11 de junio de 2018 16:36

Pesar y gratitud en los albergues de Guatemala, tras erupción de un volcán

Isabel Kalachij (i) lava ropa en la pila municipal de San Juan Alotenango junto a su madre, en las cercanías del albergue instalado en la Escuela Mario Méndez Montenegro. Foto: EFE

Isabel Kalachij (i) lava ropa en la pila municipal de San Juan Alotenango junto a su madre, en las cercanías del albergue instalado en la Escuela Mario Méndez Montenegro. Foto: EFE

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Agencia AFP

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Amado Hernández llora por haberlo perdido todo, a la vez que agradece la solidaridad que le permite tener qué comer y con qué vestirse: es uno de los sobrevivientes de la tragedia del Volcán de Fuego que desde hace una semana viven en albergues en Guatemala.

De 42 años, Amado trata de digerir la tragedia junto a su hijo, Carlos Amadeo, de 19, que desde entonces mata las horas en la iglesia Nuestra señora de Guadalupe, en Escuintla, convertida en el refugio donde se hacinan 430 sobrevivientes.

“Lo perdimos todo”, resume Hernández, pero da “gracias a Dios y al buen corazón de las personas” que a través de donaciones mantienen la esperanza de los 3 858 afectados que no pueden volver a sus casas -bien porque corren peligro, bien porque ya no existen- y permanecen en uno de los 17 albergues habilitados.

Los Hernández comparten con el resto de albergados una decena de baños y ocho duchas, construidas con tela plástica en un lateral de la iglesia. En un lavadero manual, se turnan para limpiar la ropa que han recibido, pues todos dejaron sus pertenencias atrás para poder salvar sus vidas.

Concepción Hernández, el padre de Amado, murió la madrugada del miércoles a los 88 años en un hospital de Ciudad de Guatemala por un fallo renal a causa de las graves quemaduras que sufrió el domingo pasado en el 50% de su cuerpo, cuando intentaba escapar del manto de material ardiente que descendió por el volcán y sepultó el pueblo de San Miguel Los Lotes.

La mayoría de los que pasan el día en los albergues lo hacen porque tiene localizados a sus familiares, los demás salen desesperados cada mañana hacia el área devastada para cavar en busca de sus parientes, temerosos de que el Gobierno declare la zona camposanto y los cuerpos se queden para siempre sepultados bajo la ceniza.

La familia Hernández dice tener al menos el consuelo de haber podido enterrar a su pariente el jueves, y de poder descansar.

“No nos podemos quejar, aquí tenemos de todo”, dice poco antes de las 19:00 locales (01:00 GMT), hora en la que voluntarios venidos de todo Guatemala reparten la cena en el comedor, organizado en el exterior y cubierto con carpas para resguardar a los damnificados de las intensas lluvias que cada tarde caen en la zona.

Hasta dónde llega la caridad

Ashley Ayala es una joven de 29 que se desplazó desde la capital para ayudar a sus compatriotas porque se lo “pedía el cuerpo”. Sirve comidas a los albergados, como la del domingo: un plato de arroz, pollo, huevo y frijoles.

Particulares y empresas aparcan cada poco en frente de la iglesia y reparten sus donaciones, como las bolsas llenas de caramelos y juguetes que se le entregan a cada niño, muchos ajenos a la tragedia.

Ayala asegura que estará en el albergue una semana más, pero después pide al “Gobierno que dé un sitio donde vivir para la gente”.

Una preocupación que comparte Julio Roberto Morejón, una de las víctimas de 23 años: “Ahora estoy bien aquí, ¿pero luego dónde voy a ir?”.

El Congreso de Guatemala dio luz verde el viernes al ejecutivo de Jimmy Morales para usar los más de USD 25 millones  del fondo de emergencia nacional.

Morejón, en tanto, recuerda cómo la “nube de brasa que bajaba por el pueblo (San Miguel Los Lotes)” hizo desaparecer a su tía Armenia Bucú y su prima Maribel Bucú, dos de las víctimas que dejó la erupción del volcán y que se cifran en al menos 110 muertos y 197 desaparecidos.

El bebé Calixto Eduardo es la figura de la felicidad en medio de tanta muerte y dolor, una muestra de que la vida continúa en la zona devastada. Su madre, Ingrid Sicán, salió corriendo el pasado domingo de El Rodeo junto a sus padres, Viviana, de 42 años, y José, de 54.

La joven llegó al albergue con los nueve meses de gestación cumplidos y el martes por la noche dio a luz a Calixto allí: “A pesar de todo lo que estamos pasando, (el niño) ha sido una bendición”, cuenta rodeada de otros vecinos de la comunidad.

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