29 de November de 2009 00:00

El ídolo que se curó con rock

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Pablo Torres A.

Normalmente, la nota sobre un concierto de este argentino  estaría cargada de violencia,  destrozos, de constantes interrupciones y de la amarga rabia que deja un  final abrupto.



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Los inicios. Charly García es considerado un genio musical.  A sus 12 años ya obtuvo un título de Profesor de teoría y solfeo.

Las bandas. En su extensa carrera ha conformado parte de Sui Géneris, Porsuigieco, La máquina de hacer pájaros, Serú Girán, entre otras.

Además. García tiene una condición que se llama oído absoluto, lo que le permite abstraer la nota musical de un ruido, sin una referencia.En su regreso a los escenarios, Charly García ya no estuvo vestido con atuendos extravagantes o desgastados, o  con camisetas con las justas presentables, ahora salió con la formalidad de un terno   y  camisa negros  (sin corbata) y elegantes zapatos de cuero. No utilizó en el brazo el brazalete rojo  ‘Say no more’ de estilo nazi. El  característico bigote bicolor que  todavía  era  blanco y negro la última vez que estuvo en Ecuador (diciembre, 2002), con el tiempo  se ha ido diluyendo en  un marchito   gris que terminará completamente decolorado. Está más gordo. Ahora tiene cachetes.

En lo musical dejó de lado los múltiples sintetizadores e instrumentos electrónicos. Dejó de lado la muñeca que habla. Le apostó a la pureza del sonido y a su virtuosismo.  Utilizó un piano de media cola cuyo sonido a veces se perdía entre la potencia  eléctrica  de los instrumentos amplificados.

Algún día tenía que pasar. Ahora llegó más recatado,  más esquemático, casi exacto, como un artista que ha planeado su concierto y no como quien viene a tocar (o no tocar)  según se presente la noche.  No rompió nada, no resabió del mal sonido de las primeras canciones, que hubiera sido suficiente para desquitarse  con los  amplificadores, no arrojó vasos de licor a los tramoyas, no se retiró al camerino por interminables minutos. Ni siquiera tomó agua, y Claudio Durán, empresario del concierto, aseguró que el artista no pidió el   whisky que solía beber en el camerino, esta vez se conformó con leche y miel.  Es que, como el mismo Charly dice: “la vida siempre te pasa factura”.

Su hablar es lento y a veces incomprensible, su canto se ha vuelto como si  cantara a la distancia; sin embargo, su manera de tocar el piano sigue intacta. Sus dedos caen sobre las teclas con la precisión de un ave de rapiña sobre su presa. Sus manos parecen garras. Los dedos flacos terminan en ángulo hacia abajo por haber tocado  toda la vida según el método ruso. 

Charly y su grupo se presentaron según lo planeado. No hubo imprevistos ni improvisaciones. Sonaron las canciones más conocidas de su repertorio, excepto por algunos títulos que solo a los fanáticos debieron sonar familiares. Charly y su equipo de trabajo tuvieron todo bien programado, hasta para dejar una canción incompleta y retirarse por primera vez.

Ahora Charly ya no hizo noticia por demoler hoteles,   se lo vio formal y cortés. (Días después hasta  fue al estadio de fútbol). No tuvo ataques de ego, no tuvo ataques de olvido ni de violencia. No se salió de los esquemas. Bailó cuando tenía que hacerlo. Baila despacio, sin arriesgarse mucho, como lo haría  un hombre de 58 años que ha dedicado toda su vida al piano. Ahora Charly parece que ya no saltaría de edificios altos, que ya no pasaría días enteros sin dormir apenas sostenido por  estimulantes. Ahora, es más que evidente que hay un nuevo Charly...   la  vida no perdona  ninguna factura, las cobra todas.

En el escenario se proyectaron imágenes digitales,  desde románticos corazones, gotas de agua ascendentes, una gran calle con pancartas  ‘Say no more’, hasta  un interminable edificio que se repetía mil veces. Mientras tanto, en el techo del escenario aparecía  la silueta de la corista  Hilda Lizarazu mientras bailaba. Se trataba de una sombra sobre el público, en un concierto que estuvo lleno de ellas. El recuerdo de viejos músicos que  acompañaron a Charly  como Fito Páez y Andrés Calamaro, la nostalgia de Ma.  Gabriela Epumer, desaparecida corista y guitarrista. De los viejos tiempos solo quedó la música.  

Charly García  se ha curado con rock las sombras de una carrera exitosa, conflictiva y controversial, algo de  que le dejaron los fantasmas  de su propio pasado.  Aunque hasta ahora solo ha presentado  una  nueva canción, como un pequeño renacimiento.

Esta debía ser la nota del incierto final de  un concierto  de rock , del  resentimiento y de la nostalgia por lo que pudo ser... pero como  dice el mismo Charly: “la entrada es gratis, la salida vemos...”. 

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