15 de noviembre del 2016 00:00

El impacto del diésel en la salud, en la mira

Los problemas respiratorios de José Luis Pacheco (foto) le impiden realizar actividades que demandan mucho esfuerzo físico. Esto le obligó a dejar su trabajo hace cuatro años. Foto: Paúl Rivas / EL COMERCIO

Los problemas respiratorios de José Luis Pacheco (foto) le impiden realizar actividades que demandan mucho esfuerzo físico. Esto le obligó a dejar su trabajo hace cuatro años. Foto: Paúl Rivas / EL COMERCIO

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Mayra Pacheco
y Mariela Rosero. (I)

Vivir en el segundo sector más contaminado de la urbe obligó a José Luis Pacheco a hermetizar, literalmente, su casa ubicada en la calle Necochea.

Cada ranura de las ventanas, puertas y posibles ingresos de aire del exterior están sellados con esponjas o silicona. Quiere impedir que las diminutas partículas del esmog, que son 20 veces más pequeñas que el diámetro de un cabello, afecten más a su salud.

Tras 15 años de residir en este sector que sirve de conexión entre el sur y el norte de Quito, Pacheco, de 65, camina despacio para no quedarse sin aire y tiene siempre a mano un inhalador debido a sus problemas respiratorios. Más adelante, este hombre que afirma que jamás ha fumado deberá utilizar oxígeno, según pronósticos médicos. “Subir las gradas es como correr 100 metros planos. Esto nunca me había sucedido”.

Las nubes negras de humo que salen de los automotores de diésel podrían tener consecuencias negativas en la salud.

Las personas que están expuestas al humo de los motores de diésel podrían desarrollar cáncer de pulmón o de vejiga, según una alerta de la Organización Mundial de la Salud (OMS) emitida en el 2012.

Hasta ahora, el país no cuenta con estudios sobre la relación entre el diésel y el origen del cáncer u otras patologías como bronquitis crónica, enfermedad pulmonar obstructiva crónica, apunta Edwin Cevallos, médico del Hospital Militar y presidente de la Sociedad Ecuatoriana de Oncología. Pese a este panorama local, la OMS advierte que la exposición a este combustible se debería reducir en el mundo, con políticas para usar autos eléctricos, híbridos, filtros, etc.

En Quito, de los 463 694 automotores que circulan en las vías, 29 100 (6%) funcionan con diésel. Este se emplea, principalmente, en buses, camiones de carga y unidades escolares, detalla Verónica Arias, secretaria de Ambiente.

A pesar de que el porcentaje de automotores de diésel es bajo, estos recorren hasta seis veces más que un carro a gasolina (superan los 90 000 kilómetros por año). Por eso son, según la Secretaría de Ambiente, los principales responsables de la contaminación por material particulado fino (humo negro). En Quito, estas sustancias representan el 70% de los gases contaminantes.

Diésel video

La presencia del material particulado fino se concentra en sectores que registran gran cantidad de buses como la Necochea (ver infografía).

En estos sitios las secuelas que dejan las emisiones de los automotores que funcionan con este combustible son evidentes. Por ejemplo, los cristales de la casa de Luis Pacheco son opacos. Una película de polvo negro cubre todos los espacios exteriores: la puerta, las barandas, el balcón y el piso.

Parte de la polución se produce por la combustión del diésel que se comercializa en Quito. Petroecuador ha implementado desde 2011 el Programa de Mejoramiento de la Calidad de los Combustibles, que se financia con los impuestos verdes, y ha logrado que los niveles contaminantes del diésel premium bajen. Según la secretaria de Ambiente, ahora contiene 250 partículas por millón de azufre. La norma nacional establece hasta 500.

Sin embargo, la Secretaría de Ambiente dice que “en Europa este combustible tiene 10 partículas por millón de azufre. (Allá) tienen buses Euro VI”.

Esta tecnología aún resulta lejana para la capital. De acuerdo con cifras de la Cámara de Transporte del Distrito, de las
2 385 unidades que conforman la flota de buses urbanos, 1 193 (50%) son Euro II, 1 073 (45%) Euro III y 119 (5%) Euro IV. Todas estas unidades usan diésel. “No se puede traer buses más modernos, porque no funcionarían”, dice José Santamaría, dirigente del transporte urbano de Quito.

Jorge Yánez, presidente de la Corporación Urbana de Movilidad de Quito, recuerda que a inicios de 1990 se reemplazó la gasolina por diésel debido a los costos. Esto representa un ‘ahorro’ de entre USD 30 y 40 diarios, al momento de llenar el tanque con diésel.

Aparte de los beneficios económicos, los dirigentes coinciden en que el diésel no sería perjudicial. Yánez y Santamaría aseguran que no conocen casos de compañeros transportistas con enfermedades crónicas, peor aún con cáncer.

Las cifras muestran otra realidad. En Ecuador se observa un aumento del número de muertes por tumor en la tráquea, bronquios y pulmón, según el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC). Así, en 1997 hubo 438 casos por esas causas. Y 18 años después, en el 2015, se registraron 711.

A Luis Pacheco, vecino de la Necochea, le han evaluado alergólos, cardiólogos, neumólogos para determinar su diagnóstico, pero no ha obtenido resultados. En su caso, el cáncer fue descartado, pero se siente “preso” en su casa.

Para minimizar el impacto del diésel en la urbe se analizan estrategias. La Secretaría de Ambiente plantea instalar catalizadores (filtros) en el transporte público y fortalecer los controles aleatorios en las vías para reducir el esmog.

La Secretaría de Movilidad trabaja en una propuesta para emplear hidrodiésel (combustible mezclado con agua, que sería menos contaminante) y construir una fábrica de catalizadores. Con estas medidas Darío Tapia, titular de la entidad, afirma que se podría reducir la presencia de material particulado fino, considerado el más peligroso.

En contexto

Las emisiones por diésel son una de las principales causas de contaminación en Quito. Estos gases contienen material particulado fino, conocido como PM 2.5. Este es imperceptible, pero es capaz de ingresar a las vías respiratorias y causar afectaciones crónicas.

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