10 de octubre de 2015 11:30

Las Garaicoa, figuras femeninas detrás de la independencia de Guayaquil

Aunque no figuran en los monumentos que conmemoran la independencia de Guayaquil, las mujeres también participaron en la  revolución. Foto: Mario Faustos/ EL COMERCIO

Aunque no figuran en los monumentos que conmemoran la independencia de Guayaquil, las mujeres también participaron en la revolución. Foto: Mario Faustos/ EL COMERCIO

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Evelyn Tapia
(I)

Luego de 195 años, sus nombres o rostros no están plasmados ni en la columna de los próceres, que se erige en el Parque Centenario ni en el monumento a la Fragua de Vulcano, junto al palacio municipal de Guayaquil.

Aunque los monumentos no lo recuerden, la figura femenina detrás de la gesta independentista del 9 de Octubre de 1820 en Guayaquil estuvo presente.

En el siglo XIX era impensable que una mujer tomara armas para defender los ideales de emancipación. “Hubiera sido tomada como una loca cualquier mujer que lo hubiera hecho”, dice Melvin Hoyos, historiador y director de Cultura y Promoción Cívica en Municipio de Guayaquil.

¿Qué papel entonces podía tomar una mujer en una convulsionada época colonial? Las ideas, los consejos, las gestiones, responde Hoyos.

En Guayaquil, una calle del centro-sur lleva el nombre del coronel Lorenzo de Garaicoa, el prócer y hermano de Ana Garaicoa.

En las reseñas históricas, esta mujer, Ana Garaicoa, es mencionada como esposa del prócer José de Villamil. Y es a ella a quien se atribuye la organización y coordinación del célebre baile de la noche del 1 de octubre de 1820.

Ese día, en su residencia, se dio cita un numeroso grupo de personas en la “Fragua de Vulcano”, reunión en la que los patriotas sellaron el juramento de luchar hasta morir por una patria libre.

Jenny Estrada, historiadora, explica que en el período colonial la mujer estaba relegada a segundos planos. “Quizás por esa razón, los historiadores y cronistas dejaron de lado la participación femenina en los procesos de transformación. Así ocurrió con lo relativo a la historia de nuestra independencia, donde la omisión de la participación femenina ha sido un error que debe corregirse”, añade Estrada.

Hoyos hace énfasis en la importancia de la figura de Ana Garaicoa junto a su esposo, como una ayuda idónea.

“El esposo, Villamil, estaba en Manta y desde ahí le manda una nota pidiendo a Ana que fuera ella quien organizara todo. Ella sabía lo que pretendía Villamil, a cuantos y a quienes invitar, sabía qué tan exitosa sería la reunión”, cuenta el historiador.

Esta mujer guayaquileña, que compartía ese ideal libertario con el prócer, lo hacía desde una mente formada en la cuna de la élite económica de Guayaquil, de donde provino el germen de la revolución octubrina. Así lo explica Estrada.

La historiadora, además, destaca posteriores participaciones protagonizadas por madres y esposas de soldados del ejército denominado “División protectora de Quito”, comandado inicialmente por León de Febres Cordero. “Para quienes esas mujeres cosieron los uniformes e insignias y despidieron encomendándoles no flaquear en la noble misión de luchar por la libertad”, cuenta Estrada.

Pero además de Ana, su hermana Manuela merece un espacio, dice Hoyos. Manuela Garaicoa fue la madre del prócer Abdón Calderón.

“Manuela es la que forma el espíritu de Abdón, que terminará siendo clave en el proceso desde el 9 de Octubre a la Batalla del Pichincha. Son unas hermanas con ideas muy de avanzada para su tiempo, pertenecen a una familia que está estrechamente ligada con hombres que tienen el deseo imperioso de tener libertad”, comenta el historiador.

Pero el espíritu de fortaleza de la mujer guayaquileña no germina solamente en la casa de las Garaicoa.

Si bien los jefes de familia tuvieron que dejar sus hogares para las batallas de emancipación, también abandonaron sus empresas, haciendas y negocios, y en ese contexto, fueron muchas las esposas guayaquileñas que quedaron a cargo, “contribuyeron a las exigencias económicas del momento y dieron muestras de su coraje y valentía”, dice Estrada.

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