10 de March de 2010 00:00

Ideología y comercio

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Carlos Larreátegui

Hace pocos días concluyeron las negociaciones del Tratado de Libre Comercio (TLC) entre la Unión Europea (UE) y nuestros vecinos Perú y Colombia. En el caso del Perú, se prevé una desgravación inmediata para el 99,3% de las exportaciones, incluyendo el 95%  de los productos agrícolas. Existen concesiones importantes para la exportación de banano y esquemas adecuados para centenas de productos exportables. Los beneficiarios primarios serán las pequeñas y medianas empresas que concentran una buena parte de esa producción exportable y utilizan el grueso de la mano de obra. Por ello, Colombia y Perú han celebrado con júbilo la suscripción de este Acuerdo y el inicio de una era comercial muy promisoria. Con paso decidido, estas naciones  toman distancia de Ecuador y Bolivia, cuyo aislamiento se profundiza en nombre de “principios soberanos”.

Con un 14,2% del total de las exportaciones ecuatorianas, Europa representa el segundo mercado más importante para nuestro país. Si bien es cierto que los EE.UU. constituyen el principal socio comercial del Ecuador -44% de las exportaciones- Europa es el mayor mercado para las exportaciones no petroleras que guardan relación directa con el empleo. ¿Cómo explicar  que el Ecuador, en contra de su propio interés, haya abandonado las negociaciones comerciales con la UE para alcanzar un TLC? La culpa  la tiene la ideología de la “revolución ciudadana” que mira con desconfianza al comercio y olvida que la mejor forma de combatir la pobreza es  con un crecimiento acelerado basado en la exportación.

El Gobierno interino de Palacio desechó, sin mayores argumentos,  la negociación del TLC con los EE.UU. mientras Perú y Colombia persistieron hasta el final. La debilidad, indecisión y veleidad de Palacio sacrificaron una oportunidad irrepetible que habría catapultado nuestro desarrollo.  La crisis económica mundial y las políticas de la nueva administración Obama eliminaron los acuerdos de libre comercio de su agenda.  Con la UE el caso es similar. El ex canciller Falconí se opuso a un TLC con Europa y habló, eufemísticamente de un “Acuerdo de Cooperación” que rebase lo puramente comercial; en el fondo, ese juego de palabras solo  ocultaba la inseguridad y desconfianza en el comercio, muy propias de los viejos socialistas. Ahora, con la difícil crisis que golpea Europa,  el escenario podría haber variado.

Resulta paradójico que las autoridades, civiles y militares, muestren preocupación y angustia frente al desequilibrio militar que favorece a nuestros vecinos, Perú y Colombia. Deberían tener claro que semejantes desaciertos de política exterior no solo provocarán desbalances militares sino una economía peligrosamente dependiente de esos mismos vecinos.

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