5 de agosto de 2017 16:14

La familia de Diana Del Rosario, una de las víctimas de la balacera en la Bahía, pide ayuda para sus hijas

Amigos y parientes de Diana del Rocío llegaron hasta el suroeste de Guayaquil para el velorio. Foto: Elena Paucar / EL COMERCIO

Amigos y parientes de Diana del Rosario, que falleció en medio de una balacera, llegaron hasta el suroeste de Guayaquil para el velorio. Foto: Elena Paucar / EL COMERCIO

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Redacción Guayaquil

La bala aún está en su pierna derecha, envuelta en vendas. Es la huella que conserva Cleris Tumbaco del tiroteo del pasado jueves en la Bahía de Guayaquil, durante un asalto frustrado a un blindado de una compañía de seguridad.

La punzante herida la mantiene postrada en una silla de ruedas, aunque para ella nada se compara con el dolor que le causa la pérdida de su hija Diana Del Rosario, de 35 años. La joven, madre de dos pequeñas de 13 y 8 años, la acompañaba esa tarde en la compra de medicamentos en una de las distribuidoras farmacéuticas del sector.

“Habíamos terminado de comprar y caminábamos para la calle Chimborazo. Escuchamos unos disparos y le dije a mi hija que corriera. Pero ella no podía; ya estaba herida. Después yo sentí el disparo en la pierna”.

Desconsolada, Cleris cuenta que su hija se desvaneció cuando oyeron los primeros disparos. Intentó arrastrarla para refugiarse en un corredor cercano, pero uno de los proyectiles atravesó la cartera que Diana llevaba pegada al pecho. En ese bolso guardaba la medicina que habían comprado para su padre, quien está en tratamiento por un tumor cancerígeno en el cuello.

“No encontrábamos el remedio hasta que llegamos a las distribuidoras de ese lado de la calle Manabí. Acabábamos de conseguirla y mire lo que nos pasa… Ella ayudaba a mantener esta casa, trabajaba por sus hijas, llevaba al papá a las quimioterapias... Ahora no sabemos qué hacer sin ella”, dice Cleris.

Diana recibió dos disparos: uno en la pierna y otro en el pecho que atravesó el pulmón. Según sus familiares, las ambulancias tardaron en llegar. Inicialmente fue trasladada a un dispensario y luego hasta un hospital público. En ese traslado falleció.

En su casa, en el suroeste de Guayaquil, su féretro está cubierto por rosas blancas. Decenas de amigos y parientes asistieron la mañana de este sábado 5 de agosto del 2017 a su velatorio. El sepelio será mañana, domingo 6, al mediodía.

Ahí recordaron que la joven preparaba almuerzos a diario. Los sábados, en particular, se dedicaba a trabajar sin descanso para reunir el dinero que sus hijas pudieran necesitar a lo largo de la semana.

“No sabemos qué va a pasar con las niñas. Pedimos que la justicia dé con los culpables y que se reconozca una indemnización. Ninguna autoridad ha venido a visitarnos para que vean cómo estamos después de esta desgracia”, reclamó un primo de la víctima.

Ayer, seis agentes de la compañía de seguridad rindieron su versión durante una audiencia por el caso. En la tarde se ordenó prisión preventiva para todos mientras avanzan las investigaciones.

La Policía ha informado que busca determinar si hubo cruce de balas entre guardias y delincuentes, o si, solamente, los custodios fueron quienes dispararon para defender los casi USD 50 000 que sacaban a esa hora de una importadora farmacéutica.

Marcelo Tobar, comandante de la zona 8, recalcó que analizan si el protocolo que aplicó la compañía de seguridad fue el adecuado, porque el tiroteo dejó siete heridos y tres muertos. Entre los fallecidos están Jorge Bohórquez, un antiguo comerciante de la Bahía; y Miguel O. uno de los presuntos asaltantes.

La banda habría estado integrada por seis personas, quienes desde hace un mes recorrían la zona, presuntamente disfrazados de vendedores ambulantes. Según la Policía hay dos identificados.

Algunos de los heridos afrontan una larga y dolorosa recuperación. Es el caso de una mujer que vive en uno de los edificios de la Bahía y que requirió una cirugía. La bala que atravesó su brazo derecho destrozó algunos huesos.

Otra de las municiones lesionó el labio superior a un transeúnte, quien se recupera en una clínica. Los médicos aseguran que está estable y que por pocos centímetros el disparo no generó daños irreversibles.

En casa de Diana, los alimentos que compró para los almuerzos que prepararía hoy siguen en la nevera. Su hija menor es quien más la extraña, en especial por las noches. “Ella era la más engreída. Dormía todas las noches junto a su mamá”, dice Cleris.

Esta mañana la pequeña buscaba unos zapatos deportivos y se acomodaba su camisita negra con un corazón rosa, antes de bajar al velatorio.

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