16 de November de 2009 00:00

México: un país ‘gobernado’ por dos presidentes

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Por Nicholas Casey
Ciudad de México

Al igual que muchos países, México tiene un gobierno central que funciona en una serie de imponentes edificios coloniales y modernos a lo largo del país. Pero también tiene su autodenominado “Gobierno Legítimo”, que asegura que dirige los destinos del país. Se reúne en esta capital cada 15 días en un antiguo garaje en el número 64 de la calle San Luis Potosí.

Hace unos días, allí se sentaba Bernardo Bátiz Vázquez, secretario de Justicia y Seguridad del Gobierno Legítimo, revisando papeles en una mesa desplegable. Cerca suyo estaba la secretaria de Salud, Asa Cristina Laurell, y una media decena de ministros y representantes de otros estados. A la cabeza de la mesa estaba Andrés Manuel López Obrador.
“Me puede llamar el presidente legítimo de México,” indicó en una entrevista.

Algunos países como Gran Bretaña tienen gobiernos y gabinetes en la sombra, integrados por miembros de los partidos de oposición. Estos grupos, sin embargo, rara vez se consideran el gobierno legítimo, como ocurre con López Obrador y compañía.

Todo comenzó en 2006, cuando el ex alcalde de Ciudad de México perdió por un pelo la elección que lo habría convertido en el verdadero presidente de México. López Obrador denunció un fraude, convocó manifestaciones callejeras y catalogó al vencedor, el presidente Felipe Calderón, de “usurpador presidencial”. 

Posteriormente, como un último gesto de rebeldía, realizó una asunción de mando en la plaza principal del país en la que se ciñó una réplica de la banda presidencial roja, blanca y verde de México y tomó juramento. Después de la ceremonia, muchos pensaron que López Obrador pasaría al olvido, al menos hasta la elección de 2012.

No obstante, aunque el político izquierdista ha desaparecido de la prensa internacional, en México sigue tan activo como antes. Formó un poder ejecutivo paralelo que propone leyes, emite declaraciones, convoca elecciones e incluso circula su propia tarjeta de identificación (cerca de 2,8 millones de mexicanos la usan, según un vocero del Gobierno Legítimo).

López Obrador sale de gira por el país pronunciando discursos presidenciales en lugares donde es presentado como el auténtico presidente de México. Pronto habrá visitado la totalidad de las 2.456 municipalidades de México, todo un récord, asegura. 

“Estamos en una tierra dirigida por oligarcas”, manifestó en un reciente discurso en  Nacajuca, un diminuto pueblo maya en la selva de México. A medida que la temperatura subía, también lo hacía su voz mientras denunciaba los altos precios de los tamales, los resquicios legales que les permiten a las empresas pagar menos impuestos y la corrupción política. López Obrador prometió combatir todos estos males con nuevas leyes y decretos.

El lunes siguiente, estaba de vuelta en Ciudad de México para cumplir su promesa. Fuera del Congreso —el real—, se paró frente a una muchedumbre e introdujo un par de proyectos de ley. Uno, destinado al Senado, reduciría los salarios del gobierno. El otro, para la Cámara de Diputados, buscaría acabar con los resquicios legales para las grandes empresas. Dos legisladores prometieron  mostrarles los proyectos de ley a sus colegas lo antes posible. Pero como ocurre habitualmente, fueron archivados para su posterior estudio.

Algunos periódicos mexicanos asignan periodistas a cubrir este gobierno imaginario. “Lo he estado haciendo por años”, dice Heliodoro Cárdenas, un reportero del diario El Milenio. “Cuesta cubrir al patito feo de la política mexicana, por decirlo de alguna manera”, asevera.

Si bien Cárdenas cree que hubo una alta probabilidad de fraude en los comicios de 2006, insiste en que López Obrador entiende que no es el verdadero presidente de México. “Es una estrategia para elevar su perfil político”, señala. De ser así, no ha rendido dividendos. El respaldo hacia López Obrador bordea 16%, cerca de la mitad de lo que obtuvo en las elecciones de 2006, según una encuesta del diario Reforma publicada en junio.

Miembros del Gobierno Legítimo pasan horas analizando el futuro de México. Durante un reciente almuerzo en un barrio bohemio de Ciudad de México, dos ministros, el secretario de Desarrollo Económico, Luis Linares, y el secretario de Relaciones Políticas, José Agustín Ortiz Pinchetti, discutieron formas de redistribuir a los pobres más fondos provenientes del monopolio petrolero estatal Pemex. Pero cuando se le consultó sobre cómo el Gobierno Legítimo lo conseguirá, el rostro de Linares cambió por completo.  “No tenemos ningún control sobre Pemex”, reconoció. “Hay cosas que podemos hacer y cosas que no”. 

Pagar los salarios de los ministros figura dentro de estas últimas. Puesto que el Gobierno Legítimo no puede cobrar impuestos a los mexicanos, carece de una fuente de ingresos. Solía pagar un salario módico proveniente de un fondo al que aportaban los legisladores del partido de López Obrador, pero algunos se empezaron a quejar. “Ahora todos somos voluntarios”, explica Linares.

El Gobierno Legítimo también tiene otros problemas. Héctor Vasconcelos, su secretario de Relaciones Internacionales, no ha podido lograr que ningún país reconozca su título, a pesar de sus numerosos viajes al exterior, incluyendo uno a Ecuador para festejar la asunción al mando del izquierdista Rafael Correa. 
Cuando este profesor, concertista de piano y ex embajador mexicano en Noruega se unió a López Obrador, cuenta que las solicitudes para que acudiera a programas de la televisión mexicana se evaporaron, al igual que las invitaciones a cenar. “Es como si hubiese dejado de existir”, dice.

Tal vez ninguna fecha captura mejor la audacia del Gobierno Legítimo que el 15 de septiembre, cuando medio millón de mexicanos se vuelcan a las calles para celebrar “el grito de la independencia” y el presidente ondea una bandera y grita proclamas revolucionarias al reiterar el llamado a las armas que llevó a los mexicanos a rebelarse contra España hace 199 años.

Este año, el presidente Calderón realizó su “grito”. López Obrador se hallaba junto a su gabinete a algunos kilómetros de distancia en lo que se denominó el “grito alternativo”. Las banderas flameaban en el escenario y algunas personas con los colores patrios pintados en sus caras gritaban “Viva México” mientras caía la lluvia. López Obrador observaba con una amplia sonrisa en su rostro. “Sólo el pueblo puede salvar al pueblo”, gritó ante la multitud. 

Algunos días después, visitó su estado de Tabasco. Estaba sentado en su todoterreno blanca que pasaba por una plantación de bananos a toda velocidad. Se estaba haciendo tarde y tenía que pronunciar otros dos discursos esa noche. Al día siguiente participaría en otras cinco manifestaciones. Sólo descansa los lunes.
Ante la pregunta sobre si es más difícil que ser presidente, López Obrador responde “Tal vez”. 

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