15 de July de 2009 00:00

Laberinto

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Manuel Terán

Muy poco se puede agregar al hecho de que los procesos en Honduras, que terminaron con la salida del país del gobernante Manuel Zelaya, subido en pijama a un avión que lo trasladó a Costa Rica, fue el clásico cuartelazo latinoamericano.

Hasta allí las cosas no admitirían duda. Pero los acontecimientos también relatan que este Gobernante, devenido en ferviente admirador chavecista, cometió ilegalidades que lo enfrentaron a los demás poderes del Estado. 

Asesorado por quienes en sus territorios violaron las normas constitucionales, a pretexto de una consulta popular no prevista en la carta política hondureña, buscaba la manera de quedarse en el poder a través de una figura que le permita presentarse a la reelección.

Pero una cosa es clara: es más fácil torcer las normas constitucionales cuando la popularidad está en auge y esto no permite a los ciudadanos ver las trampas ocultas en estos procesos, que cuando los regímenes están en sus últimos momentos y estos métodos se los perciben como simple ansia de permanencia en el poder.

En él han caído políticos supuestamente experimentados creyendo en los cantos de sirena que prometían nuevos órdenes, para al final constatar que no hay nada nuevo salvo instrumentos llenos de alegorías provenientes de viejos catecismos caducos, ahora  reciclados, que tienen como fin la concentración total del poder contrariando las prácticas democráticas.

Las cartas están jugadas. Por más intervención de la ONU o la OEA o de otros mandatarios de la región, Honduras no podrá volver fácilmente a la normalidad. 

En el evento que Zelaya retornase al Gobierno, estaría maniatado por los poderes que lo depusieron y que, en teoría, permitiesen su restitución al cargo. 

Obligado a abandonar su idea de convocar a consulta, hecho que precipitó los acontecimientos, significaría que estos últimos cuatro meses pasaría a convertirse en un simple figurín al que le han permitido culminar su período.  De otra parte, si continúa en funciones el Gobierno que lo ha sustituido su única tarea debería ser devolver el poder democráticamente, pues cualquier otra acción sería vista con recelo por la comunidad internacional.

Lo más sensato sería que los protagonistas de esta delicada situación, deponiendo actitudes personales, encuentren la fórmula para arribar a un proceso eleccionario limpio que garantice que quien resulte elegido cuente con el mayor apoyo popular. 

Ese escenario no será del gusto del Mandatario venezolano ni de sus socios cubanos que perderán, al menos por el momento, una ficha en la región.  No se avizora otra salida, salvo la de crispar las tensiones al punto que el conflicto termine resolviéndose por la fuerza, con lo que no habrá perdido solo la democracia hondureña sino toda la región.

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