28 de enero de 2018 00:00

¿De qué hablamos cuando hablamos de feminismo?

Una niña porta una pancarta en El Trocadero, en París, el 21 de enero, durante una marcha. Foto: AFP

Una niña porta una pancarta en El Trocadero, en París, el 21 de enero, durante una marcha. Foto: AFP

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Andrés Cárdenas M.* (O)

Ya todos deberían saber que, estos días, en el escalafón de pecados posibles el ‘mansplaining’ es uno de esos que te llevan directo a la hoguera. No hay perdón posible: todo lo que diga el acusado será quemado en el fuego de la indiferencia.

Esta falta capital podría ser descrita como “el vicio de explicar cosas de manera condescendiente a una mujer por el hecho de ser mujer”. Lo cual, claramente, es propio de un sujeto que habría que tratar con más pena que ira, que alberga serias carencias en su proceso formativo. A mí, en cambio, me suele pasar lo contrario.

En general la gente que necesito que me hable con condescendencia son mujeres. Las personas que más admiro -y más temo- son mujeres. Siempre que tengo que buscar personas talentosas para trabajar en algún proyecto, los nombres que vienen automáticamente a mi mente son, otra vez, de mujeres.

Por eso no es extraño que, al revisar mis apuntes para escribir este texto, no aparezca ningún hombre: se debe más a la inercia de mis intereses que a una maquiavélica táctica. Hace más de un año escribí, a propósito de otro tema y de manera secundaria, que asistíamos a la estupidización del término ‘feminismo’.

El proceso no ha hecho más que agudizarse. Preocuparse por esto no es ‘mansplaining’ ya que -esto lo saben perfectamente todos los sectores feministas- muchas luchas que se asocian a esta palabra nos competen a todos: violencia contra la mujer, igualdad laboral, estructuras de poder, acoso en la vía pública, educación sexual...

Por esto -se dice- todos deberíamos ser feministas. Cualquier persona con un mínimo de sensibilidad por el otro -se dice- debería ser feminista. Y deberían tener razón. Pero en esta espiral cada vez más agitada que envuelve a ese término, que lo destripa, que lo vacía de sentido y lo llena con cualquier bandera, cabe la carveriana pregunta: ¿De qué hablamos cuando hablamos de feminismo?

La escritora española Elvira Lindo, hace más de seis meses, ya lo escribió en su columna de El País: los eslóganes feministas han pasado a ser frases atribuibles más a Paulo Coelho que a Chimamanda Ngozi Adichie; han pasado a tener su hábitat natural más en los condescendientes ‘likes’ de Facebook –agrega– que en un verdadero diálogo entre argumentos.

Pocas cosas me generan mayor placer que escuchar a feministas que toman en serio el bagaje intelectual e histórico del término. La filósofa feminista Ana de Miguel, autora del libro ‘Neoliberalismo sexual’ (2015), señala que decir que existen tantos feminismos como mujeres es caer en una banalización, en un error teórico.

Cuenta, en una excelente entrevista para El País de diciembre pasado que, como académica, está trabajando en una “teoría de la doble verdad”: todo el mundo, con un micrófono delante, dice que hombres y mujeres son iguales; sin embargo, dentro del imaginario masculino y dentro del imaginario femenino existen consideraciones muy distintas sobre la gente del otro sexo: “Un adolescente te dirá que su compañera es su igual.

Pero probablemente también piense que las chicas son cuerpos que están ahí para su disfrute, y reconcilia ambas verdades de la misma manera que una persona bilingüe transita de una lengua a otra”. Habla de feminismos mediáticos, de falsos empoderamientos, del feminismo como adjetivo de consumo.

En las páginas del New York Times, la crítica literaria Daphne Merkin escribía que también ha detectado en muchas amigas suyas otra especie de doble discurso: el de decir públicamente #MeToo, uniéndose tímidamente a la campaña que se ha fortalecido desde las acusaciones de acoso sexual contra el productor Harvey Weinstein, pero no atreverse a expresar su opinión en voz alta cuando se trata de dar a las cosas un poco más de realismo.

La conversación que se está teniendo en privado -sostiene Merkin- es radicalmente diferente de la conversación pública. Lo cual suena bastante conocido: se empieza a establecer esta dinámica recurrente de los medios. Algunos han calificado de “hipócrita” a la reacción similar en el mundo del espectáculo -materializada, sobre todo, en los vestidos negros durante la ceremonia de los Globos de Oro-.

Un poco de razón tienen: desde hace años se hacían bromas sexuales con Weinstein, íntimo amigo de Meryl Streep, además de que ninguna de las actrices que se atrevieron a dar el primer paso para sacar todo este caso a la luz fue invitada el evento. Pero me parece que sobre todo la clave está en -y esto lo explica maravillosamente la teoría de la espiral del silencio de Elizabeth Noelle-Neumann- esa necesidad social del ser humano de pertenecer al grupo.

La necesidad casi biológica de estar en el bando de los “buenos feministas”. Aunque para ello haga falta vaciar de contenido una y otra vez a la palabra “feminismo”.

La última voz que se alzó en esta batalla semántico-política fue la de la escritora canadiense Margaret Atwood. Imposible encontrar a alguien con menos sospechas de machismo. Autora de la novela ‘The Handmaid’s Tale’ que -llevada a la pantalla el año pasado- se llevó cinco premios Emmy y se convirtió incluso en un símbolo de movimientos a favor del aborto.

Se trata de una distopía futurista en la que los cuerpos de las mujeres fértiles son controlados por una dictadura teocrática. Una ficción en la que los cuerpos de las mujeres no son más que instrumentos de procreación. Sin embargo Atwood, feminista desde muchas décadas antes que las feministas actuales, ha sido acusada de estar en el bando malo por recordar que, en las acusaciones de abuso sexual, no se debería olvidar la presunción de inocencia del acusado. Así que la escritora de casi ochenta años, preocupada, lanzó la semana pasada su salvavidas al feminismo mediante un artículo titulado: ‘¿Soy una mala feminista?

Atwood hace un fortísimo barrido histórico identificando procesos de purgación en los cuales el acusado era automáticamente culpable. Todos esos métodos -dice Atwood­- han sido en nombre de un mundo mejor, en los que los linchamientos extralegales han tomado el control. Algo similar sucede, a su juicio, con el ‘establishment’ feminista: “Las malas feministas, como yo, no somos aceptadas ni en la derecha ni en la izquierda.

En tiempos de extremos, los extremistas ganan. Su ideología se convierte en religión, cualquiera que no repite sus proclamas es visto como un apóstata, un hereje o un traidor, y los moderados del centro son aniquilados”. Ella, la inventora del extremismo religioso de Gilead, en donde se someten los cuerpos de las criadas, sabe de lo que habla. Y no quiere que un término al que ha servido toda su vida sea esclavizado.

La canadiense no deja de ver en el momento en #MeToo el claro síntoma del insuficiente sistema legal. La filósofa feminista Christina Hoff Sommers, por su parte, también identifica en los momentos que estamos viviendo un punto de giro cultural en el cual el contrato social entre hombres y mujeres está siendo reescrito frente a nuestros ojos.

Pero ambas tienen su: ¿qué viene ahora? Imposible no recordar la columna publicada en El País, hace ya casi un año, por la escritora mexicana -otro lugar, otra generación- Valeria Luiselli, en la que se lamentaba de que “frente a la catastróficamente imbécil realidad actual, todas las mujeres brillantes que conozco han tenido que intercambiar sus ideas por posturas”.

¿Que qué viene ahora? Que vengan, pues, mujeres brillantes, que me hablen con un poco de condescendencia -un mansplaining invertido- y que no intercambien sus propias ideas por nada. Más Elviras, Anas, Daphnes, Margarets, Christinas y Valerias.


* Ensayista, periodista.

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