27 de January de 2010 00:00

Una lavandería ayuda a mujeres del centro

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Redacción Quito
quito@elcomercio.com

Ropa de todos los tamaños  llena seis tinas de  colores en la Lavandería Municipal de La Tola Alta, en el centro de la urbe. Allí, de martes a domingo, cualquier persona puede acudir a lavar sus prendas sin costo.

La lavandería, ubicada en las calles Rafael Miño y Manosalvas, se abre  a partir de las 08:00, desde hace más de 20  años.  Teresa Albán era la cuidadora del lugar, pero  falleció hace tres años. Desde entonces, las usuarias se encargan de la limpieza y de abrir y cerrar el lugar todos los días.



Los horarios
La Lavandería  Municipal de La Tola Alta  funciona desde las 08:00 hasta las 13:30, de martes a domingo.
Entre 80 y 100   mujeres visitan la Lavandería del sector semanalmente. Los fines de semana hay más concurrencia.
Para acudir  al lugar  para lavar ropa, no es necesario que las personas residan en La Tola Alta. Al lugar llega gente  de algunos barrios.Una de ellas es  Fanny Vega, de 62 años, quien vive en el sector desde niña.  Ella abre las puertas metálicas verdes de la casa N2-260 todos  los martes.  A dos metros de la entrada, con piso de piedra y baldosas naranjas se encuentra un patio con dos filas de ocho piedras de lavar.

 Cuando Vega va al sitio  lo hace en compañía de algún familiar. La muleta que lleva en el brazo derecho, por su discapacidad en la pierna, le impide cargar las tres docenas de ropa. 
Después de 20 minutos la lavandería empieza a llenarse.     Las mujeres del barrio se ubican en las 16 piedras y abren el agua para llenar los  tanques. 

Se rodean el cuerpo  con un retazo plástico y lo ajustan con un cordón. Así no se mojan mientras lavan.
 
María Olivos, de 50 años, suele llegar a las 08:30. Luego de hacer todo ese ritual, coloca  la ropa en remojo y empieza a fregarla con detergente. Cuando lava, ella usa  guantes porque tiene miedo de lastimarse las manos.
 
A diferencia de Olivos, Vega no usa esa  protección.  Para ella es importante conservar las tradiciones, por lo que lava como le enseñó su madre.  “Mis manos ya están hechas callo, porque es el trabajo de una vida”, explica  y  continúa lavando el  buzo negro.
  
Esa misma tradición conserva Mayra Chimbo, de 12 años. La pequeña vive con su hermana pocas casas al sur de la lavandería. No estudia y se encarga del cuidado de sus tres sobrinos.

Dos días a la semana acude al sitio porque en su casa no tiene  en dónde lavar. Deja a los pequeños en el parque que se ubica cerca del establecimiento y llega con dos tinas  de ropa. Después de instalarse en la sexta piedra, cuenta que ella hace los quehaceres de  su familia  porque su hermana Clara no tiene tiempo. 
 
Mientras  las tres mujeres lavan las prendas, conversan  de los acontecimientos de su barrio, como  la inseguridad que se vive últimamente. Pero no toda la charla  es sobre temas negativos. También bromean y ríen contando anécdotas. 

En ningún momento dejan de lavar  porque para ellas el tiempo es vital.   No faltan en sus conversaciones las quejas  sobre el dolor de espalda que les causa lavar de tres a cuatro horas de pie. 

Cuando  terminan de lavar, las usuarias deben limpiar la piedra que usaron, el piso y el baño. Para Vega, el mantenimiento del sitio es por  solidaridad. “A veces viene gente del Municipio y no queremos que  cierren  porque  nos quedaríamos  sin dónde lavar. Sería bueno que haya alguien como doña Teresita”.

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