14 de July de 2009 00:00

Farsa y realidad

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Antonio Rodríguez Vicéns

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Contrariando mi costumbre de no ver ni oír las peroratas sabatinas (es una medida de profilaxis ética y cívica), por casualidad presencié una de las últimas y pude conocer los argumentos, profundos y lógicos, que el dictador de Carondelet utilizó para desvirtuar las calumnias de la ‘prensa corrupta’ contra los contratos ‘legítimos’ de su hermano.

En ese largo y tedioso monólogo, cargado de insultos que en una sociedad respetuosa de los demás dañarían más a quien los profiere que a quienes van dirigidos, no hay posibilidad de réplica. Entre los aplausos y las sonrisas de los presentes, oportunamente enfocadas por la televisión, va hilvanando sin orden ni concierto su discurso incontestable.

Ese espectáculo, aparentemente espontáneo, me pareció una reproducción en miniatura de nuestra actual realidad política: en primer lugar está el dictador cínico y maniqueo que ha atropellado el orden jurídico y que ha sometido a las instituciones a sus intereses, que ha concentrado en sus manos todo el poder y que ha impulsado un proyecto autoritario y excluyente, pero que continúa hablando a nombre de una democracia que no siente, de una honestidad que no practica y de libertades que busca conculcar, distorsionando los acontecimientos, manipulando las leyes, mintiendo y engañando y, escudado detrás del poder, regodeándose y sonriendo satisfecho y complacido mientras insulta  a quienes no se han adherido a su criterio.

Atrás del dictador, moviéndose con agilidad y discreción, como títeres manejados en las sombras, están sus más cercanos colaboradores: empleados de alto rango que forman una burocracia sumisa, incapaces de la más mínima discrepancia y sin opiniones propias, reconocidos por una flexibilidad moral y corporal apta para el acomodo oportuno y la rápida y frecuente genuflexión. Miméticos y camaleónicos, incondicionales y diligentes, están dispuestos, por el pretendido ‘bien del proyecto político’, a ejecutar hasta las tareas más abyectas y deleznables, y luego, una vez cumplida su misión y cuando hayan dejado de ser útiles, retornar a su modesto y oscuro anonimato.

En esta farsa preparada con minuciosidad, el público (como es importante crear una imagen de artificial unanimidad, sus integrantes han sido previa y adecuadamente escogidos) representa al pueblo. Está presente para asentir, callar, reír y aplaudir. Embobado por las ofertas, ilusionado por las promesas de un supuesto cambio y estimulado por la exacerbación reivindicativa de sus frustraciones, no piensa ni reflexiona. Es un simple espectador. Es pasivo y acrítico. No comprende que está siendo utilizado y manipulado para consolidar un proyecto político autoritario y contrario a sus verdaderos intereses, en el que la crítica y la disidencia han sido condenadas y excluidas.

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