18 de November de 2014 16:56

La paz en Colombia, entre la esperanza y la desconfianza

Un periodista mira, en Colombia, un cartel con los rostros de los miembros de las FARC. Foto: AFP.

Un periodista mira, en Colombia, un cartel con los rostros de los miembros de las FARC. Foto: AFP.

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Agencia AFP
Por Philippe Zygel. Colombia

Si se hace la paz aquí, se podrá lograr en toda Colombia”, vaticina el alcalde de San Vicente del Caguán. En este antiguo bastión de las FARC, las negociaciones con la guerrilla, iniciadas en 2012 en Cuba pero suspendidas el lunes, traen tanta esperanza como recelo.

Entre la cordillera de los Andes y la selva amazónica, esta ciudad de 70 000 habitantes en el sur del país se hizo mundialmente famosa por albergar entre 1998 y 2002 un diálogo con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC, comunistas), que terminó en fracaso y en sangrientos combates.

“Tenemos que pasar de una cultura del odio a una cultura de la esperanza”, dijo a la AFP Domingo Pérez, novel alcalde de izquierda, frente al búnker de la policía.

Este exseminarista de 38 años, que tiene un hermano en la guerrilla y otro asesinado por paramilitares de extrema derecha, predicaba el “ optimismo ” para las negociaciones instaladas el 19 de noviembre de 2012 en La Habana, pocos días antes de conocerse la interrupción de las pláticas tras el secuestro de un general en Colombia el domingo.

El pasado incita naturalmente a la moderación en esta región, donde una vasta zona de 42 000 km2 fue desmilitarizada y puesta bajo control de la rebelión marxista durante las últimas negociaciones de paz.

“Abandono del Estado”

“Fue una trampa del gobierno, para estudiar el poder armamentista y político de las FARC, hacerles una encerrona y asesinarlos a todos”, afirmó Eduardo Pérez, uno de los testigos de la mesa de diálogos, en el caserío Los Pozos, un sitio transformado en un centro educativo.

Este veterinario de 73 años considera a las FARC, surgidas en 1964 de un levantamiento campesino y oficialmente con unos 8 000 combatientes actuales, como un “factor decisivo para la igualdad” ante el “abandono del Estado”.

Los acuerdos parciales logrados hasta ahora en Cuba, que contemplan una reforma rural, la participación de los exguerrilleros en política y la lucha contra el tráfico de droga, todavía no lo convencen.

No habrá paz si no se abren las puertas de las cárceles para todos”, advirtió, cuando resta discutir el tema de las víctimas y el abandono de las armas en un conflicto que ha dejado 220 000 muertos y 5,3 millones de desplazados, según datos oficiales, involucrando a guerrilleros, agentes del Estado, paramilitares y narcotraficantes.

En Los Pozos es el ejército el que manda ahora, protegiendo las instalaciones de una compañía petrolera china.

“Un trabajo honesto, el cese de la violencia, eso es el futuro”, aseguró el teniente coronel Sergio Guzmán, comandante de la fuerza especial encargada de garantizar la seguridad.

Pero muchos temen que un eventual posconflicto se traduzca sólo en una ganancia para las multinacionales en detrimento del medio ambiente. “Solo les interesa lo que hay abajo, no arriba”, señaló Aristóbulo Nieto, un albañil de 52 años.

“Impuesto revolucionario”

Otros residentes aseguran que las FARC, replegadas en las montañas, continúan las extorsiones y los secuestros en nombre del llamado “impuesto revolucionario”, o que se aferran al cultivo de la coca, base de la cocaína.

Esos bandidos están negociando en Cuba para protegerse y legalizar su plata”, dijo Humberto Sánchez. Este comerciante de 43 años recuerda bien la arrogancia de un rebelde que entró a su ferretería a comprar cadenas para amarrar gente.

En los caminos llenos de baches de los Andes, carteles de las FARC prohíben el tráfico en la noche o amenazan con multar a los motociclistas que lleven casco.

Los simpatizantes de la guerrilla, sin embargo, siguen siendo numerosos, como lo muestran varios graffitis o los restos de una escultura tallada en la roca con el retrato de alias Tirofijo, el fallecido fundador de las FARC.

María juró reconstruir la obra, dinamitada por el Ejército. “Ojalá no nos engañen de nuevo con las negociaciones”, dice esta mujer de 60 años que prefiere no dar su apellido, cuyo hijo, uno de los artífices de la obra, fue asesinado.

En el caserío vecino de Puerto Amor, las paredes de la escuela están pintadas con los retratos de los líderes de las FARC, que la guerrilla prohíbe borrar. “No se habla de política con los niños pero de paz sí, pues la esperanza nunca muere”, dice Marta Suárez, la maestra.

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