7 de mayo de 2016 00:00

¿Por qué aumentó el irrespeto hacia la ciudad?

A un fotorradar ubicado en la av. Simón Bolívar le dieron varios balazos, en abril. Foto: Eduardo Terán / EL COMERCIO

A un fotorradar ubicado en la av. Simón Bolívar le dieron varios balazos, en abril. Foto: Eduardo Terán / EL COMERCIO

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Érika Guarachi

Estamos a puertas de que se entreguen las primeras paradas del trole y de que lleguen nuevas unidades de articulados. Con la incorporación de esta nueva infraestructura se levanta la duda sobre el escaso cuidado que los usuarios tienen sobre los bienes públicos.

Los balazos en los fotorradares, el maltrato a la pista atlética de La Carolina apenas inaugurada y los rayones en juegos infantiles, esculturas y monumentos recientemente colocados son muy malos augurios.

Miriam Larco, urbanista y decana de la Facultad de Arquitectura de la UTE, piensa que las inusitadas agresiones a los fotorradares, más allá del vandalismo, se explican por una nueva “ola de quemeimportismo” hacia lo público.

La experta considera que esta actitud se explicaría con la actual forma en la que viven los habitantes, concentrados en las nuevas tecnologías que les lleva a tener una vida virtual y los convierte en una especie de “autistas sociales”.

Esto genera que las personas no se sientan parte de una ciudad y que les importe menos los espacios públicos. Ya no se comprende que ser parte de una ciudad implica tener responsabilidades para convivir.

Alejandra Delgado, socióloga y docente de la PUCE, recordó que los disparos generaron un remezón en redes ­sociales. Por un lado se hablaba de vandalismo pero por otro lado había quienes apoyaba este acto.

Delgado considera que esto surge del cuestionamiento de las personas a la norma, de gente que no encuentra un espacio para expresarse y ser escuchados. La docente sugiere que es necesario repensar a Quito, que es una ciudad moderna y requiere de espacios incluyentes para escuchar a todos quienes la conforman.

En cuanto a los grafitis, que también son agresiones del espacio privado, los operativos y las sanciones por sí solos no bastarían para frenarlos.

El año anterior, el número de sancionados por pintarrajear paredes fue de 41 y en lo que va del año ya van 13. Así lo refieren las cifras de la Agencia Metropolitana de Control.

Los Chillos fue la zona con mayor número de sancionados (12), seguido por Quitumbe (10) y la Mariscal (8), el
año anterior.

En el 2016, las zonas con más sancionados son diferentes. Los primeros lugares lo ocupan el Centro (5), La Mariscal (3) y La Delicia (2). Los datos reflejan que esta problemática abarca toda la ciudad.

La tarea para emitir sanciones se complica, pues la entidad debe descubrirlos in fraganti, de ahí que esta medida por sí sola no funcionaría.

Mario Andrade, psicólogo y docente de la UDLA, plantea que la educación acompañada de valores podrá cambiar esta realidad.

Estos valores deben promover el “nivel valorativo” de las personas, es decir que crean que se merecen vivir de una mejor manera y que la gestión pública es para el beneficio de las personas. También servirá para promover que las reglas no son para castigar sino para posibilitar una convivencia más armónica.

Alejandra Delgado explicó que el grafiti en los espacios públicos se ve desde dos perspectivas.

Una es la de la asepsia, en la que los rayones se perciben como suciedad y que daña la imagen. La otra es considerarlo una forma de apropiación del espacio público. El problema es que ambas perspectivas están presentes y tratar de agruparlas en una sola visión de la ciudad no es sencillo.

La experta plantea generar espacios en que las múltiples identidades de la urbe tengan un lugar de expresión, que es lo que demandan tácitamente a través del grafiti. Uno de los retos es articular una ciudad “no solo con los iguales sino con los diferentes”.

Otros bienes municipales que han sido alcanzados por el aerosol son los juegos infantiles colocados en los parques barriales, en toda la ciudad. Desde julio del 2015 hasta febrero de este año se instalaron 148, pero al 40% de estos se les colocaron firmas, nombres de personas e incluso se les hizo daño con cuchillas.

Las esculturas y monumentos dispuestos tampoco se salvan de los daños efectuados por los habitantes de la ciudad. Alcanzan una preocupante cifra de un 50% de afectados. Así lo informó la Unidad de Espacio Público de la Epmmop.

El psicólogo Andrade destaca que entre las medidas que se pueden emplear están el integrar a la comunidad en la incorporación de esta infraestructura pública y el fortalecer los valores de convivencia a través de la educación.

Larco coincide y añade que se deberían reavivar estos espacios fomentando actividades planificadas para jóvenes, niños y ancianos, para que la comunidad se apropie y los sientan suyos. En cuanto al grafiti, cree que se debe incluir a los artistas urbanos otorgándoles un sitio en el que se puedan expresar con holgura.

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