21 de July de 2009 00:00

La frutilla mecánica

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Fernando Larenas

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A nadie más que al ‘Guapo de la barra’, es decir, a Alejandro Ribadeneira, se le podía ocurrir la idea de plasmar en una novela la preferencia cada día más marcada de las mujeres por el fútbol, un deporte hasta hace poco casi exclusivo para machos.

‘La frutilla mecánica’, un título que evoca a la célebre ‘Naranja mecánica’ holandesa de los años ochenta, representada por Johan Cruyff,  es una historia liviana, repleta de anécdotas e intrigas y escrita con bastante imaginación.

La igualdad de género permite que deportes como el fútbol, que antes eran exclusivos para hombres, sean practicados por mujeres que ahora en mayor número asisten a los estadios y no se asustan del lenguaje grotesco con el cual las barras alientan a sus equipos.

La historia la protagoniza Salomé Obregón, la líder que genera entusiasmo y conocimientos a sus compañeras que forman un equipo de fútbol colegial para competir con otras jóvenes a las que también se les pegó el virus de la pelota de fútbol.

Las protagonistas no conocen las reglas del juego, mucho menos la historia del deporte más popular del mundo. Por ejemplo, narra el autor, las chicas creen que Pelé es un cantante de reggaetón y que Beckenbauer es un filósofo alemán.

Una de las protagonistas de la historia confiesa que nunca supo a los cuántos goles se terminaba un partido y narra la tragedia familiar cuando su padre, un fanático de la Liga, no asistió a su primera comunión para no perderse un partidazo de su equipo con Barcelona.

El lenguaje es coloquial y refleja con naturalidad el modo de comunicación de los jóvenes que siempre recurren a economizar o acortar palabras, como por ejemplo el ‘celu’ (celular), el ‘cole’ (colegio), la ‘profe de Lite’ (profesora de Literatura), etc.

Igual como ocurre con los hombres, las jugadoras también tienen apodos como por ejemplo la ‘Lengua de fuete’, la ‘Tallarín’, la ‘Chaulafán’, la ‘Hambrienta’ o la ‘Dagor’ (gorda al revés).

Pobres chicas, criadas en un ambiente absolutamente futbolizado, desde el padre hasta el ñaño  y, para colmo, hasta los enamorados son fanáticos del deporte inventado en Inglaterra y exportado hasta el último rincón del mundo.

En realidad, el fútbol es mucho más divertido cuando lo narra Ribadeneira, pese a su reiteración en escribir sobre el ídolo Barcelona, porque sabe que tendrá más lectores, y que goza escribiendo sobre el Deportivo Quito porque los seguidores del equipo capitalino lo odiarán mucho más.

Es un libro de 173 páginas editado por Eskeletra y se pudiera clasificar como un ‘opus’ siete, es decir, la séptima obra de Ribadeneira, un periodista con dotes literarias seguramente heredadas de su abuelo, el fallecido ex vicerrector de la Universidad Central Edmundo Ribadeneira.

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