2 de December de 2010 00:00

La Inquisición quedó atrás

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Rodrigo Fierro Benítez

Se huye de los dogmas, uno se enfrenta a quienes pontifican, halla enemigos invisibles y gratuitos, cuando quien opina lo hace con la parte de la verdad que se asigna y el derecho a soñar, y que la imaginación vuele, que le asiste. Son las consideraciones que tuve muy en cuenta cuando escribí el artículo “De pasito en pasito” (EL COMERCIO, 25 de noviembre). Con tal escrito no hice otra cosa que opinar sobre una noticia que recorría el mundo, saludada como “un cambio de posición, clave para superar el creciente abismo entre la percepción de la Iglesia Católica y la realidad”: el Papa hallaba justificado el uso del condón en prostitutos enfermos de sida. Un paso hacia adelante en la lucha contra el devastador flagelo, según la Organización Mundial de la Salud. Tal paso lo utilicé como una demostración de cómo la Iglesia había ido adaptándose con sabiduría a las nuevas realidades de pasito en pasito, hasta llegar a los dos mil años de existencia. No fue más. Esperaba las reacciones de siempre, pero no la furibunda publicada hoy en Carta a la Dirección de este Diario.

Debo confesar que tal diatriba me llevó a sentirme como si hubiese sido conducido ante un Tribunal del Santo Oficio, y su autor ejercía el encargo de inquisidor: el llamado a hacerle declarar al acusado todos los pecados imaginables, bajo tortura si insistía en su inocencia de los cargos que se le imputaban. Es así como mi inquisidor en su carta señala como justificantes para condenarme: “referirse descomedidamente a santos y santas, a las mujeres católicas y todos los que profesamos una fe que merece respeto”, “confunde el amor con el instinto sexual e irrespeta el derecho a la vida cuando otorga a la mujer la decisión de abortar”. Esto último es el colmo, el hasta dónde puede llegar mi inquisidor. Ruego al discreto lector que lea mi artículo y me absuelva.

Me cuento entre quienes bendicen la hora en que la Inquisición fue disuelta. Tal decisión fue tomada durante las Cortes de Cádiz, 1812, por empeño de tribunos librepensadores, españoles y americanos, entre estos últimos el quiteño José Mejía Lequerica.

Sujetos nefastos, parecidos al inquisidor que me ha correspondido, fueron los causantes de la Reforma, de la que surgieron las iglesias protestantes. Fueron quienes contribuyeron al atraso de España en todos los órdenes. Fueron quienes les llevaron ante los tribunales de la Inquisición a Galileo, Cervantes, Miguel Servet, entre tantos otros. También fueron los que interpretaron las grandes pestes que asolaron Europa como la ira de Dios ante los pecados de los hombres. Se hubieran quedado pasmados cuando las enfermedades infectocontagiosas eran causadas por esos ‘atomillos vivientes’ como lo aseguró el Dr. Espejo. Ante tal herejía mi inquisidor no hubiera dudado en enviarle a la hoguera al sabio ecuatoriano.

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