11 de marzo de 2018 00:00

Brasil, el ‘paraíso’ para sus jubilados

Trabajadores brasileños protestaron el año pasado en respuesta al plan del gobierno de Michel Temer, que buscaba reducir el gasto público para las pensiones jubilares. Foto: EFE

Trabajadores brasileños protestaron el año pasado en respuesta al plan del gobierno de Michel Temer, que buscaba reducir el gasto público para las pensiones jubilares. Foto: EFE

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César Augusto Sosa

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En Brasil los hombres se jubilan, en promedio, a los 56 años y las mujeres a los 53. Es un caso atípico en la región y también entre los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), de la que Brasil quiere formar parte.

También son atípicas las pensiones que Brasil paga a los trabajadores retirados: 70% de su último salario, cuando en los países desarrollados este indicador está en 53%.

Esta combinación de pensiones relativamente altas y edades bajas para jubilarse explica la abundancia de corredores de cabello cano a lo largo de la playa Copacabana, en Río de Janeiro, a las 11:00 de un día entre semana, según una nota del diario The New York Times del lunes pasado.

Ese podría ser el paisaje ideal para cualquier jubilado: culminar su vida laboral relativamente joven y tener suficientes recursos para disfrutar del retiro. Pero el éxito de este sistema de pensiones es un espejismo de corto plazo, debido a que el esquema requiere de un alto sacrificio social.

Actualmente, un tercio del gasto gubernamental en Brasil se destina al pago de las pensiones a los jubilados. Y esta política económica no solo es la responsable del elevado el déficit fiscal; también evidencia la insostenibilidad del sistema de seguridad social.

Un informe de la OCDE de abril del 2017 advirtió a las autoridades brasileñas sobre la necesidad de realizar de manera urgente una reforma al sistema de pensiones, debido a tres factores clave: las elevadas tasas de reemplazo a una edad de jubilación muy baja, el elevado gasto público en pensiones y el rápido del envejecimiento de la población.

La tasa de reemplazo no es más que un indicador que mide la pérdida de poder adquisitivo a la hora de jubilarse. Por ejemplo, si un trabajador gana USD 2 000 mensuales y comienza a recibir una pensión de USD 1 000 cuando pasa al retiro, tendría una tasa de sustitución del 50%.

En el caso de Brasil, esta tasa se encuentra en el 70%, lo que es muy generoso comparado con países como Alemania o Inglaterra, donde es 37 y 30%, respectivamente, según un reporte del banco BBVA.

La ventaja para Brasil es que su población todavía es joven, lo que permite que más personas en edad de trabajar aporten a la seguridad social para pagar las pensiones de los jubilados. Además, los brasileños viven menos años en comparación con los países más desarrollados, lo que reduce la necesidad de recursos para atender las necesidades de la población que envejece.

Si bien la esperanza de vida en Brasil está un poco por debajo del promedio de los países de la OCDE, esta brecha no justifica una edad de jubilación mucho más baja. “Tal como está, el sistema de pensiones es financieramente insostenible”, sentenció esta organización en abril del año pasado.

Este mensaje fue recibido por el actual presidente Michel Temer, quien llegó al poder a mediados del 2016, luego de que su antecesora Dilma Rousseff fuera destituida por manipular las cuentas públicas. Temer dio un giro en la política económica, con objetivo es reducir el peso del Estado en la economía y con ello aliviar las finanzas públicas.

Y en ese objetivo tuvo varias victorias. Consiguió que el Congreso aprobara un congelamiento del gasto público por 20 años, pues los egresos gubernamentales solo se actualizarán por la inflación del año previo. También flexibilizó las leyes que rigen los contratos de trabajo, recortó las tasas de interés para activar el crédito y lanzó un amplio programa de privatizaciones y concesiones.

Las medidas dieron un impulso a la economía brasileña, que el año pasado registró un modesto crecimiento del 1%, suficiente para dejar atrás la recesión de los años 2015 y 2016, cuando el desempeño económico fue de -3,5%.

Pero el principal objetivo, alrededor del cual giró el discurso de Temer durante el último año, fue recortar el gasto en jubilaciones, que es el principal responsable del déficit fiscal: USD 34 638 millones, uno de los peores en su historia

El discurso de Temer fue señalar que la reforma a las pensiones buscaba combatir los grandes beneficios que reciben los políticos y los servidores públicos de alto nivel, cuyas pensiones son altas y las pagan los pobres.

Pero Temer no era la figura ideal para promover ese mensaje. El Presidente ha estado cobrando pensión durante más de dos décadas, pues se retiró como fiscal estatal a los 58 años, lo que ha inflado considerablemente sus ganancias como funcionario electo, recordó The New York Times.

El traspié de Temer vino acompañado de una reducción a la calificación a los bonos brasileños. Standar & Poor’s, Global Ratings y a Fitch bajaron la nota de esos papeles por el riesgo de las finanzas públicas, que seguirán bajo presión hasta la llegada de un nuevo gobierno que ponga la casa en orden. Eso sucederá tras las elecciones presidenciales de octubre próximo, lo cual obligará a los candidatos a debatir la reforma de pensiones durante la campaña.

Eso ya ocurrió en Chile, donde las bajas pensiones jubilares generaron un amplio debate sobre el modelo basado en las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP), que están en manos privadas.

Lo mismo ha ocurrido en Perú, México y también está pasando en Ecuador, cuyo seguro social es financieramente insostenible porque debe cubrir más obligaciones y no tiene los recursos necesarios.

A esto se suma los cambios demográficos y el acelerado envejecimiento de la población en América Latina, lo que hará necesario más reformas en los sistemas de pensiones.

En cualquier caso, las salidas ya son conocidas: aumentar la edad de jubilación, ampliar los requisitos para acceder a este beneficio, reducir el monto de las pensiones (la tasa de reemplazo), elevar la contribuciones del afiliado o una combinación de todas las anteriores.

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