerdo los momentos antes de esta operación que había pensado pasaban a otros, no a mí.  He visitado la Feria del Libro organizada por el Ministerio de Cultura en el antiguo Hospital Eugenio Espejo.  He dado una charla, he parqueado el auto, junto con decenas de otros ya que no había espacio dentro del recinto.  Observo guardias, entro al lugar rápidamente. Salgo a las 7:30 de la noche.  No existe guardia alguno, sale uno que otro visitante.  Y sucede lo que sucede. 

Y, ¿a quién diablos acudo?  No se me ocurre pedir auxilio a la Policía, no confío.  Acudo al seguro para que retiren el auto; bloqueo tarjetas y demás documentos que recuerdo paulatinamente.  Hago la denuncia, tres horas de trámites.  A nadie le interesa nada, una masa de gente hace lo mismo que yo, cuentan sus casos, unos más dramáticos que otros.  Toda esta gente parece tener la extraña ‘percepción’ de la inseguridad.  Un par de mujeres me comentan que andan armadas, que después de tanto robo no les importa portarlas ilegalmente.  “¿Y si no, exclaman, quién mierda nos defiende?”.

Paso por la pesadilla de recuperar mis documentos.  Decenas hacen lo mismo, la mayoría asaltados, en el bus, en su carro, en la calle con un cuchillo en la espalda, a la entrada de casa, en el mercado. Dígame, Presidente, ¿qué hago? ¿Qué hacemos las centenas de gentes que, aún vivas, hemos sido marcadas por el miedo y la desconfianza? ¿Cómo es posible que ni siquiera los lugares auspiciados por el mismo Gobierno cuenten con  seguridad?  Yo hago uso de este medio, pero ¿qué del resto que solo debe tragarse su amarga experiencia?

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