22 de abril de 2015 19:48

¿Cómo es la vida de los inmigrantes que llegan a los centros de acogida?

Un grupo de inmigrantes africanos ve pasar las horas en un centro de acogida en la isla de Mineo, Italia. Foto: AFP

Un grupo de inmigrantes africanos ve pasar las horas en un centro de acogida en la isla de Mineo, Italia. Foto: AFP

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Agencia AFP

Dieciséis supervivientes del naufragio del domingo en el Mediterráneo han sido trasladados a un centro de acogida para solicitantes de asilo en Sicilia, en el que los días se suceden iguales y monótonos a la espera de un visado para una nueva vida.

Parece un barrio residencial suburbano, con sus casas alineadas a lo largo de calles idénticas, pero se encuentra entre campos de naranjos, rodeado de alambradas y soldados.

El centro de acogida para solicitantes de asilo (Cara por su acrónimo italiano) de Mineo, en el este de Sicilia, acoge a unos 3 200 inmigrantes.

Según su director, Sebastiano Maccarrone, se quedan en promedio 13 meses, hasta que se decida sobre su situación: estatus de refugiado, permiso de estancia humanitaria o procedimiento de expulsión.

La diversidad es extrema: 35 nacionalidades, principalmente de África, pero también de Bangladesh o Afganistán, que cohabitan gracias al esfuerzo de mediadores culturales y a un sistema de representantes electos por cada comunidad.

Todos tienen en común su llegada en embarcaciones precarias y sobrecargadas, como la que naufragó el domingo en el Mediterráneo causando unos 800 muertos.

Mamadou Dialo, un joven guineano, llegó hace cinco días tras una travesía con más de 100 personas en una lancha neumática, de la que guarda un recuerdo espantoso.

"Sabía que era lejos, pero pensaba que sería un barco grande. No tenemos elección, no podemos dar marcha atrás", cuenta.

El viaje duró cinco días, en los que estallaron broncas por los 5 kilos de dátiles que les dieron los traficantes como única comida, y por discrepancias sobre tradiciones religiosas.

'Una vida de verdad'

"Lo que más problemas plantea son las desavenencias entre los pasajeros. Y cuando el gran barco (de los guardacostas) llega es sálvese quien pueda, todo el mundo quiere ser el primero en salvarse", explica el joven.

"Ahora he descansado, quiero retomar mis estudios", asegura.
Junto a él, un grupo de gambianos se ponen nerviosos. "Hace diez meses y 26 días que estoy aquí. No tenemos escuela, no tenemos documentación, nada. Y macarrones todos los días. ¡Es como una cárcel!", exclama uno de ellos.

Yaya, de 35 años, que dejó mujer e hijos en 2010 en Gambia para trabajar en Libia y acabó tres años en una cárcel de los rebeldes, abunda en lo mismo. Lleva aquí 14 meses y aunque el portal del campamento esté abierto todo el día, "14 meses sin poder trabajar, es difícil".

En el interior del campamento, la inactividad hace mella entre los residentes, en su mayoría jóvenes que ya agotaron los terrenos deportivos, los paseos a pie o en bicileta por el campo de los alrededores y las clases de italiano.

"Se supone que iba a ser un centro de emergencia y se ha convertido en la normalidad", lamenta Maccarrone.
Entre los Cara, los centros de organizaciones religiosas y los hoteles o residencias convertidos en instalaciones de acogida, Italia alberga a más de 80.000 personas en espera de una decisión, según estadísticas oficiales anteriores a la oleada de llegadas de abril.

Muchos de sus compañeros de viaje siguieron la ruta hacia los países nórdicos pese a la reglamentación europea. Ellos, sin embargo, optaron por esperar a que Italia los acepte.

"La vida aquí está bien, comemos tres veces al día, pero es duro. Esperamos, esperamos... En mi país no hay libertad, paz ni dinero. Quiero libertad, quiero una vida de verdad", resume Alí, un somalí de 23 años.

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