4 de mayo de 2018 00:00

Las familias grandes viven en casas y carpas en Manabí

Rosa Cagua acondicionó un dormitorio en una carpa donada, en el cantón Jama. Foto: Juan Carlos Pérez para EL COMERCIO

Rosa Cagua acondicionó un dormitorio en una carpa donada, en el cantón Jama. Foto: Juan Carlos Pérez para EL COMERCIO

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Bolívar Velasco

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Solo dos cuadras separan al reasentamiento Don Juan, en Jama, con el antiguo sector que lleva el mismo nombre, donde viven los afectados por el terremoto del 16 de abril del 2016.

Por las calles polvorientas de este poblado manabita, que conectan a los dos conjuntos habitacionales, caminan los vecinos que tienen casas tanto en la primera urbanización como en el viejo Don Juan.

Los habitantes viven en sus casas antiguas (dañadas y en zonas de riesgo) y también en las nuevas soluciones habitacionales que hace tres meses les entregó el Estado.

En cambio, en otros sitios de Manabí, más de 500 personas aún viven bajo las carpas de lona de refugio, tras dos años de este evento telúrico.

En un inicio, casi todas las familias que recibieron las viviendas nuevas en Don Juan decidieron dejar el antiguo sector, pero a los pocos días regresaron a su antiguo hogar. Cada familia, en su mayoría, la integran entre seis y nueve personas.

Son 55 familias que dicen que viven en esas condiciones, debido a que son muchos integrantes y no todos cuentan con un espacio en la nueva casa.

En el proyecto habitacional Ceibo Renace, de Manta, 140 familias comparten sus vidas entre sus viviendas nuevas y las afectadas, en el sitio La Aurora. Las familias aseguran que el sector donde antes vivían, como el barrio La Aurora, se convirtió en zona de riesgo porque algunos tramos se hundieron y hubo socavones.

Glandy Mera tiene una casa en la urbanización estatal y otra que utiliza como negocio. Fotos: Juan Carlos Pérez para EL COMERCIO

Glandy Mera tiene una casa en la urbanización estatal y otra que utiliza como negocio. Fotos: Juan Carlos Pérez para EL COMERCIO

En la provincia manabita, las carpas se observan en la vía desde Pedernales, Jama, hasta Bahía de Caráquez.

En Don Juan, los habitantes comentaron que hay vecinos -que perdieron su vivienda- que aún utilizan los refugios como dormitorios, porque sus casas son pequeñas.

Ramona Sosa, quien tiene una nueva vivienda en el reasentamiento y otra en el tradicional sector, no quiso que sus parientes volvieran a dormir bajo las carpas. A su sobrino, quien en un principio vivía en el flamante inmueble, le pidió que fuera al viejo Don Juan. Entre todos son siete personas.

Los habitantes consideran que las viviendas anteriores no están afectadas en su totalidad y por eso tomaron la decisión de utilizarlas.

No obstante, el Municipio de Jama informó que declarará a esta zona como de riesgo y luego se demolerán los predios.

Las casas de los reasentamientos tienen dos habitaciones, una sala, un baño y un espacio para la cocina (39 m2).

Luis Vaca recuerda que cuando iban a dormir debían utilizar hasta el piso de la cocina y la sala para colocar los colchones. En su misma vivienda, en el nuevo San Juan, vivía con nueve familiares.

En las noches de calor se sentía la falta de aire, por lo que tenían que dormir con puertas y ventanas abiertas. Ahora la casa está más despejada, pues solo viven cuatro integrantes.

Según el Ministerio de Desarrollo Urbano y Vivienda (Miduvi), una vez que son entregadas las viviendas se realiza un acompañamiento social para la creación de comunidad y talleres sobre el buen uso del inmueble. Glandy Mera recibió la charla en su nueva casa, pero a su vez pidió a los técnicos que le permitieran adaptar un espacio en la parte inferior para tener más comodidad. Aún no tiene respuesta, por eso volvió a su casa antigua donde instaló un comedor.

Los damnificados de las carpas de lona y plástico

Para los habitantes de los refugios en carpas, la incomodidad, el clima y los ofrecimientos les colmaron la paciencia.

Miguel Zambrano, quien vive bajo unos plásticos de color negro en la vía Pedernales-Jama, cuenta que la semana pasada casi desmontan su morada. Le dijeron que ya no está permitido pernoctar en la acera. Él se opuso, porque ya no confía en el nuevo ofrecimiento que le plantearon para reubicarlo en una vivienda de un reasentamiento.

De acuerdo con Marco Paredes, director del Miduvi en la provincia, el problema de las personas de los refugios es que antes del terremoto vivían en casas de arriendo o zonas donde ocurrieron invasiones.

Y al no contar con bienes propios se les dificultó el acceso a los bonos para viviendas.

Después del sismo se detectó que 10 000 de las 68 000 personas inscritas como damnificadas no poseían escrituras. Por eso, en los casos de personas que habitan en refugios se les pide que vayan a las casas de familiares, dice el alcalde de Pedernales, Gabriel Alcívar.

Hasta tanto, se busca una solución para dar vivienda.

La Secretaría de Reconstrucción y Reactivación Productiva informó que son muy pocos los refugios que quedan en Manabí y Esmeraldas.

La entidad informó que el 90% de las 5 032 personas que vivían en carpas informales ha sido atendido con bonos de vivienda e incentivos para arriendo, alimentación y acogida. Los albergues formales fueron cerrados hace un año.

En contexto

Los damnificados por el terremoto que aún no poseen casas esperan un nuevo censo de las autoridades, para ser considerados dentro de los beneficios de la reconstrucción por el terremoto. En Manabí, los municipios impulsan sondeos para verificaciones.

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