3 de enero de 2016 00:00

Las FARC todavía infunden miedo

El octogenario Simón Vargas trabajó 35 años en el cementerio de Puerto Asís. En ese lugar hay 70 cuerpos sin identificar

El octogenario Simón Vargas trabajó 35 años en el cementerio de Puerto Asís. En ese lugar hay 70 cuerpos sin identificar. Foto: El Comercio

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Javier Ortega
Redactor (I)
Desde Colombia

Cosidos a tiros, desfigurados, irreconocibles. En Puerto Asís, los muertos se contaban por decenas. A diario aparecían tres, cuatro o cinco cadáveres. Este poblado, situado en el departamento colombiano del Putumayo, fue de los más golpeados por el conflicto con las FARC. Hablar de la guerrilla costaba la vida. Aun hoy es así. La gente no da muchos detalles de la situación actual.

EL COMERCIO llegó el martes, 29 de diciembre del 2015, a esta zona. La ruta se inició en Lago Agrio, en el puente San Miguel, donde se dividen Ecuador y Colombia.

Para ingresar a territorio vecino hay que superar un ligero filtro. En la frontera, dos policías colombianos paran los autos, revisan las placas, piden los documentos y hacen fotos a los papeles con un celular. La inspección dura 15 segundos.

Luego de 125 km de recorrido por un camino lastrado y con poca presencia militar, un letrero desgastado da la bienvenida a Puerto Asís, el municipio más grande de Putumayo, donde viven unas 60 000 personas. Tiene un clima húmedo que empapa la ropa.

La población, que en su 99% se moviliza en motos y se dedica al comercio, mira con recelo el proceso de paz entre el Gobierno y las FARC. Hay quienes creen que muchos ‘guerros’, como llaman a los integrantes de los grupos irregulares, no entregarán las armas y surgirán las denominadas bandas criminales (‘bacrim’).

En Puerto Asís ya hay un antecedente para temer lo peor. En el 2003, cuando las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) firmaron un acuerdo de desmovilización, hubo paramilitares que no aceptaron el pacto y crearon Los Rastrojos, Los Urabeños, Las Águilas Negras, Los Paisas o La Constru, violentas ‘bacrim’ vinculadas con el narcotráfico, la extorsión, los asesinatos, el tráfico de armas y de combustibles.

Actualmente, estas organizaciones someten al Putumayo y
a otras zonas del sur del país.

En las zonas rurales hay poca presencia militar. En más de 60 km solo hubo unos ocho soldados

En las zonas rurales hay poca presencia militar. En más de 60 km solo hubo unos ocho soldados. Foto: EL COMERCIO

Pese a las avanzadas negociaciones de paz, en el imaginario de la población está patente el dolor causado por las FARC. El cementerio Virgen de La Paz, ubicado en el extremo oriente de Puerto Asís, es testigo del triste desenlace de decenas de víctimas. Muchas todavía siguen sin identificar.

Unas puertas metálicas blancas, oxidadas y que chirrían con el movimiento, abren el camino hacia este antiguo y descuidado camposanto. Hay basura apilada en las esquinas, la pintura de los nichos se descascara y apenas se distinguen los nombres de los fallecidos.

Simón Vargas, un octogenario que tiene el ojo derecho de cristal, trabajó 35 años en este lugar. En 1992 enterró 18 cuerpos en un solo día. Es de las peores matanzas que recuerda. Las víctimas aparecieron acribilladas en el pueblo. Esa mañana amontonó los cuerpos, uno encima de otro, los cubrió con plásticos negros y los metió en un solo hueco.

Ese era el protocolo. En el cementerio no había espacio para tanto muerto. Un nicho albergaba hasta tres cadáveres. Desde el 2012 eso cambió. La Fiscalía ya no permite apilar a las víctimas en una sola tumba.

En Virgen de La Paz hay 70 cuerpos sin identificar. Es fácil darse cuenta dónde están. En las lápidas aparece una breve descripción: N.N. (sin nombre) y la fecha del entierro. “Todos estos eran ‘guerros”, dice Vargas, arrodillado frente a una tumba enmohecida en la que están los cuerpos de dos hombres y el
de una mujer, desde el 2005.

Solo en Puerto Asís, el conflicto armado ha originado el desplazamiento de 10 000 familias que vivían en las zonas rurales del municipio. Unas se movilizaron a urbes de Colombia y otras a Ecuador.

Eso lo revela Jaime Silva, secretario general de la Alcaldía. El martes, él aceptó hablar con este Diario. En una pequeña oficina, el funcionario señaló que desde que se inició el proceso de paz, en septiembre del 2012, han existido tres etapas en Puerto Asís. Las dos primeras violentas, con ataques permanentes de las FARC a la fuerza pública, campesinos y civiles, para presionar por sus puntos de vista en las nego­ciaciones de paz; y la tercera fase, caracterizada por una relativa calma.

El 20 de julio, la guerrilla pactó un cese al fuego y eso redujo los homicidios en un 37%. También bajaron los ataques terroristas y el derrame de crudo. El más reciente ocurrió hace tres meses. Guerrilleros pararon tanqueros que transportaban petróleo desde los pozos ubicados en las áreas rurales de Puerto Asís.

Luis Carlos señala la contaminación de crudo en un humedal, luego del ataque de las FARC a tanqueros

Luis Carlos señala la contaminación de crudo en un humedal, luego del ataque de las FARC a tanqueros. Foto: EL COMERCIO

Los armados obligaron a los conductores a verter el crudo en los humedales. Luis Carlos, habitante de La Cabaña, una de las cuatro zonas afectadas, comenta que estos ataques suceden porque las empresas petroleras se niegan a cancelar las ‘vacunas’, como llaman a los pagos por extorsión, una forma frecuente de financiamiento de los grupos irregulares.

“Fue un desastre ambiental”, advierte, mientras señala uno de los humedales cubiertos por el crudo. El agua se contaminó y ahora la gente pide una planta de tratamiento que no llega. “Ni llegará. Esto no sale en la prensa, son ataques silenciosos. El Gobierno nos ha olvidado”, dice Luis Carlos.

Las autoridades saben que a diario hay guerrilleros vestidos de civil que llegan a buscar provisiones en Puerto Asís. Por eso es mejor callar.

La extorsión es recurrente en este Municipio. Detrás de este delito está el Frente 48, una de las facciones más violentas de las FARC. Ellos vigilan cada movimiento. En La Cabaña, un civil grabó con su celular el trabajo de este Diario y un motorizado nos acompañó hasta que dejáramos esa zona.

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