10 de November de 2009 00:00

A los gobernantes de los países ricos no les interesa el clima

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Jaime Plaza. Desde Barcelona

Uno de los peores estiajes en los últimos 40 años obliga a Ecuador a soportar una ola de apagones. Y el paso del huracán Ida causó en El Salvador 140 muertes y pérdidas millonarias. Los expertos dicen que son las expresiones crudas del cambio climático sobre la Tierra.

Este tipo de eventos son cada vez más frecuentes y con mayor intensidad. Encontrar una salida ha sido la misión de encuentros mundiales como el  de la semana pasada en Barcelona, España.

Más de 4 000 delegados  gubernamentales de 192 países y de ONG tenían la responsabilidad de dejar listo un borrador que sirva de base para un potencial nuevo tratado mundial que reemplace al Protocolo de Kioto. 

Pero todo parecía indicar que ellos viven en un mundo aparte.  Lejos de preocuparles el futuro de  la Tierra,  como dice Hernán Sorhuet Gelos, editorialista de El País, de Uruguay, en su artículo Camino incierto, más primó  el interés nacional de cada país.

Eso ocurrió con Canadá, a cuyos representantes más les preocupó que la exigencia de reducir en  40% las emisiones de  gases de efecto invernadero afecte al desarrollo de sus industrias y su economía. Estados Unidos, por su parte, se escudó en que depende de que el Senado apruebe la ley ambiental.

Estas posiciones debilitaron  la trascendencia de la cita mundial de Barcelona. No obstante, Valentín Bartra, copresidente de CAN (Climate Action Network  Internacional), insistió en la validez de estos encuentros. En este año, otras dos reuniones se hicieron en Boon (Alemania) y  Bangkok (Tailandia),  camino hacia la Cumbre Mundial de  Copenhague, Dinamarca.

Desde el 7 de diciembre habrá dos reuniones. En la primera semana habrá una preliminar, similar a la de Barcelona. Asistirán los delegados de cancillerías y ministerios del Ambiente.  Ecuador, por ejemplo, en España tuvo a cuatro delegados;  Colombia a seis;  el Vaticano a tres, entre ellos a monseñor Stefano de Paulis.

Enrique Maurtua Konstantinidis, especialista argentino en cambio climático, asegura que la  misión  de estos   es discutir  las diversas propuestas y tratar de llegar a acuerdos.

En la  sede de la cita se adecúan grandes salas, salones y otros espacios para reuniones generales, grupales y binacionales.  Se suman los eventos paralelos como la presentación del informe de Bolivia sobre los efectos del cambio climático en el nevado Illimán.

Severino Cortés, nativo de una comunidad de la zona a 3 500 metros de altitud, llegó a Barcelona para  relatar cómo tres departamentos locales ya sufren  la escasez de agua por la reducción de las nieves perpetuas de dicho nevado.   

A cada momento era fácil encontrar en los pasillos o junto a las mesas del comedor, a delegados gubernamentales y de ONG discutiendo sobre   la   fijación de  los niveles de reducción de las emisiones de CO2, el  apoyo financiero   para ejecutar las medidas que ayuden a la gente a adaptarse en su cotidianidad a los cambios atmosféricos bruscos...

Unos personajes intrusos, a veces identificados con camisetas rojas o azules, se ‘filtraban’ en las reuniones. Se trata de los observadores -según Maurtua- que son de   ONG (985 acreditadas) que “vigilan el proceso para hacerlo más transparente”. 

Estos encuentros también se vuelven una plataforma propicia para estas ONG, que participan con protestas o estands para promocionar sus campañas y frentes de acción. En el Centro de Convenciones de Barcelona, por ejemplo, se instalaron en la entrada y en los pasillos.

Mañana lea más en la sección Sociedad de la edición impresa de EL COMERCIO.

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