7 de November de 2009 00:00

¿Guerra sin fin?

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Antonio Navarro Wolf

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Nuestro conflicto es el más largo del mundo. Su origen  se remonta al asesinato del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán en 1948.

En 1957 casi terminó. Aunque la mayoría de los alzados en armas se desmovilizó, núcleos liberales fueron influidos por el partido comunista y en 1964 fundaron las FARC. Su  jefe histórico, Manuel Marulanda, fue previamente  un guerrillero liberal.

Los campesinos se habituaron a la presencia de grupos irregulares que ejercían funciones de protección, seguridad ciudadana y justicia, a más de desplegar un discurso de oposición al Régimen. Ello permitió la consolidación de otros cinco  grupos guerrilleros, caso único en América del Sur.

Se han intentado varios procesos de paz en los últimos 25 años. El más importante fue el de 1990, cuando el M-19 firmó un acuerdo que volvió realidad la Asamblea Constituyente del 91, en cuyo seno se desmovilizaron el EPL, el PRT y el Quintín Lame.

Ese desarme de 4 500 combatientes desmovilizó la mitad de los alzados en armas de ese momento. Pero la paz total no llegó. Las FARC y el ELN continuaron en la guerra y por una serie de circunstancias políticas y financieras (especialmente por la producción de cultivos de coca en el país), tuvieron un gran período de crecimiento en la última década del siglo XX.

Las FARC llegaron a  sumar 20 000 guerrilleros, una cantidad formidable que les permitió alcanzar su mejor momento militar y político y sentarse a negociar la paz con el presidente Pastrana, proceso que la guerrilla malbarató por la ilusión de llegar al poder por la vía armada.

A partir del año 2000 la situación empezó a modificarse a favor del Estado y ello se aceleró con la elección del presidente Álvaro Uribe en 2002. En los últimos nueve años la guerrilla perdió casi toda su iniciativa militar y el apoyo político, este último por la actitud que asumió frente a la posibilidad de la paz con Pastrana.

Es en ese escenario donde se producen los hechos de Angosturas del año pasado. La valoración que hace de ellos la opinión colombiana es distinta de la que se hace en Ecuador. Para muchos aquí era una acción justificada como parte de la merecida mano dura contra las FARC. Para los ecuatorianos fue,  con razón, una flagrante violación de su soberanía.

El conflicto armado es el principal problema en el sur de Colombia. Se requiere una comprensión clara de su historia y de la  situación actual para saber cómo actuar  a ambos lados de la frontera.

Nuestra guerra interna entró en una etapa en que es posible una solución definitiva. Pero ella no será automática. Si bien la victoria guerrillera es imposible, tampoco se resolverá con la victoria total de las armas oficiales. Se requiere una salida negociada para evitar una guerra sin fin.

*Gobernador de Nariño. (Especial para EL COMERCIO)

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