12 de febrero de 2016 00:00

Las jaurías salvajes pelean por un territorio

En la Antonio Jaramillo y Francisco Coronel hay una jauría que defiende  su territorio. Foto: Paúl Rivas / EL COMERCIO

En la Antonio Jaramillo y Francisco Coronel hay una jauría que defiende su territorio. Foto: Paúl Rivas / EL COMERCIO

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Diego Puente

Fue un ataque brutal el registrado hace dos semanas en la Ciudadela México, en el sur. Cinco perros persiguieron a un gato. No importó que el felino haya entrado por el enrejado a una casa, la jauría persistió, lo sacó de un escondite y lo mató. El cuerpo de la presa quedó tendido sobre la calle Chambo.
Mishell Noboa, arrendataria de la casa en la que ocurrió el ataque, señaló que la disputa del territorio entre dos manadas de perros es constante.

Las jaurías agresivas que se establecieron en diversos sectores son denominadas ferales y representan peligro para otros animales y personas.

Douglas Paredes, representante de Anima Naturalis en Ecuador, señaló que existen cerca de 20 grupos identificados en el Distrito.

Esta cifra no es oficial. Es el resultado de los trabajos de campo que han realizado las asociaciones de bienestar animal. Paredes destaca que las manadas ferales son peligrosas porque sus miembros vuelven a un estado salvaje. “Todas las razas provienen del lobo y el lobo se agrupa para protegerse y cazar”, señaló.

En la Ciudadela Atahualpa, una manada atacó a un pastor alemán. Los vecinos indicaron que la jauría está apropiada del parterre.

El florecimiento de las jaurías se da sobre todo en las periferias del Distrito. Los lugares alejados de la urbe son escogidos por los dueños de las mascotas para abandonarlas. Al sentirse solos, los perros que sobreviven buscan una manada acogiente que les ofrezca seguridad.

En las zonas rurales el problema es mayor. Los grupos crecen porque se suman nuevos ejemplares que previamente fueron abandonados y porque las hembras paren más cachorros que gozan de la protección de otros miembros.

En Collaquí, cerca de Tumbaco, se observó a una jauría de 22 perros que deambula por los terrenos. Los vecinos se quejan porque ha habido ataques a animales de corral como gallinas y cerdos.

Las personas no están exentas a ataques y mordidas. El 19 de enero del 2015 una niña fue hospitalizada luego de que una jauría la atacó en La Ferroviaria. Las investigaciones realizadas entonces determinaron que los canes pertenecían a una persona con problemas mentales que los alimentaba con vísceras. Los perros vivían en condiciones precarias en una casa sin cerca. Las gradas en las que ocurrió el ataque estaban dentro de su territorio.

Fernando Arroyo, coordinador del Centro de Gestión Zoosanitario Distrital de Quito (Urbanimal), dijo que se separó a los perros más agresivos para evitar otros inconvenientes. En el último reporte que maneja esta entidad hay una observación: el dueño del predio incrementó más animales a la manada.

La Ordenanza 048 señala que los animales peligrosos para el ser humano tienen que ser dormidos. América Freire, de la fundación Patitas Callejeras, espera que Urbanimal cumpla con todo el protocolo para demostrar la agresividad del ejemplar y proceder con el proceso de supresión.

Hay otras manadas más dóciles que viven en los parques de Quito. La gente los conoce como perros comunitarios.

En el Parque Metropolitano Guangüiltagua existen tres de estos grupos que son alimentados por la comunidad. En un informe especial que maneja Urbanimal se determinó que estas manadas son “asilvestradas”, es decir, están en un estado semisalvaje y tienen definido un territorio.

Para reducir la población se hacen esterilizaciones y se opta por atrapar a las crías y ponerlas en adopción. La Unidad de Espacio Público del Municipio informó que del Guangüiltagua se han retirado a 26 cachorros y 5 perros adultos de las manadas.

Ambiente

Abandonar a un perro es una de las causas del aumento de manadas peligrosas

En contexto

La población creciente de perros en las periferias provocó que los animales se agrupen en manadas y que regresen a sus instintos básicos. Las prácticas de control poblacional, como la esterilización, resultan insuficientes ante las malas prácticas de algunos ciudadanos.

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