22 de November de 2009 00:00

Juan Halligan: El fundador de ‘una familia de familias’

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Andrea Regalado.

Niños, padres de familia, compañeros de labor  y personas que lo conocen  han podido  sentir el calor de sus consejos, palabras y obras. Y qué mejor ejemplo de amor a los demás que el proyecto que él inició: el Centro del Muchacho Trabajador (CMT), una fundación que desde su creación  en 1964,  ha ayudado a  más de 30  000 personas de escasos recursos económicos.


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El padre Halligan ha recibido varios reconocimientos nacionales e internacionales por su obra. El último, se lo entregó el Ministerio de Educación, que  reconoció el sistema de educación implementado en el CMT.

El centro se financia por donaciones. Si desea participar llame al   teléfono 249 3459.

También puede colaborar con  medicamentos, útiles escolares, ropa en buen estado, alimentos  no perecibles, etc.La historia empezó  hace 47 años. El sacerdote estadounidense con 30 años de edad llegó expectante al Ecuador,  con el convencimiento de ayudar a los más necesitados. Permaneció dos años en Chimborazo y trabajó con la población indígena del lugar. Posteriormente se le encomendó la tarea de investigar a los niños que trabajan en las calles de Quito.  A través de su estudio encontró que  el 99% de niños pobres  trabajaba como lustrabotas, vendedores ambulantes, etc. Así inició el reto de ayudar a mejorar su calidad de vida para  que tengan salud, educación, amor y respeto. “Para mí es un placer trabajar con estos niños. Ellos son agentes de la prosperidad de la Patria, pues aportan a la  canasta familiar. Son  una especie de héroes”, dice Halligan.

En los altos del colegio Gonzaga, ubicado en el Centro de Quito, instaló un pequeño comedor  con el dinero que recibió de unas pocas donaciones. Allí los niños tenían una buena alimentación y un espacio para recrearse.  Al poco tiempo, el padre se dio cuenta que la situación de estos pequeñines no iba a cambiar sino mejoraba también el estilo de vida de sus familias, así que también los integró. Por ello, en pocos años y con ayuda de organismos extranjeros construyó el primer Centro del Muchacho Trabajador, ubicado en la Marín (1974), y después el de Cotocollao (1982). Actualmente, estos dos espacios cuentan con una guardería infantil, escuela y colegio. En este último los alumnos reciben talleres artesanales de mecánica automotriz, industrial, panadería, belleza y cosmetología, corte y confección aprobadas por el Ministerio de Educación. También el CMT  mantiene el comedor, donde almuerzan diariamente cerca de 2 000 personas, dispensarios médicos, entre otros servicios; aunque para Halligan lo más importante es inculcar los valores de prosperidad como la unión familiar, la responsabilidad, educación, cuidado de la salud, el manejo  inteligente de los ingresos, el ahorro, entre otros, que les ayudará a salir de la pobreza. “Hemos probado que la solución a la condición de pobreza no es regalar cosas materiales sino ayudar a las personas a ayudarse (…); por ejemplo las personas antes de ingresar al centro trabajaban más y ganaban menos, ahora con la capacitación pueden conseguir un mejor trabajo. También aprenden a ahorrar, compran materiales de construcción y cada domingo todos ayudan a construir viviendas”. Según un estudio de impacto realizado por el CMT, en el 2006, el 75% de los egresados del centro cuenta con un trabajo estable, son propietarios de viviendas y forman parte de un sistema de ahorro.

Un claro ejemplo es Carlos Gómez, actualmente Director del Área Social del CMT, a quien el centro le cambió la vida. “Fue en 1964, cuando tenía nueve años y trabajaba lustrando, que conocí al padre. Él caminaba por la Plaza Grande y se me acercó para que le lustrara sus zapatos, como vi que era extranjero y los extranjeros siempre pagan más, con mucho gusto le limpié su calzado.  El padre aprovechó para  contarme que iba a abrir un comedor gratuito para los niños que trabajaban en las calles. Me pareció muy extraño que alguien me dé comida gratis por ello fui a comprobar si era cierto y , así  fue. Comí rico  y me quedé jugando por algunas horas. Enseguida bajé a contarles a mis demás compañeros y  así, poco a poco, ellos se fueron integrando. Recuerdo que me encantaba ir ahí porque además de comida, me daban cariño y un espacio de integrarme con otras personas.  Después  de un tiempo, cuando me dijeron que nos iban a dictar clases ya no me gustó, así que iba pero me escapaba cuando estas empezaban. No era fácil porque no estaba acostumbrado a estudiar yo había abandonado la escuela en el tercer grado. Fue la madre Miguel Conway (una hermana estadounidense que trabaja en el CMT hasta la actualidad) la que me convenció de que aparte de trabajar también era posible instruirse.  Así que  en un año me igualé y terminé la escuela. Luego me ayudaron a entrar al colegio. Eso sí nunca dejé de trabajar; en la mañana estudiaba y en la tarde trabajaba para aportar en mi casa pues éramos muy pobres. Después de un tiempo mi familia se integró al centro, mis hermanas estudiaron ahí y mis padres aprobaron alfabetización. Ahora todos hemos salido adelante. En el CMT aprendí a ser honesto y comprendí que con esfuerzo las metas que uno se plantea se hacen realidad”, cuenta muy orgulloso y sonriente Carlos.



“El CMT  es mi  familia, allí aprendí a ser honesto  y me convertí en un hombre de bien”. Carlos Gómez, director del Área Social del Centro.Aunque en este tiempo  quien más ha aprendido  en el CMT  es su  fundador:  “En estos años he aprendido que la felicidad tiene que ver con la voluntad si quieres ser feliz vas a ser feliz, si quieres estar triste vas a estar triste,  si vas a ser pobre o rico, todo depende de ti”.

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