3 de January de 2015 20:41

La Mariscal, con una gran concentración de cantinas

En la plaza Borja Yerovi, en la 9 de Octubre y Carrión, se continúa convirtiendo las fachadas de 10 casas en murales. Foto: EL COMERCIO

En la plaza Borja Yerovi, en la 9 de Octubre y Carrión, se continúa convirtiendo las fachadas de 10 casas en murales. Foto: EL COMERCIO

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Mariela Rosero

Entre el 2012 y el 2014, el número de bares de tercera categoría, en los que básicamente se sirve cerveza y no se ofrecen más servicios, se triplicó.

Subió de 30 a 109 locales en La Mariscal. Buena parte están en calles como la Lizardo García y la Reina Victoria.

En ambas es usual, de jueves a sábados, observar a jóvenes que se orinan en puertas y muros. También grescas y después de las 24:00 a gente alcoholizada. Durante las fiestas de Quito, un joven fue encontrado muerto con hipotermia en la zona. El mes anterior, también, un muchacho que bebió allí, murió, víctima de escopolamina.

Por eso, residentes, con más de 50 años en el sector, y dueños de negocios, han presentado proyectos a la Alcaldía. Proponen cambios, para potenciar a este sector, el segundo de la ciudad que más turistas recibe.

El primero, con el 61% del total de visitantes, es el Centro Histórico. Lo que más se recorre de ahí es El Panecillo, La Ronda y las iglesias. Luego está La Mariscal, con el 22%; lo que más buscan es la Plaza Foch, con restaurantes, sitios de diversión y centros artesanales.

“No queremos que esta zona se convierta en un convento. La mataríamos”. Eso sostiene Selma Merino, de 68 años. Vive en la Orellana desde el primer curso de colegio.

En la calle Juan Rodríguez, junto a la Lizardo García, funciona su hostal, Arupo, desde hace 15 años. El barrio fue construido hace 70 años, allí se instalaron ciudadanos de distintas nacionalidades que huyeron de la Segunda Guerra Mundial. “Eso le dio un aire cosmopolita”, apunta. El lugar aún recibe a extranjeros, pero las cosas han cambiado.

Los frentes de viviendas patrimoniales están cubiertos por las ‘cajas de cristal’, estructuras de vidrio desmontables, que permiten que los dueños alquilen espacios extras y que no ofrecen las mejores condiciones al usuario. Son zaguanes, retiros frontales, patios y garajes, convertidos en bares.

Buena parte no pasa pruebas de insonorización a cargo de la Secretaría de Ambiente. “Mire, en este sitio se puede ver aún el frente de la casa”, según Édgar Cepeda, comisario de la Agencia Metropolitana de Control.

Dice que en ese caso, la construcción se puede retirar. Pero en otros, las estructuras cubren la casa, ya no son solo de vidrio.
Los espacios, de 20 a 30 metros, ya incluyen vidrio y bloque o ladrillo. Esto contraviene la norma y pone en riesgo a los asistentes.
El representante de los residentes, Fernando Garcés, de 65 años, vive 31 en La Mariscal.

Acudió en dos ocasiones a citas que solicitaron a la Comisión de Seguridad del Concejo Metropolitano. A la primera no llegaron los ediles. Y en la segunda no se sintió satisfecho por el corto tiempo que le dieron para hablar, 10 minutos.

“Vengan los jueves, las calles se convierten en letrinas a causa de las cantinas”. También pide que se mantengan cerrados los ‘night clubs’.

Los moradores y empresarios organizados, algunos parte del Grupo Zona, enviaron una carta al Alcalde. Le pidieron que se conformara un buró, en el que ellos puedan participar junto a la Administración.

Su intención, sostienen, es aprovechar el potencial de La Mariscal, para convertirla en un verdadero producto turístico.

Les preocupa la situación actual del sector, blanco del microtráfico y exceso de alcohol. Temas que ha admitido el administrador, José Antonio Piñeiros. Pero que dice competen a la Policía Nacional.

En sus manos está observar que los locales no sean peligrosos por falta de cumplimiento de reglas. Los parámetros ya existen. “Están vigentes desde octubre del 2013”, recuerda Patricio Velásquez, director de calidad y asistencia técnica de Quito Turismo.

Él muestra fotografías de cocinas de restaurantes que funcionan en esta zona y en el Centro. Se observan cucarachas, cocineros con hongos en las manos, tanques de gas colocados en tinas con agua por la creencia de que así se aprovechará hasta el final el combustible.

Él, como la comunidad organizada de La Mariscal, reitera que es una zona turística especial desde abril del 2012, como establece la Ordenanza 236.

Antes de contar con el plan de gestión, que incluye las reglas, no había parámetros para el funcionamiento de negocios de entretenimiento, venta de alimentos, bebidas, fuentes de soda, discotecas, bares.

Las nuevas normas debían ser aplicadas hasta máximo octubre de este año. Mas, por el cambio de administración y el pedido de algunos empresarios, se hicieron ajustes. Se extendió el plazo para cumplirlas hasta abril del 2015, en la Plaza Foch. En la totalidad de la zona rosa deberá aplicarse hasta máximo diciembre.

Velásquez destaca que ya existen locales que cuentan, por ejemplo, con puertas de emergencia que se abran hacia afuera; rampas y sanitarios para personas con discapacidad.

Este Diario observó que también ha mejorado la señalización. En los rótulos se indica el tipo de establecimiento y el aforo; se ven los extintores; las paredes están insonorizadas.

Pero aún buena parte no tiene sensores de humo, no se cumple con parámetros de espacio asignado a cada cliente, según la categoría del lugar, personal entrenado para atender emergencias, servicios higiénicos con ventilación.

También hay iniciativas como la de la plaza Borja Yeroví, en la 9 de Octubre y Carrión. En ese lugar, las fachadas de 10 casas se convertirán en murales, con el apoyo de la comunidad.

Si fuera una persona, se podría decir que La Mariscal tiene varias personalidades. Que no duerme. No es solo noctámbula. Está viva las 24 horas.

En el día recibe a estudiantes de colegios como el Manuela Cañizares y de al menos tres universidades, a personal de bancos, estudios jurídicos, consultorios médicos.

En la noche a quienes buscan entretenimiento y alimentos. Los residentes suman

12 000 ciudadanos y la población flotante bordea los
160 000 visitantes. Por eso, los sectores organizados cuentan las horas para ver los cambios.

Piñeiros, administrador de La Mariscal, considera que Quito debe tener una zona rosa por cada sector. En la suya se concentra el único espacio de diversión consolidado.
“Eso ha causado tugurización. Sufrimos una hiperconcentración de cantinas”.

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