7 de December de 2009 00:00

El legado tsáchila aún sigue vivo

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Redacción Santo Domingo

La nacionalidad tsáchila  de Santo Domingo se esfuerza por conservar su patrimonio cultural y étnico. Por eso, los chamanes y jóvenes nativos retoman sus costumbres ancestrales. Entre las más importantes, la  práctica del chamanismo, su vestimenta y su lengua originaria el tsáfiki.

Hace algunos días se realizó un encuentro en las comunidades de El Poste y Chigüilpe, donde  se reunió el Consejo de Ancianos Tsáchilas con las autoridades locales para debatir  el tema.

Flavio Calazacón,  un chamán de El Poste de 40 años, es el coordinador del Consejo de Ancianos. Este organismo está integrado por chamanes (Poné) que  cuentan con  más de 60 años. 

Para Calazacón, el patrimonio tsáchila se conserva porque  sus habitantes   decidieron vivir en comunidad. “Desde 1952, cada comunidad tiene escrituras únicas y esto ayudó a la conservación de nuestros territorios”.

La convivencia de los grupos familiares permitió a los jefes de familia y líderes comunitarios transmitir sus conocimientos ancestrales a las nuevas generaciones. De este modo, se conservó el pintado del pelo con achiote y también la mayor parte de la colorida vestimenta.

Calazacón enseña a su hijo Leonardo, de 21 años, a pintarse el pelo. Primero busca el achiote (mu) de los árboles . Este producto se recolecta en grandes hojas de la planta de bijao.  Al igual que lo hacían sus abuelos,  Calazacón se inclina de rodillas y frota el achiote con sus manos. El resultado:  una mezcla pastosa y consistente para untarse en el pelo. En los escritos del historiador Juan de Velasco se menciona que esta costumbre se remonta a 1540. En esa época se creía que el achiote curaba la viruela.

Para Calazacón, el chamanismo tsáchila es otro eje que permite la conservación del patrimonio étnico. Para mantener esta práctica, Calazacón renunció a su profesión de docente escolar.  Lo siguiente fue recuperar  un jardín botánico.

En medio  de este edén  hay un árbol de pechi, que Calazacón cuida  hace 18 años. Dice que los antiguos chamanes solían colocarse al pie del inmenso árbol en las tormentas. “Cuando los rayos caían, el pechi  los  protegía y recibía su energía”.

Alrededor de este tronco hay cuatro piedras gigantes.  El chamán dice que simbolizan   la tierra, el fuego, el aire y el agua. “Este es el sitio ideal para que los chamanes realicemos  la jornadas de purificación del espíritu”. Aquí se respira aire puro, el verde  domina; el visitante se contagia de paz y frescura; el canto de  pájaros junto a los ríos aún limpios conforman una acuarela.

Roberto Calazacón es otro de los chamanes. Pertenece a la comunidad de   Cóngoma,  al sureste de Santo Domingo, en la vía a la parroquia Luz de América, a 30 minutos de esta ciudad.

Para él, la conservación de las plantas es el principal patrimonio cultural y étnico. Este chamán suele recolectar plantas, como walakela ta’pe, ayahuasca, elenashili.   También seiko, tefu, cocola, nepi, petso, ague, tuntu.

Para los rituales usan armas rústicas, como lanzas, instrumentos de hierro, piedras y extractos de flores exóticas.

Otra comunidad que se decidió por conservar el patrimonio ancestral tsáchila es la de Chigüilpe. Para llegar a este sitio se toma un desvío en el km 7 de la vía a Quevedo. Aquí vive la familia de Manuel Calazacón. Él también es un joven chamán que cuida   su vestimenta.

El  varón tsáchila viste el manpe tsanpá, una  tela rectangular, semejante a una falda. Se usa    10 ó 15 centímetros por encima de la rodilla, con rayas horizontales en colores azul marino y blanco.   El manpe tsanpá se sostiene  con el sendori,  un  cinturón de tela de color rojo que se  emplea como faja. 

La mujer tsáchila no se pinta el pelo, pero  usa el wituk,  una pintura natural de  líneas horizontales sobre su rostro y cuerpo.  Además,   utiliza la chumbillina.  Es una falda de colores verde, azul, amarillo y  rojo.

Los chamanes no niegan que algunos jóvenes ven con recelo el atuendo completo por la influencia del mundo citadino.

La primera consecuencia:  varios adolescentes  tsáchilas cambiaron el uso del manpe tsanpá por el pantalón. Asimismo, los adolescentes evitan pintarse el cabello con  achiote.

Quieren conservar el  idioma tsáfiki. Héctor Aguavil, gobernador de la etnia, cuenta que hoy en día   esta lengua se habla en la comunidades, pero hay diferencias fonéticas y de escritura.  Para el primer trimestre de 2010 se planea editar un diccionario único para todas las comunidades. Para el dirigente de la comunidad de Chigüilpe, Henry Calazacón, “hasta ahora solo se han publicado pequeños folletos o manuales”.

Las familias antiguas

2  640 habitantes   conforman la etnia.  Están organizados en  ocho  comunidades: Chigüilpe, Cóngoma, Colorados del Búa, Naranjos, Poste, Peripa, Tahuasa y Otongo Mapalí. En esta etnia existen siete familias: Calazacón, Aguavil, Loche, Alopi, Gende, Sauco, Maracay y Oranzona.

Los chamanes   deben tener más de 30 años. Los menores se consideran aspirantes y tienen  guías experimentados.

Punto de vista 

Patricio Velarde/ Historiador
‘La relación con el entorno’

 La conservación de la lengua tsáfiki es uno de los aspectos básicos para el cuidado de su patrimonio cultural y étnico. De esta forma se transmitieron herencia, valores y formas de comunicación.  Otro aspecto es la conservación de sus territorios: 10 200 hectáreas en la provincia. Mediante estos dos aspectos lograron conservar su vestimenta y costumbres. Esta nacionalidad logró atesorar su patrimonio cultural, pese al proceso agresivo de colonización de los años sesenta. Ellos  también tienen problemas con la conservación de su lengua.   Asimismo, el chamanismo está ligado a la geografía. Santo Domingo fue una zona selvática,  declarada por el presidente  Eloy Alfaro como bosques nacionales.  Entonces esta etnia requería grandes territorios para conservarse su herencia de vegetación, que solo los tsáchilas conocen a través de su vínculo con la naturaleza.

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