16 de mayo de 2016 00:00

Once familias conviven en un albergue hace más de un año

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Elena Paucar. Redactora 
epaucar@elcomercio.com (I)

Los nervios reviven cuando Peter Reina recuerda el día que sobrevoló Urdaneta. “Aquí vino el presidente (Rafael) Correa y nos llevó para arriba en su helicóptero. Todo se veía pequeñito, lleno de agua”, cuenta.

Hasta antes del 2015, este agricultor de 66 años vivía en Manabí Chiquito, un apartado caserío de la zona rural, ubicado a más de una hora del centro del cantón Urdaneta (Los Ríos). Allá se dedicaba a ‘peluquear’ cacao -o cortar las ramas secas-, por lo que ganaba un jornal de USD 10.

Esa era su rutina hasta que la furia del río Catarama lo cambió todo. “El agua rompió los muros y entró a las casas. La correntada se llevó todo, hasta casi nos quita un niño”.

En enero del año pasado, 11 familias abandonaron sus casas de cemento y caña, asentadas a orillas del caudal, en el recinto San Antonio del Río. Desde entonces transformaron las aulas del Colegio Técnico Ricaurte en su hogar, donde hasta la semana anterior vivían 36 personas (en total, nueve familias).

Reina pensó que sería temporal. Pero ahora es parte de las cinco familias que cumplieron más de un año viviendo entre pizarras y pupitres.

La noche del 24 de abril del 2015, las autoridades nacionales visitaron la zona. Emocionado, Reina cuenta que guarda una foto de ese día junto a sus hijos y el Mandatario. También evoca la promesa que escuchó de varios funcionarios del Gobierno. “Dijeron que nos darían nuestras casitas; y aquí seguimos, esperando”.

La construcción de las viviendas está a cargo del Ministerio de Desarrollo Urbano y Vivienda (Miduvi). Pero según delegados del Ministerio de Inclusión Económica y Social (MIES) de Los Ríos, el trámite se ha estancado por la falta de terrenos, una tarea a cargo del Municipio de Urdaneta.

Desde el Cabildo, la jefa de Gestión de Riesgos, Karen Zambrano, dijo que esperan entregar los solares en este año. A mediados de abril -explicó- el proceso demoró porque debieron hacer la expropiación y posterior donación a los afectados.

Eso ya está listo, sin embargo ahora deben esperar que las lluvias paren para rellenar y dotar de servicios básicos un espacio en el sector Nueva Esperanza, de la parroquia Catarama. Ahí reubicarán a 13 familias, todas de Manabí Chiquito.

Mientras los trámites siguen, las mujeres del albergue se las ingenian para que la comida rinda un poco más. Los hombres salen a buscar trabajo, aunque no siempre lo consiguen. Y los niños se reúnen cada mañana frente al televisor de una de las habitaciones improvisadas.

Desesperadas, algunas familias regresaron a sus tierras en el verano del 2015. Volvieron para trabajar en los arrozales, cacaotales y maizales, abundantes en el campo. Pero en enero de este año debieron salir otra vez; el Catarama se desbordó nuevamente.

El pasado 13 de abril, en el patio del colegio Ricaurte, Maritza Mera lavaba la ropa de su esposo y de sus cuatro hijos, de entre 7 y 14 años. Una sofocante bodega, llena de insectos pululantes, es por ahora su casa.

“Ya no queremos estar entra y sale. Los albergues son una ayuda, pero ya hemos estado todo un año aquí,”. Y lanza dos opciones para recuperar su estabilidad: “que nos reubiquen o que arreglen los muros para no inundarnos más”.

Pero esa segunda alternativa es poco probable. La directora de Gestión de Riesgos de Urdaneta indicó que harían un préstamo al Banco del Estado para empezar los estudios que permitan levantar un muro definitivo en San Antonio y los recintos aledaños, una obra que, según calcula, pasaría de USD 1 millón.

Hasta que esa obra no se concrete, Manabí Chiquito está en una zona de riesgo de inundaciones. De hecho, el 95% del cantón Urdaneta es proclive a desbordamientos de los tres ríos que lo atraviesan.

Y el 70% de su población (29 260 habitantes en total) vive en áreas rurales, donde dominan los cultivos de todo tipo. Solo en la actual estación lluviosa, 300 familias han resultado afectadas, como reportó la Municipalidad hasta abril.

La madrugada del miércoles 13, el Catarama se desbordó por sexta ocasión en lo que va del año. Sobre lo que quedaba del frágil muro de tierra, que servía de barrera entre San Antonio y el turbulento río, Evaristo Mera miraba de lejos su pueblo. “Todo se perdió”.

Intentó llegar hasta su antigua casa, la que el Miduvi le ayudó a levantar en el 2008. Pero la fuerza de la corriente le impidió avanzar por el camino. Resignado, y empapado, volvió al colegio donde le esperaban sus nietos Rafael y Darwin. Los gemelos nacieron el 7 de abril, en el albergue.

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