15 de abril de 2017 00:00

34 familias se mantuvieron en zona cero

FOTOS: JUAN CARLOS PÉREZ / PARA EL COMERCIO  Las principales calles de la zona cero de Portoviejo aún no recobran el dinamismo que tenían antes del terremoto.

Las principales calles de la zona cero de Portoviejo aún no recobran el dinamismo que tenían antes del terremoto. Foto: Juan Carlos Pérez para EL COMERCIO 

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Bolívar Velasco

Cuando los militares asumieron el control de la zona cero de Portoviejo, y ordenaron que todos los habitantes abandonaran el lugar, Adelaida Loor dice que sintió como si la estuviesen despojando de una parte de su vida.

Cada vez que ella escuchaba los mensajes que los uniformados repetían por los megáfonos, venían a su memoria las palabras de sus padres. Le encomendaron que, luego de su deceso, conservara el inmueble. Que nadie lo tocara.

Los uniformados decían que el estado de excepción tras el terremoto del 16 de abril les permitía disponer desalojos para quienes permanecieran en las casas con riesgo.

Loor, de 78 años, se convenció de que no podía cumplir con esa disposición, como sí lo hicieron sus vecinos, que recogieron sus cosas. Ellos se fueron hasta dejar desolado el corazón comercial de la capital manabita, recuerda.

Ella y otras 34 familias no dejaron sus casas luego del terremoto que destruyó el 80% de la zona cero de Portoviejo, compuesta por 36 cuadras.

Loor, quien fuera la primera notaria de Portoviejo, les dijo a los militares que no podía ­desatender la orden de sus padres. Pues como en sus tiempos de funcionaria, cuando daba fe de las celebraciones de acuerdos legales, esta vez debía hacer cumplir el mandato de la palabra dada.

Se aferró a un encierro voluntario en su vivienda que no tuvo afectaciones mayores, ­pese a que se construyó hace más de 100 años.

Cerró puertas y ventanas en un intento por pasar desapercibida entre los militares que rondaban la calle 18 de Octubre, entre Pedro Gual y 10 de Agosto, justo donde queda su casa considerada patrimonial.

Sin luz, sin agua, ni alimentos transcurrieron las primeras semanas para los que se quedaron 11 meses sin vecinos.

El pasado 12 de marzo, el Municipio ordenó la reapertura total de esa área considerada el corazón comercial de la capital manabita, lo que devino en el retorno de los habitantes y de los establecimientos.

Pero los que no salieron del lugar, como Isabel del Pilar Franco, dice que se las ingeniaron para subsistir todo este tiempo.

Ella, por ejemplo, facilitó a los militares los cinco espacios que servían de locales comerciales en la parte baja de su predio para que acamparan en las noches. También les preparaba, de vez en cuando y con las pocas raciones de alimentos, el cebiche al estilo manabita.

Así, Franco pudo evitar que la desalojaran, aunque su vivienda de dos pisos en la calle 10 de Agosto y 18 de Octubre -construida hace 70 años- no sufrió ninguna fisura.

A las pocas semanas del encierro voluntario, Adelaida Loor se asomó a la ventana para conversar con un militar.

Ya no tenía alimentos para la cocción y entonces debía acudir a cualquier artimaña para abastecerse. Tras convencer al uniformado para quedarse, buscó un cabo, lo ató a un balde plástico y todas las mañanas lo hacía descender -desde el segundo piso-
para recibir los productos que le llevaban.

Moisés Loor, un vecino que vive al frente de la vivienda de Adelaida, relata que ese inmueble no solo guarda un valor sentimental para esa familia sino para todo el sector.

Ahí también funcionó la primera notaría, el primer consultorio jurídico y oficinas de profesionales de la medicina.

Moisés Loor tampoco abandonó su predio, y pese a que la actividad comercial cesó siguió recibiendo encargos para confeccionar ternos y pantalones.

Este sastre no recibía en su local a sus clientes, pero iba en busca de ellos para atender sus requerimientos.

Bachita Loor, en cambio, convirtió el patio de acopio de productos de su local comercial en su trinchera para vigilar de cerca sus bienes que quedaron en uno de sus locales.

Cuando se enteró de que extraños se sustrajeron algunos productos de su establecimiento, se llenó de fuerza y armó una carpa al lado del almacén donde permanece vigilante por si llega algún malhechor.

Siempre la acompaña su hijo Alexander Zambrano y dos guardias de seguridad que contrató para que la acompañaran en su vigilia.
La zona cero ya cumple un poco más de un mes de su apertura, pero aun así los vecinos dicen que no es la misma.

Para ellos, el terremoto lo cambió todo, incluso a sus vecinos que se fueron por las pérdidas de sus viviendas.

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