15 de agosto de 2015 20:54

Varias familias pasarán la noche en la Cruz de El Chasqui

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Javier Ortega

Seco de pollo. Esa será la merienda para tres familias que decidieron pasar la noche en la Cruz de El Chasqui. En este lugar improvisaron un albergue tras la alerta que se originó la mañana de este sábado 15 de agosto en el volcán Cotopaxi.

En el sector de La Cruz de El Chasqui, varias familias empezaban a armar sus carpas en un albergue improvisado por la actividad del volcán Cotopaxi. Foto: Paul Rivas / EL COMERCIO

Foto: Paul Rivas / EL COMERCIO

Esas familias se niegan a volver a sus casas. "En la mañana nos pidieron que evacuáramos. Ahora nos dicen que regresemos. Hicimos varios viajes para movilizar nuestras cosas hasta acá", relató Mariana Quintuña a EL COMERCIO. Ella es una de las 30 personas que permanecen en El Chasqui.

Las tres carpas que ahí levantaron tienen lo necesario: colchones, cocinetas, tanques de gas, cobijas y comida.

El seco de pollo no será el único alimento. Las familias prepararán maíz tostado. En la noche encenderán una fogata para aplacar el intenso frío.

Un grupo no dormirá. Recorrerá las casas para evitar robos. Los lugareños temen que desaparezcan cuyes, gallinas, chanchos, conejos y otros animales que son el sustento económico de Santa Rita, la comunidad a la que pertenecen.

En el sector de La Cruz de El Chasqui, varias familias empezaban a armar sus carpas en un albergue improvisado por la actividad del volcán Cotopaxi. Foto: Paul Rivas / EL COMERCIO

Foto: Paul Rivas / EL COMERCIO

Ese es uno de los barrios que se encuentra en las riberas del río Cutuchi. En la mañana de este sábado 15, la Policía local pidió a estas comunidades que evacuaran sus casas de forma preventiva.

En la tarde, las autoridades anularon esa medida y exigieron a las familias que regresaran a sus viviendas.

Quintuña dice que prefieren pasar frío en El Chasqui. "Una cosa es pedir eso desde Quito; pero nosotros estamos junto al volcán. Nos angustiamos cada vez que suena. Nos preocupan nuestros hijos".

Los pequeños, ajenos a todo el alboroto de la naturaleza, solo juegan. Un manojo de tierra y troncos son suficientes para que se diviertan.

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