10 de mayo de 2018 16:47

Una docena de jóvenes acusa a sacerdote por abuso sexual y tortura en Guayaquil

Este viernes 11 de mayo será una de las audiencias contra el sacerdote, en la Unidad Penal Norte 2, en el Albán Borja, en Guayaquil. Foto: Archivo / EL COMERCIO

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Redacción Guayaquil

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En el 2013, Juan decidió denunciarlo con su arte. Había ideado dibujarse desnudo y amarrado, como un vitral de iglesia, en una sotana negra de sacerdote por lienzo. ‘El pedófilo padre Luis Fernando’ era el nombre que había pensado para su obra.

“Al principio solo conversabas con él. Y después venían las dinámicas. Primero te amarraba. La segunda vez te amarraba y te golpeaba. La tercera te amarraba y te electrocutaba... Hasta que podías llegar a quedar completamente desnudo, en su cama, amarrado de manos, de cabeza, de boca, te vendaba los ojos y él te estaba haciendo jiu jitsu en su cuarto, solo en boxer”.

Juan habla de Luis Fernando I., un sacerdote que conoció en el 2006 cuando era estudiante de colegio. Lo vio por primera vez en un encuentro espiritual, a sus 15 años. “Vio que estábamos interesados en cambiar al mundo. Me dijo que era un líder y que lo llame para conversar”.

Así comenzaba el contacto con una docena de jóvenes, que con sus testimonios coinciden en que fueron víctimas de abuso sexual y tortura por parte del reverendo. Todos eran adolescentes, de entre 14 y 17 años cuando ocurrió. Hoy bordean los 30 años y después de conversar entre ellos comprenden que fueron elegidos por ciertas vulnerabilidades.

“Él tiene un perfil de chicos con ciertos problemas, personas con ausencia de padre en la familia. Conversaba con nosotros pero también nos hacía exámenes psicológicos, como el tipo de personalidad, saber cuáles eran nuestras debilidades… Las dinámicas venían después”, relata Juan.

Contra Luis Fernando I., quien fue párroco en una iglesia del norte de Guayaquil durante 16 años, hay dos denuncias presentadas en la Fiscalía del Guayas (por abuso sexual y por tortura). Este viernes 11 de mayo será una de las audiencias, en la Unidad Penal Norte 2, en el Albán Borja.

La Iglesia decidió suspenderlo del sacerdocio cuando las quejas por la ‘dinámica del pecado’ se multiplicaron en su contra. El caso incluso llegó a Perú, de donde es la orden religiosa a la que pertenecía.

Este Diario solicitó una versión a la Arquidiócesis de Guayaquil sobre las medidas que tomaron con el reverendo. La entidad informó que monseñor Luis Cabrera, arzobispo de Guayaquil, dará una respuesta mañana (11 de mayo del 2018), debido a que hoy se encuentra fuera de la ciudad.

Algunos de los más de diez afectados son abiertos para hablar de esa dinámica que marcó sus vidas. “Nos decía: si crees en Jesús vamos a hacer una dinámica. Yo voy a hacer la función del diablo y el mundo; y vamos a ver si crees hasta el final en Jesús”, recuerda Juan, quien recién en el 2013, siete años después de los abusos, comprendió que fue una víctima.

“Nos manipuló por años. Cuando terminaba ‘la dinámica’ nos decía: lo que sabe tu mano derecha que no lo sepa la izquierda. Ese era su argumento para que no lo digamos, porque (supuestamente) era nuestra lucha espiritual”.

El reverendo dirigió grupos juveniles por años. En esas reuniones lo conoció Andrés (nombre protegido), cuando tenía 15 años. “Iba a hacer la confirmación, luego entré a un grupo y después fui acólito en misa”. Tras su experiencia con Luis Fernando I. decidió alejarse de la Iglesia; la última vez que visitó una fue el día de su boda.

“Para justificar la dinámica nos decía que había ciertas cosas que no podía explicarnos con palabras. Tampoco con otros métodos, como hacernos correr hasta que nos rindiéramos porque él tenía problemas de columna. Trataba que nos rindiéramos ante lo que hacía”.

Andrés confiesa que se rindió y le pidió que no repetir más la dinámica. “Quería llegar a un fin bueno, con un medio que no era bueno (…). Con nuestras voces, simplemente, queremos evitar que esto le pasé a otros chicos”.

El sacerdote les decía a los chicos que los había elegido para hacer trabajo personal. Sus consejos, evoca Andrés, inicialmente eran buenos.

Además era agradable: carismático, de voz firme, con anécdotas espirituales únicas, dadivoso -a uno de los adolescentes le pagó un año de colegiatura-. Por eso los padres de los chicos no dudaban en llevarlos a su casa por la noche para luego regresar por ellos tras largas charlas que terminaban en la madrugada.

“A todos nos contaba historias con misticismo. Que vio el milagro de la virgen del Cajas, siempre mencionaba que vio una ostia que se hizo carne y que Dios le dijo, en un sueño, que tendría un grupo de jóvenes que iba a cambiar al mundo. Y quedábamos asombrados”, dice Juan.

Antes de hacer su autorretrato en una de las dinámicas, Juan cuenta que habló con el padre para que desistiera del sacerdocio. Él accedió y le pidió un tiempo. Poco después Luis Fernando I. lo demandó por injurias y odio.

“Incluso me alejó de mis amigos. Les dijo que estaba endemoniado y que por eso decía esas cosas”. Mañana Juan acudirá a la audiencia contra el sacerdote.

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