9 de octubre de 2014 21:51

Guayaquil está presente en la comida y los sitios públicos en Quito

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Mariela Rosero Ch.  Redactora
mrosero@elcomercio.com (I)

Lo que más comen los quiteños es el hornado o el mote con fritada. A esto llaman ‘cosas finas’. De esta forma pensaba Ximena Vega, cuando llegó de Guayaquil, hace 27 años. Ahora, tiene 55 y piensa de otro modo.

Se había jubilado de su trabajo en la banca y sus hijos estaban casados. Así que ella y su esposo decidieron abrir ‘Los propios sánduches de pernil guayacos’. En la ‘matriz’, una caseta en la esquina de la Juan León Mera y Roca, venden al menos 500, entre 09:00 y 20:30. Cada uno a USD 1,99.

Su pernil, importado de Houston y de Chile, ha pegado tanto que ya tienen otros tres puntos de venta en la Caja del IESS, en la Bogotá y 10 de Agosto; San Rafael y Jorge Washington.

La señora lo cuenta en una oficina contigua, en donde el aroma del pernil impregna el ambiente y parece tomar forma en un cerdito que viste camiseta y pantalón. Es el logo del negocio y aparece en el delantal que Ximena utiliza.

Pero los ‘guayacos’ tienen su sello en más sitios de la capital. En la Cordero y Amazonas, en el restaurante La Canoa, María de Lourdes Ruiz almuerza caldo de manguera, el lunes. “Es igualito al de mi tierra, con la salchicha, el verde…”, afirma, mientras deja la cuchara sobre el plato vacío. Ha vivido en la capital 13 de 45 años.

Daisy Monar, administradora del restaurante, indica que también los quiteños gustan de ese caldo. Atienden las 24 horas y en una jornada pueden servir entre 25 y 30 platos a USD 8,04 cada uno. “Algunos lo comen en el desayuno y otros en la madrugada”.

Lejos de esta zona, en el noroccidente, vive Mónica Moreno, de 41 años. Ha pasado una década desde que dejó el Puerto Principal, pero no duda en decir que “hasta el encebollado sabe diferente acá”.

Es una de 27 000 habitantes de la Cooperativa de Vivienda Jaime Roldós, que se formó en los ochenta. En el lugar, ella y fundadoras como Delia Achi y María Ortiz, de 58 y 52 años, respectivamente, no dudan en responder que esa zona lleva “el nombre de un gran expresidente”. “Esa voz tan bonita que tenía, ese acento inconfundible de hombre de la Costa. No se dejaba manejar de nadie. Por eso nos lo mataron”, recuerdan.
A Mónica aún le cuesta acostumbrarse al clima y a otras rutinas de Quito. “Aquí se acuestan muy temprano”.

En la capital hay una avenida que recuerda la fecha de independencia de Guayaquil: la 9 de Octubre, que comienza en la Patria y atraviesa el parque El Ejido, la iglesia de Santa Teresita, el Colegio Dillon y termina en la avenida Eloy Alfaro.

En el centro, desde la Briceño, frente al edificio La Licuadora, nace la calle Guayaquil, que llega hasta Santo Domingo. En la Colonia se llamó De las Chucherías. Es muy comercial, con locales de celulares y electrodomésticos, los viejos cines, el Café Colonial, Gran Pasaje, Supermercados Tía, Pyca, Pasaje Tobar…
“El trazado de esta calle no ha cambiado. Antes era de doble vía, no había el trole, pero siempre ha sido comercial”, recuerda Francisco Duque, de 68 años. Él mantiene el Hotel Real Audiencia desde hace 32 años, en las calles Guayaquil y Bolívar, pleno centro quiteño.

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