30 de agosto de 2014 15:49

Madres Agustinas abren sus claustros en Quito por primera vez en 150 años

Luego de 100 años, las madres agustinas abren su convento para que el público las visite. Foto: Armando Prado / EL COMERCIO

Luego de 100 años, las madres agustinas abren su convento para que el público las visite. Foto: Armando Prado / EL COMERCIO

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AFP
Quito

Por primera vez en 150 años una comunidad de monjas enclaustradas abrió al público las puertas de su monasterio, en el centro de Quito, con motivo del aniversario de su llegada a Ecuador.


Las Madres Agustinas, que fueron expulsadas de Popayán (Colombia) por una ley que prohibía el enclaustramiento, se instalaron en Ecuador en 1864.

Actualmente, apenas siete religiosas, dos de ellas octogenarias, habitan el convento de pesadas puertas de madera y gruesos muros blancos.

“Es la primera vez y las madres creen que será la última (que abren el claustro). Han hecho esta excepción por su aniversario 150”, dijo Javier Cevallos, director de la Fundación Quito Eterno, que organizó recorridos por el convento.

Más de 1 500 personas han reservado un cupo para ingresar al lugar, que solo estará abierto el fin de semana.

Pese a la expectativa que había generado su posible aparición en público, las religiosas decidieron no romper con la tradición.

“Solamente la madre priora (superiora) tiene contacto con el exterior y para ingresar al claustro se necesita una orden del obispo”, explicó Cevallos.

El monasterio, con un patio interior amplio, exhibe un mural que narra gráficamente la travesía de 109 días que hicieron las monjas hasta llegar a Quito. El claustro está en pleno centro de esta ciudad de 2,6 millones de habitantes, donde se levantan decenas de templos coloniales.

Largos pasillos con pisos de piedra y pasamanos apolillados conducen hasta los oscuros confesionarios y la capilla con púlpitos dorados. El recorrido termina en un antiguo campanario.

Ángel Galarza, un jubilado, visitó junto a su esposa, hijos y nietos el monasterio. Este hombre tenía apenas 14 años cuando se convirtió en mensajero y sacristán del convento, lo que considera “un privilegio”.

“La única vez que les escuchaba la voz a todas las madres era cuando cantaban en el coro de la iglesia. Nadie podía hablar con ellas(...), solo podía verlas cuando iban a misa”,contó.

El hombre de 77 años rememoró el silencio que reinaba en los pasillos de la antigua construcción y se mostró emocionado al poder volver sobre sus pasos de juventud.

“Yo llegué a tener las llaves de la iglesia para poder atender a los padres (que daban misa) y ellos me enseñaron a rezar en latín”, comentó Galarza.

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