4 de March de 2010 00:00

El informe del Conea

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Rodrigo Fierro Benítez

¡Qué tiempos aquellos! Aquellos en los que se creaban universidades y politécnicas, públicas o privadas, a-la-maldita-sea, desde luego con la bendición del Congreso Nacional, pues así lo exigían las leyes de la República, en nuestra isla de paz.  Un infierno subdesarrollado, en otras palabras y según otros criterios.

Pese a la gravedad de la situación, con la que se ponía en entredicho el futuro ya incierto de un país pequeñito, como no ser algún periodista que ponía el dedo en la llaga, no se recuerda de gobierno alguno al cual la tragedia de la educación superior le quitara el sueño.  Y como todo se iba bastardeando, no faltaban personajes que investidos de autoridad aseguraban que su gloriosa universidad se contaba entre las mejores de Sudamérica.  Ni qué decir tiene que los niveles de excelencia llevados al piso explicaban la proliferación de posgrados y extensiones universitarias.

Ante ese desastre el Consejo Nacional de Educación Superior (Conesup) tuvo el coraje de clausurar una universidad y unos tantos institutos superiores que habían llegado a extremos inconcebibles, a tiempo que lograba una moratoria para que no se crearan nuevas universidades.  Es así como se inicia la reacción nacional.  En abril de 2009, durante el II Congreso sobre Universidad y Desarrollo, el presidente Correa se pronuncia: “Es la oportunidad histórica para depurar el sistema universitario”, a tiempo que anuncia   un riguroso sistema de evaluación y acreditación de universidades y politécnicas como medida de emergencia.  Seis meses después, en noviembre, el Consejo Nacional de Evaluación y Acreditación de la Educación Superior (Conea) presenta un informe sobre “Evaluación de desempeño institucional” de las 68 universidades y politécnicas existentes.

Tal evaluación va más allá de toda expectativa tercermundista: tiene la audacia de clasificar los centros de educación superior en categorías. ¡En la última, la E, se incluyen las 26 que deben ser eliminadas! Universidades que se ven en las categorías C y D y que se creían el non plus ultra despiertan de su sueño beatífico.  ¡Arde Troya! Los cuestionamientos al método empleado por el Conea no se hacen esperar.  Algunos, peregrinos como que debió tomarse en cuenta si una universidad era pública o privada, grande o pequeña, antigua o nueva.

La semana pasada el Conea organizó una rueda de prensa -a la que casi no asistió nadie-, en la que se expusieron los principios universales que sustentan la evaluación.  A mi juicio se procedió bien y se llegó a lo posible: esa regla de oro en la gestión pública.  Ese empeño, y exigencia, en llegar a lo perfecto, que nunca se logra, explica el empantanamiento que supone el subdesarrollo en nuestro país.  Los requerimientos básicos para reabrir o crear una universidad están por verse.

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