29 de julio del 2016 00:00

Sin festivales de arte urbano hay vandalismo

Este es uno de los murales pintados por ‘Apitatán’ en La Floresta, en el norte de Quito. Tomado de la cuenta Facebook de Juan Sebastián Aguirre

Este es uno de los murales pintados por ‘Apitatán’ en La Floresta, en el norte de Quito. Tomado de la cuenta Facebook de Juan Sebastián Aguirre

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Evelyn Jácome
Redactora (I)
njacome@elcomercio.com

Es como un grito -inesperado y aturdidor-, y, además, no calla. El grafiti vandálico en las paredes quiteñas es cada vez más recurrente.

Artistas que han creado murales en Quito y grafiteros que hacen esos rayones de corte vandálico coinciden en que la profusión de este último tipo de pintadas se explica en gran medida por la disminución de espacios autorizados y de festivales de arte urbano.

En el 2015, se organizaron varios proyectos de arte urbano encabezados por los colectivos y la autoridad. Hubo tres grandes festivales con muralistas internacionales. Entre ellos, uno organizado por la Secretaría de Cultura que agrupó a 24 jóvenes, y el Warmi Paint, festival latinoamericano de arte urbano de mujeres, con 20 artistas, 10 de Ecuador.

En ese tipo de eventos se han pintado decenas de murales en la ciudad, en San Juan, en la av. América, en La Floresta, Chiriyacu, El Cumandá…

Alfonso Espinosa, comunicador de la Secretaría de Cultura, explicó que este año, debido a la crisis y al terremoto en la Costa, el presupuesto se ha restringido en especial para los auspicios para colaborar con iniciativas como estas.

Luis Auz, organizador de Detonarte, uno de los eventos de grafiteros y muralistas más importantes del país, asegura que la inexistencia de ese tipo de espacios este año ha motivado la aparición de nuevos grupos a los que solo les interesa ganar nombre entre la comunidad dedicada más a la pintada vandálica.

Son esas rayas, letras o garabatos que no solo aparecen en paredes blancas, sino que se dibujan en puertas enrollables, postes, basureros, ventanas, puentes peatonales e incluso en muros de entidades municipales y policiales.

Auz explica que en esa comunidad se gana más respeto mientras más difícil sea el acceso al lugar donde se grafitea, pese a que no haya calidad.

Con él coincide Juan Sebastián Aguirre, de 28 años, conocido como Apitatán, un reconocido muralista del país. Estudió publicidad, arte y fotografía y se dedica al arte urbano desde hace cinco años.

La avenida Maldonado, en el sur de la ciudad, está rodeada de rayones y grafitis. Foto: Julio Estrella / EL COMERCIO

La avenida Maldonado, en el sur de la ciudad, está rodeada de rayones y grafitis. Foto: Julio Estrella / EL COMERCIO

Considera que el arte urbano, hecho con calidad, genera puntos de encuentro en las ciudades e incluso es capaz de ayudar al turismo. Cuenta que, por ejemplo, en Sao Paulo hay recorridos en los que se visita murales en espacios públicos. Para lograr algo así, afirma, es fundamental el apoyo de la autoridad, para desarrollar eventos de calidad. Igual, coincide en que cuando esos espacios se cierran, el grafiti vandálico aparece con fuerza.

Apitatán reconoce que en la capital el problema del vandalismo es de grueso calibre. Asegura que conoce a varios grupos organizados de gente que hace ese tipo de grafiti como respuesta a la falta de espacios y festivales autorizados. “Cada vez”, dice, “es más difícil pintar con autorización”.

José A., grafitero de 22 años, hace un ‘mea culpa’ y admite que en lugar de pintar rostros de mujeres (como lo venía haciendo en los últimos dos años), ha optado por poner solo su firma en las paredes de Cotocollao y de la Mariscal Sucre. La razón: le lleva menos tiempo y corre menos riesgo de ser encontrado. Con una lata de USD 7 alcanza a pintar unas cuatro firmas.

Apitatán da testimonio de que cuando un artista urbano quiere pintar una obra bien elaborada en una pared, los policías municipales no lo permiten, aunque tenga la autorización verbal del dueño de la casa. Antes, para pintar un mural en la pared de una vivienda solo se necesitaba un mutuo acuerdo. Hoy el trámite es distinto: el dueño de la propiedad debe dar una autorización por escrito, enviar al administrador zonal respectivo y presentar una copia de la cédula para dejar constancia de su aceptación. En La Delicia se han recibido seis peticiones este año.

Solo entonces, el artista recibe un permiso temporal para ocupar la vereda con sus pinturas y realizar el trabajo. Caso contrario, es multado con el 0,5 % de un salario básico.

La Agencia de Control sancionó de enero a abril a 13 personas por haber sido encontradas con pintura en mano. El año pasado se sancionó a 41. La cifra no es alta, explicaron en esa dependencia, debido a que hay que atrapar ‘in fraganti’ al grafitero. La mayor parte de los sancionados estaba pintando en el Centro.

Apitatán califica de “guerra absurda” combatir el vandalismo de esa forma. La solución, dice, es pintar murales de buena calidad. Hacer un mural garantiza que no aparezcan más rayones en la pared ya que, explica, entre la comunidad de grafiteros hay códigos y las obras elaboradas se respetan.

Punto de vista

‘Nada justifica la agresión’

Marco Ponce. Concejal del Distrito Metropolitano de Quito

Yo soy tirador deportivo, practico tiro al blanco. ¿Cree que sería dable que si cierran el polígono, saque mi pistola y me dedique a dispararle a las personas? Es más o menos así con el tema de los grafitis. Hay que diferenciar entre una expresión artística y el vandalismo. Es difícil que verdaderos artistas pinten las paredes con groserías. El que no se hayan realizado eventos, no justifica la acción vandálica. El Municipio seguirá sancionando a quien viole el espacio público. Los colectivos deberían organizarse, determinar un espacio y acudir al Municipio con el fin de que se verifique si es factible hacerlo y autorice la actividad.

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