8 de abril de 2016 21:19

Guerrilleras adolescentes cuentan su historia 

La exintegrante de la guerrilla colombiana del Ejército Popular de Liberación (EPL) Diana. Foto: EFE/Débora Silva

La exintegrante de la guerrilla colombiana del Ejército Popular de Liberación (EPL) Diana. Foto: EFE/Débora Silva

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Agencia EFE

A Jessica le cuesta mantener la mirada. A sus 17 años trata de sobrellevar los cuatro que pasó sufriendo abusos sexuales de su padrastro, una situación desesperada aderezada con la incredulidad de su propia madre, ante la que solo encontró una salida: unirse a la guerrilla colombiana.

Jessica quiere contar su historia, sabe que ahora, lejos de allí, de su pueblo en el Norte de Santander, lejos de aquel hombre que casi "le quita la vida", puede soñar con una nueva y hasta, quién sabe, tal vez estudiar arquitectura, aunque lo que más tristeza le devuelve al rostro es pensar que ha perdido la confianza de su madre y puede que no vuelva a recuperarla.

"Como yo no era su hija él pensaba que podía abusar de mí cuando quisiera, empezó a hacerlo cuando yo tenía 12 años y mi madre no se dio cuenta hasta que yo tuve 16, pero ella me culpa de que no se lo hubiera contado antes", relata a Efe desde su nueva casa, la organización Benposta, dedicada a velar por los derechos de los niños en Colombia, proporcionarles educación y refugio.

Ante la imposibilidad de encontrar comprensión dentro de su hogar, Jessica, que prefiere no dar su nombre real por seguridad, decidió unirse al Ejército Popular de Liberación (EPL), la tercera guerrilla del país, donde, como muchos otros menores que han sufrido violencia intrafamiliar, logró el amparo que no encontraba en casa.

"Allí me sentía segura. Con el arma en la mano me sentía poderosa, no sentía ese miedo de antes en la casa y en el grupo me ayudaban", explica Jessica, quien dice que nunca tuvo una razón ideológica para sumarse a los milicianos, ningún otro motivo más que la huida del horror entre las paredes de su hogar.

Aunque estuvo a punto de morir en un combate con el Ejército, se le dibuja una sonrisa cuando piensa en aquellos dos meses que pasó entre los guerrilleros, y confiesa que a veces le gustaría regresar, pero no lo hace por no enemistarse más con su madre.

Pertenecer a un grupo armado le había devuelto la seguridad, hasta el punto de que un día decidió buscar a su padrastro y matarle con sus propias manos, algo que no sucedió porque su madre intervino a tiempo y denunció al EPL que su hija quería utilizar su arma como combatiente para acabar con su padrastro.

Así fue como finalmente abandonó la guerrilla hace apenas unos meses, y ahora trata de rehacer su vida entre otros jóvenes que, como ella, han sufrido los horrores de la guerra y sus circunstancias.

Jessica es una de esas 20 000 víctimas de abuso sexual que al año son reportadas a la unidad de Medicina Legal en Colombia, un número menor que los casos reales, ya que muchos no llegan a denunciarse, y, como explica a Efe la congresista del Partido Verde, Ángela Robledo, tienen un 94% de impunidad.

Pilar Rueda, asesora para la Comisión de Genéro de las Negociaciones de Paz en La Habana entre el Gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), insiste en que la mayoría de los menores que se integra a las filas de grupos armados lo hace por la falta de respuesta del Estado en casos como este.

Al otro lado de Benposta, vive también Diana, quien, por contra, ingresó al EPL bajo la promesa de una vida mejor, y huyó de sus filas ante la certeza de una existencia dura, y la amenaza de una muerte inminente.

"Fui allí porque la situación económica de mi familia no era buena, y me prometían que allí todo estaría bien, pero al llegar allí me di cuenta de que no era así, de que en cualquier momento me podían matar", agrega la joven de 19 años.

Tras varias semanas dentro del grupo, rotando en las labores diarias y sin encontrar el sentido a continuar allí, Diana solicitó al mando guerrillero que la ordenaba su regreso a casa, pero se lo negaron, decían que sabía demasiado.

Su familia, a quien no había consultado su decisión de entrar en combate, y sus vecinos, trataron de hablar con los jefes de la guerrilla para que la dejaran marchar, pero no fue hasta que su madre enfermó del corazón que le concedieron un permiso de visita de tres días a su casa.

"Entonces en esos tres días mi familia lo organizó todo para que yo me fuera de la vereda -asegura-, para que la guerrilla no me pudiera encontrar y me llevara de nuevo con ellos".

Casi un año después, aún teme que puedan buscarla y que haya represalias contra su familia, a quien solo trataba de evitar "la carga" de una hija adolescente.

"Luego te das cuenta de que aquello que pensabas que eran problemas, no lo son -agrega-, y que la familia, por muy mal que esté, siempre está ahí para ayudarte".

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