La droga hizo que se instalen zonas de servicio ambulatorio para chicos

En Guayaquil, dos profesionales médicos trabajan con un grupo de jóvenes quienes reciben terapia para salir del problema que generan las drogas.
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Washington Paspuel y 
Elena Paucar
Redactores (I)

Van arrastrando los zapatos, esos de estilo deportivo y en tonos fosforescentes. El chirrido de las sillas metálicas sobre las baldosas no les perturba. Han formado una ronda y están sentados unos frente a otros. Su porte y cuerpo menudo delatan su edad, entre 12 y 17 años. Sus rostros, algunos con ojeras o palidecidos, reflejan las secuelas de una adicción que buscan dejar atrás.

El auditorio del Hospital Abel Gilbert Pontón, en el suburbio guayaquileño, parece un aula de clases. Algunos llevan uniformes de colegio, fiscales y particulares. Otros usan camisas holgadas, pantalones anchos, zapatos gigantescos, uno que otro arete… 20 adolescentes están listos para una terapia de grupo.

La psicóloga Aurora Macías empieza la sesión. Hace tres meses apoya el tratamiento de 30 chicos que están en proceso de dejar el consumo de estupefacientes.

Ese tiempo coincide con las tareas antidrogas en los colegios, especialmente en 25 cantones del Guayas (hasta agosto fueron intervenidos 65 planteles fiscales y privados). Los resultados: se detectó chicos con síntomas de abstinencia por la restricción de drogas en el aula.

Pero en el país apenas hay un centro estatal que atiende las adicciones a las drogas y está en Quito. Por eso, los médicos de Guayaquil trabajaron en protocolo urgente de atención en los centros hospitalarios.

Habilitaron áreas de atención ambulatoria en al menos 11 sitios: ocho centros de salud, y en los hospitales del Guasmo, Materno Infantil de Bastión Popular (norte), Abel Gilbert, y Universitario. Otros jóvenes son remitidos al denominado Instituto de Neurociencias de la Junta de Beneficencia.

Milton luce demacrado. La madrugada anterior no durmió buscando a su hijo de 16 años y llegó al hospital Abel Gilbert Pontón desesperado, pensando encontrarlo; pero no fue así.
"Se me escapó. Hace dos años consume drogas y cayó en la indigencia, hasta dormía bajo los puentes del suburbio, en la zona del narcotráfico. Ahora busco un cupo para internarlo en el Alfredo Valenzuela”.

Pero apenas se anunció que ese centro será habilitado por el Estado con 60 camas.

¿Candados de prevención?

Hasta que los centros públicos anunciados estén listos, Glenda
decidió encerrarse con Carlos, su nieto de 18 años. Este es otro caso más: “No le he encadenado, pero sí le pongo candado a la casa para que no se vaya a consumir. Así pasamos los dos encerrados”.

Detrás de ella, el joven garabatea sin sentido un pedazo de papel. Está algo aturdido. Desde que empezó el tratamiento no logra dormir. Recuerda que hace dos años le invitaron a probar hache, unas semanas después gastaba hasta USD 6 por día, ahora su voz se oye apesadumbrada y oculta su mirada bajo una gorra. “El vicio me llama, pero yo quiero cambiar”.

Oliver tiene 16 años. Su corte de cabello está perfectamente delineado por una navaja afilada. Cuando sonríe, sus ‘brackets’ destellan. Frente a todos lee una parte de la tarea: “Tengo derecho a ser tomado en serio como cuando le dije a mi padre que consumía y él me ayudó”.

Hace tres meses un compañero de colegio le brindó un ‘pase de hache’ -una mezcla de residuo de heroína, gasolina, acetona, hasta cemento de contacto- y empezó a comprar bolas -hasta ocho dosis de la droga-, para consumir a diario. Jonathan, sentado junto a él, entiende perfectamente ese lenguaje. Hace dos años él probó hache y lucha por no recaer.

Pero un dato oficial dice que en el país de cada 100 personas que consumen droga, tan solo 10 logran rehabilitarse y esa cifra involucra a adolescentes.

La psicóloga Julieta Sagnay advierte que el tratamiento ambulatorio no es suficiente.

Jonathan dice que la droga te relaja. “Pero cuando dejas de inhalar te duelen los huesos. Me daban escalofríos, fiebre, calambres… La mona es horrible”. Es así como conocen al síndrome de abstinencia.

En sus análisis, el psiquiatra César Páez ha identificado esos y otros síntomas. También es consciente de lo variable que puede resultar el tratamiento. “Los chicos tienen el deseo de dejar de consumir aunque se mantiene la ansiedad”.

La familia es parte de la terapia. Mientras la sesión continúa, afuera las madres comparten sus testimonios y se dan ánimo mutuo. Hablan de la hache, del creepy, bazuca, pipa, cocodrilus… “Las madres no necesitamos consumir para saber que algo no está bien con los hijos”, conversa una mamá.

Muchas tomaron la decisión de sacar a sus hijos del colegio y dedicar más tiempo a estar con ellos hasta su recuperación. “En las clases inhalaban en las bancas, cuando los profesores escribían en la pizarra”. “Esa basura envenena a los chicos”. Todas buscan desahogarse.

Marcia se separa por un rato para oír a Rosa, su hija de 15 años. La joven carga una mochila colmada con símbolos indescifrables. Frente a su madre confiesa que probó la hache una vez y la dejó por esa sensación de ardor en la nariz y el mareo. “Al principio te la regalan, cuando ven que quieres todos los días te la venden y cuando ya no puedes comprar te dan para que vendas”.

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