6 de December de 2009 00:00

Esa guitarra vieja que me acompaña

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Hace frío. Los amigos se frotan las manos para lograr un poco de calor. Mientras se afinan constantemente las destempladas guitarras, las voces se van calentando con la plática y los traguitos. Más o menos es las 21:00 y no será hasta  las 24:00 que este grupo habrá tomado tanto valor como para dar un sereno.



“La serenata quedó solo para  el Día de la Madre  o un cumpleaños. Me parece una tomadura de pelo que el Municipio dé una serenata al Presidente de la República”.La serenata es una tradición que lastimosamente ya  está casi extinta. Se presume que nació en los tiempos de la Colonia,  según dicen los estudiosos. Casi siempre es una canción dada al filo de calle, a veces dentro de la casa -como si los músicos fueran invitados-,  a veces se daba al filo de un balcón.

La serenata esencialmente era una manera de enamorar. Se tocaban  dos o tres canciones máximo. cuando se interpretaban seis o siete canciones ya no se llamaba serenata, sino retreta. Siempre fue en la madrugada. Además, se cuenta que en la Colonia muchos mestizos cantaban en la madrugada en la loma de San Juan, mientras algunos vecinos escuchaban los lastimeros cantos.

Édgar Freire Rubio alguna vez fue parte de los sereneros, a él le tocaba el papel de juez de aguas, es decir, repartía el licor que se consumía, de preferencia puntas y canelazos. Es que para dar un buen sereno había que estar remojadito. De ese momento dependía si los sueños de un hombre se hacían realidad o no.

Cuando los sereneros se plantaban frente a la casa, siempre entonaban canciones tristes, la melancolía de la pasión amorosa. Pero no siempre las serenatas fueron en pos de lograr el amor de una mujer, también se las daba para los momentos de desamor, como queja amarga. Se estilaban canciones para decirle que ya había encontrado otro amor, para decirle a la mujer amada, aquella dulce enemiga de la que hablan los libros, lo que se había perdido.

En toda serenata de respeto debía existir por lo menos una guitarra. Nadie era tan macho como para cantar a capella solamente. Eso no se acostumbraba. A esta guitarra, que ya era la misma que conocemos y  que fue traída de España, la acompañaba un requinto y a veces unas maracas. Édgar Freire solía tocar este instrumento cuando era necesario.

Sin embargo, esta formación de tres músicos no era estricta, siempre se la podía pasar por alto para acomodarse a la situación. A veces se usaba acordeón, otras se acompañaba con violín. Incluso, parece que algunas veces participaban instrumentos de viento. Aunque una sola persona con su guitarra  era suficiente. Otras veces  se contaba con una orquesta entera.   Jaime Vega en su libro ‘Reminiscencias quiteñas’, relata varias  anécdotas de serenos quienes incluso llevaban pianos a estos momentos especiales.

Sin embargo, hace muchos años ya, esta tradición comenzó a perderse. Fue alcanzada poco a poco por la modernidad. Por eso fue necesario que hace 50 años, Diario Últimas Noticias reviva la tradicional serenata en La Ronda.

De esta manera, Freire cuenta que para cuando él tenía 20 años, o sea en 1967, hacían serenatas con tocadiscos de 45 revoluciones. Entonces el enamorado llegaba al lugar previsto, buscaba un buen punto para robarse electricidad, pinchaba los cables de energía para conectar el tocadiscos y el resto dependía de su afinación, del sentimiento,  de los astros y de la buena selección de canciones de Leo Dan, Leonardo Favio o Los Iracundos. Los más avezados no se conformaban con pequeñeces, por eso llevaban todo el discomóvil.

Para quienes no tenían mucho dinero,  la plaza de la 24 de Mayo siempre fue el lugar de salvación. En la Casa Blanca y en el bar La Resbaladera se podía contratar a los famosos ciegos que tocaban el acordeón. Como siempre estaban en estas lides, entre su repertorio constaban los pasillos más lacrimógenos del pentagrama nacional. El éxito era casi asegurado. Se les pagaba 10 ó 20 sucres la vuelta.

Para quienes sí tenían dinero y podían pagar espectáculos de primera calidad, Freire asegura que para las serenatas de copete se  contrataba a personalidades como al dúo Benítez y Valencia, los hermanos Miño Naranjo, los hermanos Villamar, Carlota Jaramillo o las hermanas Mendoza Suasti. Con la presencia de cualquiera de estos cantantes el éxito estaba asegurado, ninguna mujer podía resistir,  caía a los pies del enamorado. Sin embargo, si no se tenía a mano los recursos siempre se podía encontrar buenos cantantes en los barrios. Cada sector se caracterizaba porque por lo menos alguien cantaba  y tocaba muy bien y era solidario para acompañar. Así, no era raro que los carpinteros o los sastres u otro vecino cantara todas las semanas. Obviamente, había que ofrecer algún traguito para que todo se haga con más gusto.  

Las serenatas también se  llevaban a cabo en los nacimientos, se cantaban loas  en tributo al Niño Jesús. Al final de esta tradición ya solo se cantaban serenatas los días de cumpleaños en el Día de la Madre. Por eso Freire no se explica que se dé una serenata a las 18:00 al Presidente de turno.

Al final del sereno, los aventureros  sabían bien qué iba a pasar. Si cantaban lindo la enamorada salía a la ventana medio vestida con su pijama, casi le estaba dando el sí; pero si no les había gustado, salían los papás con una bacenilla llena de orines, que eran lanzados encima del enamorado, de los músicos y de quien estaba cerca. Era una buena medida para que salgan corriendo los sereneros.

En ese Quito colonial, que luego fue franciscano,  muy recoleto,  el sereno no solo lo escuchaba la enamorada, sino también las vecinas. Al otro día empezaban las murmuraciones: “Ay,  qué linda, ya está enamorada del vecinito tan guapo...  está medio acholada”. Nadie estaba a salvo de los comentarios, había que tener mucho carácter para soportarlos.

Pero Quito entró en una época posmoderna. Ahora es más fácil mandar una canción por el celular. Ya en la época de Freire era más fácil regalar un disco para que la chica escuche, era la declaración de amor.

Hoy en día se estila contratar mucho a los grupos de  mariachis mexicanos, pero estos, al igual que las ‘chivas’ nunca fueron parte de la tradición quiteña. Es con la llegada de los años 90 que su presencia se hizo cada vez más recurrente.

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