3 de January de 2010 00:00

Huilo Ruales y su ‘maldeojo’

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Con motivo del decimoquinto aniversario de la Revista Gestión (junio 2009), se escogieron las quince obras de ficción ecuatorianas más destacadas dentro del mismo período. Entre ellas, ‘Maldeojo’, de Huilo Ruales Hualca (1ra. edic. Parásito, Salamanca; 2da, Eskeletra, Quito, 2005,  144 págs.). Esta novela rompe la inclinación al olvido en la débil memoria de los ecuatorianos.



Modesto Ponce
Escritor

Calificado como autor  silencioso, comenzó en la madurez. Sus libros: ‘También tus arcillas’ (cuentos, 1998), ‘El Palacio del Diablo’ (novela, 2005, Premio Gallegos Lara), ‘La casa del desván’ (finalista  Planeta, 2008). No creo que se encasilla en el realismo fantástico ni en el mágico. No es tampoco una pesadilla ni un desfile de fantasmas. Lo calificaría de novela  hiperrealista o, quizás, suprarrealista. 

El mérito más sobresaliente está en el texto. Punteado. Incisivo. Cortante. Es un taladro que no se detiene, como no se detuvo la sequía en  Rioseco hasta dejarlo sin más habitantes que dos esperpentos, acompañados de un perro con sarna,  que se casaron veinte y  cuatro veces en la iglesia abandonada, ella con vestido de novia y él con un traje negro, ahogados ambos, como siempre estuvieron sus habitantes, en litros de mallorca; convertidos ambos en Fetiche y Fantoche, nombres que antes había utilizado el autor para el libro de cuentos que ganó el Aurelio Espinosa hace algunos años.

La causa de todo fue la endiablada Chela, la Chelita, hermosa y provocativa, encerrada  a perpetuidad en un torreón por su padre, rodeada de muñecas, para liberarla de la lascivia colectiva. Todos los hombres enloquecieron.

Las  mujeres querían matarla. Parecía ella, si se voltean las cartas, como las milagreras incorruptas o como las vírgenes canonizadas, repartidoras de prodigios que nunca llegan, que embrutecen de misticismo, mientras la Chela —justamente es la Fetiche que nunca dejó el pueblo— provocaba desvaríos carnales y deseos irrefrenables. 

Duro y directo, el texto fluye sin término, con espontaneidad, sin detenerse. Sin deslices. La pintura del ambiente del pueblo se siente: “Así debe ser el infierno (…) Infierno no con llamas sino con silencio. El silencio quema más”.

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