8 de February de 2010 00:00

Luego de clases los jóvenes aprovechan para jugar carnaval

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Redacción Quito
quito@elcomercio.com

Alas 12:30 del pasado viernes, calles como la Sucre y Espejo se convirtieron en campos de batalla carnavalesca. Botellas, galones y bombas con agua, además de harina y huevos, servían a la hora de divertirse.

Con una pícara mirada, Alejandra Mejía corría detrás de su amiga Elena Peralta por las calles Chile y Benalcázar, en el Centro Histórico. Las dos colegialas tenían en sus manos dos botellas de agua. Cuando Mejía dio alcance a su compañera, vació el agua de su botella en la espalda de Peralta.

Junto a tres amigos, Juan Carlos Albán, de 16 años, esperaba a su novia en la plaza de San Francisco. Una sonrisa cómplice delataba las intenciones de los estudiantes secundarios, quienes confesaron que llevaban alrededor de 30 bombas de agua en sus maletas.

Luego  de 10 minutos, la novia de Albán llegó con varias amigas y el juego del carnaval comenzó en el centro de la plaza colonial.
 
Cerca de las 13:00, desde las ventanas de los transportes escolares, los jóvenes descargaban sus pistolas de agua sobre los desprevenidos transeúntes.

En pocos segundos, Miriam Alvarado quedó completamente mojada. Varios niños que viajaban en una furgoneta verde la empaparon cuando pasaron por el redondel de la Atahualpa. 

Alvarado no alcanzó a regañarlos porque el auto avanzó rápidamente. Aún disgustada por lo sucedido dijo que no es posible que cuando se quiere ahorrar el líquido vital, los chicos las utilicen para mojar. “Deberían jugar entre ellos y no molestar a las personas en las calles”.
 
En las esquinas de algunas escuelas y colegios del sur, como el Benito Juárez, Paulo Sexto y Santa Dorotea, se ubicaban chicas y chicos que jugaban con huevos y harina. Los colores de sus uniformes azules tenían tonos más intensos por el agua que incluso destilaba de las bastas de sus uniformes. Con la cabeza blanca y engomada los jóvenes regresaban a sus casas con una sonrisa.


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